¿Conduciría Jesús un Todo Terreno?

Campañas de organizaciones cristianas contra los despilfarradores de gasolina

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NUEVA YORK, 18 enero 2003 (ZENIT.org).- Los sport utility vehicles (SUV), los todo terreno para ciudad, que despilfarran la gasolina, objeto de críticas desde hace tiempo de las organizaciones ecologistas, se encuentran ahora bajo el ataque de organizaciones cristianas. Conducir un SUV podría ser no cristiano, según el reverendo Jim Ball, que dirige la Evangelical Environmental Network.



El Washington Post del 8 de noviembre informaba que la organización de Ball había lanzado una serie de anuncios en las radios y televisiones cristianas, acusando a los SUV de dañar al medio ambiente. No ha sido la única salva disparada por las organizaciones cristianas en el debate sobre la ecología. El Post observaba que, durante los últimos tres años, la Interfaith Climate and Energy Campaign, un proyecto del National Council of Churches y de la Coalition on the Environment and Jewish Life, ha puesto en funcionamiento organizaciones en 21 estados para promover la conservación y el uso de energías más limpias.

Por su parte, el National Religious Partnership for the Environment escribió una carta abierta a los ejecutivos de las compañías de automoción, urgiéndoles a construir coches más limpios, informaba el Christian Science Monitor el 22 de noviembre. La carta hacía notar el llamamiento hecho en las Escrituras a ser administradores de la creación. A la luz del calentamiento global, «no estamos actuando bien según este compromiso», afirmaba el Rabino David Saperstein, cabeza del Religious Action Center of Reform Judaism.

La iniciativa levantó un animado debate, con algunos que criticaban a las organizaciones religiosas por un indebida implicación en temas sociales y políticos. El Washington Times observaba el 29 de noviembre que algunos críticos a los activistas que están detrás de la campaña de «promover la adoración pagana de la tierra y llevar adelante una agenda que tiene ver más con la política que con la oración».

El artículo hacía notar que Paul Gormon, fundador y director ejecutivo de la National Religious Partnership for the Environment, afiló sus dientes como redactor de discursos para la campaña antiguerra del senador Eugene McCarthy en 1968 en la nominación presidencial demócrata.

Otros personajes activos en la financiación de esta asociación incluyen al senador norteamericano James Jeffords de Vermont y al antiguo senador Tim Wirth de Colorado. Wirth es ahora presidente de la Fundación de las Naciones Unidas de Ted Turner, que apoya los programas de control de población.

Escribiendo en Los Angeles Times el 6 de enero, Auden Schendler, director de asuntos medioambientales para la Aspen Skiing Company, explicaba por qué está preocupada la gente con los SUV. Según Schendler, cada galón de gasolina consumido se estima que pone 20 libras de dióxido de carbono en la atmósfera. Un incremento de un galón por cada 5 millas en ahorro de combustible podría evitar que 10 toneladas de dióxido de carbono fueran lanzadas durante la vida de un vehículo. También observaba que los SUV emiten un 30% más de monóxido de carbono e hidrocarbonos y un 75% más de óxidos de nitrógeno que la media de los turismos.

Mucha gente, comentaba, no conducen SUV «porque sean malos seres humanos», sino más bien «porque no hay opciones comparables por precio con menor gasto de combustible, que ofrezcan seguridad, conveniencia, funcionamiento y comodidad equivalentes».

¿Ayudar al terrorismo?
Una postura más extrema de oposición a los SUV es la expuesta por el Earth Liberation Front (ELF). Miembros de esta organización verde radical han afirmado su responsabilidad por un fuego en una presentación de coches en Pennsylvania, informaba el 4 de enero Associated Press. Una declaración en la página web de ELF afirmaba que el ataque tiene como objetivos los SUV en una lucha «para quitar el motivo para beneficiarse matando el ambiente natural».

La violencia también está en la mente de quienes promueven una campaña programada para que comenzara el domingo 12 de enero, informaba el 8 de enero el Wall Street Journal. Ese domingo, el Detroit Project, una coalición encabezada por la columnista Arianna Huffington, estaba programado que comenzasen anuncios en televisión en algunas ciudades de Estados Unidos, acusando a los SUV de capitanear las más altas importaciones de Estados Unidos de petróleo.

El petróleo importado por Estados Unidos, defiende el anuncio, viene de países que ayudan a financiar a los terroristas anti-americanos. Los propietarios de SUV, dice el argumento, son así culpables e indirectamente apoyan a los grupos terroristas, al enviar más dinero a estos países.

El Wall Street Journal observaba que los SUV le gustan a la industria automovilística porque el beneficio por cada vehículo vendido puede alcanzar los 10.000 dólares. Uno de cada cuatro vehículos vendidos en Estados Unidos el año pasado era un SUV, afirmaba el Journal, citando estadísticas de la Autodata Corporation, una firma de investigación industrial.

Una visión cristiana
¿Está justificada la preocupación por los problemas medioambientales basada en la religión? Juan Pablo II ha expresado claramente (y repetidamente) su preocupación por los temas ecológicos. Su mensaje para el Día Mundial de la Paz de 1990 observaba que «hay una creciente preocupación porque la paz en el mundo no sólo se amenaza a través de la carrera de armamentos, los conflictos regionales y las continuas injusticias entre las personas y las naciones, sino también por una falta del respeto debido a la naturaleza, por la depredación de los recursos naturales y un declinar progresivo en la calidad de vida».

La teología, la filosofía y la ciencia, observaba el Papa, «todas hablan de un armonioso universo, de un ‘cosmos’ dotado de su propia integridad, de un interno y dinámico equilibrio». «La raza humana», continuaba, «está llamada a explorar este orden, para examinarlo con el debido respeto y hacer un uso de él que salvaguarde su integridad».

Los problemas ecológicos, hacía notar, son a menudo debidos a la avaricia y egoísmo, que «son contrarios al orden de la creación, un orden que se caracteriza por la mutua interdependencia». Cuidar la ecología debería conducir a la sociedad a lanzar «una seria mirada a su estilo de vida», afirmaba el Papa. «En muchas partes del mundo la sociedad se da a la satisfacción inmediata y al consumismo mientras permanece indiferente al año que éstos causan».

Esta preocupación del Papa es mucho más profunda que la preocupación de los ecologistas por prohibir los derrochadores de gasolina. El problema ecológico «no es simplemente económico y tecnológico; es moral y espiritual», afirmaba la declaración sobre temas ecológicos firmaba por el Papa y el patriarca de Constantinopla el pasado 10 de junio.

«Una genuina conversión en Cristo nos permitirá cambiar la forma en que pensamos y actuamos», observaba el documento. Debemos ser humildes, reconociendo los límites de nuestro poder, conocimiento y juicio, continuaba. «Se necesitan una nueva postura y una nueva cultura, basadas en la centralidad de la persona humana dentro de la creación e inspiradas por el comportamiento medioambientalmente ético que proviene de nuestra triple relación con Dios, con nosotros mismos y con la creación».

En el pasado, algunos críticos del cristianismo han discutido que su enfoque en la persona humana conduce a una indeferencia hacia el medioambiente. Pero, en su alocución a la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sostenible del pasado 2 de septiembre, el arzobispo Renato Martino, que encabezaba la delegación de la Santa Sede para el encuentro, establecía: «Poner el bienestar humano en el centro de la preocupación por el medio ambiente es actualmente la forma más segura de salvaguardar la creación».

Promover la dignidad humana conducirá a defender el derecho al desarrollo y también el derecho a un medio ambiente sano, explicaba el arzobispo Martino. La defensa de estos derechos estimulará, a su vez, «la responsabilidad del individuo hacia sí mismo, hacia los demás, hacia la creación, y en última instancia hacia Dios».

Esta responsabilidad implicará también, observaba, la práctica de la solidaridad global. Esta solidaridad entre los pueblos implica promover el bien común y estar atentos a las necesidades de los demás.

La enseñanza de la Iglesia, por lo tanto, no estipula qué clase de coche debemos conducir. Pide mucho más que eso. Pide que defendamos una genuina ecología humana, basada en la humildad y el respeto por Dios y la creación. A su vez, cada individuo debe responder en su propia conciencia lo que esto significa para su estilo de vida.