Consuelo para el rostro sufriente de la tierra, ruego del Papa en Navidad

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CIUDAD DEL VATICANO, martes, 25 diciembre 2007 (ZENIT.org).- Visiblemente conmovido, en su mensaje de Navidad Benedicto XVI ha rogado al Niño Jesús consuelo para cuantos sufren y sabiduría para «los responsables de los gobiernos» «para buscar y encontrar soluciones humanas, justas y estables» a las crisis que recorren el planeta.

Es incalculable la cifra de personas que han seguido las palabras del Papa; noventa emisoras de televisión las transmitieron en directo a mediodía, momento en que, desde el balcón principal la Basílica de San Pedro, se unió a los peregrinos que colmaron la plaza vaticana en la celebración navideña.

Con su Natividad, Jesús, «verdadero Dios y verdadero hombre», responde «a la sed de sentido y de valores que hoy se percibe en el mundo; a la búsqueda de bienestar y paz que marca la vida de toda la humanidad; a las expectativas de los pobres», manifestó Benedicto XVI.

Por eso exhortó a «las personas y las naciones» a no tener miedo de reconocer y acoger a Cristo: con Él, una espléndida luz alumbra el horizonte de la humanidad», porque «el creador del hombre se hizo hombre para traer al mundo la paz».

«En este día de paz, pensemos sobre todo en donde resuena el fragor de las armas», pidió Benedicto XVI.

Citó en especial «las martirizadas tierras del Dafur» --en Sudán--, «de Somalia y del norte de la República Democrática del Congo», «las fronteras de Eritrea y Etiopía», todo «Oriente Medio, en particular en Irak, Líbano y Tierra Santa», Afganistán, Pakistán y Sri Lanka, así como las regiones de los Balcanes y tantas otras crisis «desgraciadamente olvidadas con frecuencia».

Centro del Mensaje pontificio de Navidad fueron «cuantos viven en las tinieblas de la miseria, de la injusticia, de la guerra», los que «ven negadas aún sus legítimas aspiraciones a una subsistencia más segura», «a una participación más plena en las responsabilidades civiles y políticas, libres de toda opresión y al resguardo de situaciones que ofenden la dignidad humana».

Invitó a dirigir el pensamiento a las víctimas «de todo tipo de violencia» y denunció «las tensiones étnicas, religiosas y políticas, la inestabilidad, la rivalidad, las contraposiciones, las injusticias y las discriminaciones que laceran el tejido interno de muchos países» y «exasperan las relaciones internacionales».

Las palabras de solicitud del Papa se extendieron a «emigrantes, refugiados y deportados, también por causa de frecuentes calamidades naturales, como consecuencia a veces de preocupantes desequilibrios ambientales».

A cuantos configuran este rostro sufriente del mundo el Santo Padre desea «que la luz de Cristo, que viene a iluminar a todo ser humano, brille por fin y sea consuelo».

En la Navidad, con Cristo, «comienza un día sagrado que no conoce ocaso»; «que la luz de este día se difunda por todas partes, que entre en nuestros corazones --exhortó--, alumbre y dé calor a nuestros hogares, lleve serenidad y esperanza a nuestras ciudades, y conceda al mundo la paz».

«El Señor, que ha hecho resplandecer en Cristo su rostro de misericordia, os colme con su felicidad y os haga mensajeros de su bondad», concluyó.

Por Marta Lago