Construir un sueño

XIV Domingo Ordinario

San Cristóbal de las Casas, (Zenit.org) Mons. Enrique Díaz Diaz | 752 hits

Zacarías 9, 9-10: “Mira a tu rey que viene humilde hacia ti”.
Salmo 144: “Acuérdate, Señor, de tu misericordia”.
Romanos 8, 9. 11-13: “Si con la ayuda del Espíritu dan muerte a los bajos deseos, vivirán”.
San Mateo 11, 25-30: “Soy manso y humilde de corazón”

Poco a poco fueron llenando nuestras calles, nuestros parques y toda la ciudad, y al final se acomodaron como un apretado mosaico en la Plaza de la Paz frente a la catedral. Eran miles, con la frente en alto y sus cartelones expresando sus sueños y deseos: “Todos somos una familia”, “La Madre tierra es la casa de todos”, “No a la destrucción del planeta”, “No al alcoholismo, drogas y narcotráfico”, “Dios nos dio una casa para todos los hermanos. ¡Tenemos que cuidarla!”, “Libertad a los presos inocentes”, y muchos otros letreros con citas de los profetas, con alusiones a la injusticia y al desequilibrio económico, con exigencias de respeto a los migrantes. Palabras fuertes contra la trata de personas y los encarcelados injustamente. Con propuestas e ilusiones para construir “un cielo nuevo y una tierra nueva”, basados en el Evangelio. En general, todos los miraban con respeto y cierta admiración, pero hubo un pequeño grupo que sin atreverse a hablarlo en público, comentaban entre sí: “Pobres ilusos, todos campesinos e indígenas, gente sin quehacer. ¿Cómo van a construir un mundo nuevo?”. Casi como si los hubieran oído comenzaron los cantos y las porras: “Tú eres, Señor, nuestro Pastor”, “Con Jesús construiremos la nueva sociedad”.

Cuando el Papa Francisco hace un análisis de la situación social de nuestro mundo, nos quedamos sorprendidos por las enormes diferencias y la injusticia de las estructuras económicas y sociales. ¡Como para desalentar a cualquiera! Pero cuando empieza a proponer caminos y luces, afirma con toda claridad que el Evangelio es para todos pero que los preferidos de Jesús serán siempre los pobres y pequeños. ¿Estará equivocado Jesús? No, Jesús tiene muy clara su propuesta y la confirma este domingo. Es cierto que muchos afirman: “En este mundo no hay lugar para los débiles”, y que es una máxima aprendida a sangre y fuego, a dolor y experiencia por muchos de los niños y jóvenes de nuestros tiempos. Estamos en la ley de la selva o del asfalto: el grande se come al pequeño, el fuerte somete al débil y todos buscan sacar provecho del otro. ¿No es cierto que las naciones poderosas explotan los recursos de las naciones pobres? ¿No es verdad que las grandes empresas se van comiendo a las pequeñas hasta dejarlas en la ruina? Lo mismo sucede en los barrios y en las familias. El hombre fuerte, el insensible, el que aplasta, aparece como modelo para la juventud. Por el contrario Jesús va a contracorriente y parece descontrolarnos con sus frases profundas y cuestionantes: “gracias… por la gente sencilla… aprendan de Mí que soy manso y humilde de corazón”.

Jesús siempre ha actuado así: busca a los pequeños, escoge a los débiles, se junta con los pecadores. Hoy se hace eco de la profecía de Zacarías que nos invita a regocijarnos con Jerusalén: “mira a tu rey que viene hacia ti, justo y victorioso, humilde y montado en un burrito. Hace desaparecer… los carros de guerra, los caballos de combate. Rompe el arco del guerrero y anuncia la paz a las naciones…”. Aparece Jesús como el portador de paz, pero rompiendo los instrumentos de la guerra. ¿Es posible construir la paz con humildad y sencillez? Es lo que afirma hoy Jesús. Propone vencer la guerra con amor. Es también lo que la experiencia nos enseña desde la casa hasta la situación de las naciones: nunca se ha ganado una guerra con violencia, la paz no se logra con la derrota del enemigo, sino cuando hay la reconciliación y el acuerdo, y todavía se tiene que trabajar mucho después. Cuando alguien grita, otro busca gritar más fuerte; cuando se quiere controlar la violencia con violencia, se suscita una cadena interminable de agravios. Si se siembran vientos se cosecharán tempestades.

La mansedumbre y la humildad no son, como alguien quisiera confundir, una característica de personas pasivas, sin nervio, sin ánimo, sin pasiones, indiferentes y sin emociones. Basta contemplar a Jesús: cuando es proclamado rey en su entrada a Jerusalén, va en un burrito, pero no duda en bajarse del burro, empuñar el látigo y descargarlo contra quienes se han atrevido a profanar el templo. Reprocha fuertemente a quienes lucran con la fe y el culto. Arde en su corazón el celo por la casa del Señor, “el templo y el sagrado recinto que es cada persona”. Así Cristo nos dice que el manso no es un resignado, un incapaz de afrontar los problemas más arduos y tomar decisiones frente a la injusticia. Si uno no está dispuesto a afrontar los retos y luchar con pasión por la justicia, no puede llamarse manso ni humilde: será irresponsable e indiferente. La oración de agradecimiento de Jesús va en este profundo sentido: los más sencillos, los más humildes son los que se comprometen con la verdad. Los sabios y entendidos, según el mundo, juegan con los sentimientos, buscan ventajas y abusan de su fortaleza. Precisamente Cristo ha elegido siempre a los pobres y sencillos; no es difícil descubrirlo en su evangelio. Y no es que no anuncie su evangelio a los poderosos y entendidos, sino que si éstos tienen su corazón lleno de orgullo, no pueden aceptar la novedad del Evangelio.

Jesús tiene un sueño, pero no es un iluso. Sabe del fracaso y del dolor, por eso anima a todos los que se han lanzado por esta aventura a que pongan toda su confianza y su seguridad en Él: “Vengan a Mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y Yo los aliviaré”. Cristo sabe que no es fácil construir el mundo desde abajo y entiende que hay dolor y sufrimiento cuando se opta por los pobres y sencillos, por eso pone su corazón como refugio y descanso, por eso ofrece su ejemplo como aliciente. Quien siente el peso de la vida encontrará en Jesús un alivio profundo. “Tomen mi yugo sobre ustedes”, pero la invitación de Jesús no ofrece las curaciones milagrosas o la ausencia de dolor o compromiso. Hay que cambiar de yugo. Abandonar el de los “sabios y entendidos” pues no es llevadero, y cargar con el de Jesús, que hace la vida más llevadera. No porque Jesús exija menos. Exige más, pero de otra manera. Exige lo esencial: el amor que libera de lo que hace daño a las personas. “Aprendan de Mí” es la invitación final que en este día nos hace Jesús. Imitarlo, como Él construye, con sus preferencias, con su estilo, como Él busca la paz.

¿Qué lugar ocupan los pequeños en nuestra comunidad? ¿Cómo resolvemos nosotros nuestras diferencias y a quién le damos la razón: al que grita más, al poderoso o a quién? ¿Cómo podemos acercarnos a Jesús para soportar nuestros yugos de cada día?

Dios nuestro, que por medio de la muerte de tu Hijo has redimido al mundo de la esclavitud del pecado, concédenos participar ahora de una santa alegría y, después en el cielo, de la felicidad eterna. Amén.