Corpus Christi: una procesión relanzada en Roma por Juan Pablo II

Benedicto XVI presidió la misa y la procesión eucarística

| 2055 hits

ROMA, viernes 24 de junio de 2011 (ZENIT.org) – Con ocasión de la fiesta del Santísimo Sacramento, ayer jueves 23 de junio, Benedicto XVI presidió la misa, en el atrio de su catedral, la basílica de San Juan de Letrán. Después presidió la procesión eucarística a lo largo de la Via Merulana hasta Santa María la Mayor. Una procesión relanzada en Roma por Juan Pablo II.

La tradición de esta procesión en el corazón de Roma fue retomada por Juan Pablo II en 1979.

En Roma, fue a finales del siglo XV, bajo Nicolás V, cuando empezó a celebrarse la fiesta del Santo Sacramento o “Corpus Christi” con una procesión desde San Juan de Letrán a Santa María la Mayor.

Pero la actual via Merulana no fue practicable hasta 1575, fecha de la conclusión de los trabajos queridos por Gregorio XIII. La tradición se mantuvo durante tres siglos. Pero desde 1870, año de la toma de Roma, la tradición cayó en el olvido.

La procesión reunió en torno al Papa y a la Eucaristía, el jueves por la noche, a la luz de las antorchas, a los caballeros del Santo Sepulcro, las confraternidades y asociaciones, sobre todo las eucarísticas, las religiosas y mujeres consagradas, niños de la primera comunión, seminaristas, religiosos, sacerdotes, obispos y numerosos fieles de la diócesis de Roma y de diferentes partes del mundo, especialmente los peregrinos presentes en la audiencia general del miércoles por la mañana.

Pudieron seguir la celebración a través de pantallas gigantes tanto en el interior del patio del palacio de Letrán como en la plaza de San Juan.

El vicario del papa para Roma, cardenal Agostino Vallini, vio en estas celebraciones “un importante testimonio de fe y de unidad de la comunidad eclesial de Roma reunida en torno a su obispo, el papa Benedicto XVI”. Invitó a toda la diócesis a hacerse “peregrinos en seguimiento del resucitado” para manifestar “la belleza y la alegría de la fe en Cristo”.

La institución del Corpus Christi se debe en gran parte a una religiosa de Bélgica cuyo confesor llegó a ser papa: santa Juliana de Mont-Cornillon (1192-1258). La procesión de Letrán a Santa María la Mayor data del siglo XV.

Hay que señalar que la fiesta del Corpus Domini, del “Santo sacramento” o Corpus Christi se ha mantenido en el Vaticano en su lugar original, el jueves después de la octava de Pentecostés, a pesar de que numerosas diócesis, se ha trasladado al domingo siguiente por razones pastorales.

La celebración eucarística es seguida en Roma, tradicionalmente, por la procesión bajo los plataneros de la Vía Merulana, la gran arteria que une San Juan de Letrán con Santa María la Mayor.

Cada año, miles de peregrinos de Roma y del mundo acuden a participar a esta manifestación pública de fe eucarística a la que el Papa ha invitado a los fieles en estos días.

Urbano IV instituyó la fiesta del Corpus Domini mediante la bula Transiturus de hoc mundo, y confió entonces a santo Tomás de Aquino la redacción de textos litúrgicos para esta solemnidad, que fue fijada el jueves después de la octava de Pentecostés. La fiesta fue confirmada por el papa Clemente V en 1314.

Pero anteriormente, el papa Urbano IV había sido, en Bélgica, el confesor de santa Juliana de Mont Cornillon: es a ella a quien hay que atribuir el mérito de haber pedido al papa la institución de esta fiesta.

Huérfana, había sido recogida, a la edad de cinco años, con su hermana Inés, un año mayor que ella, por las agustinas de Mont-Cornillon, cerca de Lieja. Como las religiosas se dedicaban a cuidar leprosos, ellas fueron alojadas al principio en una granja. Pero a los catorce años, Juliana fue admitida entre las monjas.

Una visión, con la que ella fue favorecida dos años más tarde, está en el origen de sus esfuerzos por hacer instituir el Corpus Christi en honor del Santo Sacramento.

Sin embargo, al convertirse en priora, Juliana se encontró con crueles incomprensiones: fue tratada de falsa visionaria. Sus visiones, y su interpretación rigurosa de la regla agustiniana, provocaron su expulsión por dos veces del monasterio.

La primera vez, el obispo la volvió a llamar. La segunda, en 1248, se refugió en Namur, en un monasterio cisterciense, antes de abrazar la vida de eremita reclusa, en Fosses.

La abadía cisterciense de Villers, entre Bruselas y Namur, le ofreció sepultura, por ello la iconografía la representa vestida con el hábito de los cistercienses.

Mientras tanto, transmitido por la beata Eva de Lieja (+ v. 1266), sus esfuerzos no fueron en vanos, pues la fiesta del Santo Sacramento fue introducida en la diócesis. Y fue extendida a toda la Iglesia por Urbano IV, seis años después de su muerte. Fue él quien celebró el primer Corpus en Orvieto, con gran solemnidad.

La solemnidad del Corpus Domini se remonta en efecto a 1264, cuando se acogieron las devociones eucarísticas nacidas en los siglos XII y XIII, en reacción contra las dostrinas que negaban la presencia real de Cristo en el pan y el vino consagrados.

A esta época se remonta también el “milagro de Bolsena”, ciudad junto al lago que lleva su nombre, en el Lacio, al norte de Roma. Un sacerdote de Bohemia, Pedro de Praga, dudó de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, mientras celebraba la misa: vio entonces gotas de sangre manar de la hostia, manchando el lienzo del altar y la piedra. Informado del hecho, el papa pidió que se le remitieran los lienzos sagrados y se desplazó él mismo a recibirlos, acompañado por toda la corte pontificia.

Los acontecimientos se relatan en los frescos de la catedral de Orvieto. Gran parte de las reliquias se conservan allí: la hostia, el corporal y los purificadores de lino.

En Bolsena se puede ver aún el altar del milagro en la basílica de Santa Cristina, así como las piedras manchadas de sangre.

Por Anita S. Bourdin