Corea del Sur: La Iglesia hace examen de conciencia

Pide perdón por errores históricos y la desunión

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SEÚL, 15 enero 2001 (ZENIT.org).- El proceso jubilar de purificación de la memoria promovido por Juan Pablo II ha llevado a la Conferencia Episcopal de Corea del Sur a publicar recientemente un breve documento que sintetiza, en siete puntos, errores cometidos por los católicos en dos siglos de evangelización del país.



Partiendo del periodo entre el siglo XVIII y el XIX, las primeras sombras a las que alude el documento, que lleva por título «Reforma y Reconciliación», son el apoyo dado a las potencias extranjeras para tratar de salir al paso de la dura persecución a la que eran sometidos los católicos.

Asimismo reconocen el yerro de haber condenado, a principios del siglo XX, a los combatientes por la liberación nacional durante el colonialismo japonés.

El tercer «mea culpa» apunta a los insuficientes esfuerzos por la unidad y la reconciliación de todo el pueblo coreano. Sobre todo, respecto a la división que tuvo lugar tras la segunda guerra mundial entre Norte y Sur.

Los últimos cuatro puntos son un examen de conciencia sobre la promoción de una sociedad cercana a los pobres y en el campo de la promoción de los valores y la vida.

La activa comunidad católica de Corea del Sur, que cuenta con 4 millones de fieles, equivalente al 8% de la población, se ha desarrollado en este país a partir de 1784. En el transcurso de un siglo, sufrió la persecución hasta el punto de contar en su haber diez mil mártires (Cf. Corea, el país con el mayor número de conversiones, evangelizado por laicos ).

Nosotros, dice el documento «tal vez hemos tratado de obtener la libertad de religión y de proteger a la Iglesia dependiendo de potencias extranjeras».

Y, en «acontecimientos que han causado sufrimiento y heridas a nuestra gente, tal vez hemos participado en presiones injustas por parte de los países extranjeros».

La Iglesia coreana expresa también su pesar por no haberse «implicado positivamente en los esfuerzos para superar la división del pueblo coreano, realizada en el proceso de reorganización del orden mundial, tras la independencia nacional y en el crear unidad y reconciliación».

Por eso, el documento muestra el arrepentimiento de la Iglesia «por los sacrificios causados a mucha gente en este proceso». Divisiones y tensiones que, el verano pasado, se han comenzado a superar con signos de acercamiento entre las dos Coreas, especialmente durante la cumbre de Pyongyang.

Un signo de esperanza que, sin embargo, es contemplado con prudencia por una figura histórica de la Iglesia surcoreana --desde siempre en primera fila en favor de la reconciliación nacional (para la que ha instituido una comisión especial)-- el cardenal Stephen Kim Sou-hwan.

En una entrevista, publicada en enero por la revista mensual italiana «Mondo e Missione», el purpurado afirma que «algunos tenían miedo pero, en general, la acogida de aquel acontecimiento fue buena». Sin embargo, indica que el clima se enfrió por la incapacidad del Gobierno surcoreano para activar un debate interno y, por otra parte, por la desconfianza que han generado las posibles manipulaciones típicas del régimen comunista del Norte.

«¿Quieren verdaderamente construir una coexistencia pacífica con nosotros --se pregunta el cardenal Kim-- o tratan sólo de utilizarnos para conseguir ayudas?».

Por su parte, el documento de los obispos, concluye analizando los desafíos del compromiso cristiano en la sociedad de hoy. Aunque la Iglesia, bajo la dictadura, de 1960 a 1990, fue punto de referencia para la población, los prelados subrayan «los insuficientes esfuerzos para resolver los conflictos entre regiones, clases y generaciones, y promover los derechos humanos de aquellos que están marginados o discriminados en nuestras sociedades, como las personas con minusvalía o los trabajadores extranjeros».

Así mismo reconocen no haber hecho obra de promoción y evangelización de modo que «todos los seres humanos creados a imagen de Dios puedan vivir en armonía y cooperación, fundadas éstas en auténticos valores morales, en una sociedad en la que el egoísmo colectivo, el relativismo moral, las irregularidades y la corrupción están ampliamente extendidos».