Cuando el bienestar de los animales está por encima de los derechos humanos

La investigación médica y farmacéutica plantea interrogantes

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OXFORD, sábado, 6 noviembre 2004 (ZENIT.org).- La utilización de animales para pruebas de laboratorio continúa suscitando violentas protestas en Inglaterra. Durante el verano, algunos contratistas que construían un nuevo centro de investigación para la Universidad de Oxford tuvieron que rescindir el contrato tras recibir amenazas. Montpellier, la casa matriz de los contratistas, no hizo públicos los detalles, pero según un reportaje en el Times de Londres del 20 de julio, los inversores de la compañía recibieron cartas de organizaciones de derechos de los animales amenazándoles si no vendían sus acciones.



La mayoría de los animales que se tendrían en el nuevo centro serían roedores, junto con algunos peces y primates. Oxford votó a favor de continuar la construcción del centro con una nueva empresa. Los problemas vinieron tras el abandono en enero por parte de la Universidad de Cambridge de los planes de un nuevo centro neurocientífico, que implicaría investigación con animales, debido a la constante oposición de las organizaciones de derechos de los animales.

Poco después, un consejero de organizaciones de derechos de los animales en el Reino Unido, Jerry Vlasak, declaró que asesinar a los investigadores que utilizan animales era legítimo, según informó el Observer el 25 de julio.

«Creo que la violencia es parte de la lucha contra la opresión», afirmó Vlasak al periódico. «Si les ocurre algo malo a estas personas (los investigadores que utilizan animales), desanimará a otros. Es inevitable que se use la violencia en la lucha y será efectiva». Vlasak relacionó la experimentación con animales al trato a los judíos dado por los nazis.

Vlasak tiene lazos con la organización Stop Huntingdon Animal Cruelty (Shac), que hace campaña para que se cierre el Huntingdon Life Sciences. También asesora a Speak, una organización implicada en la campaña para forzar la salida del contratista del laboratorio de investigación de Oxford, según el reportaje del Observer.

El Guardian del 29 de julio presentaba a otro activista, Greg Avery. Lleva 20 años implicado en campañas por los derechos de los animales. En 1999 fundó Shac, organización que sigue dirigiendo.

Avery predijo que se utilizarían incluso tácticas más extremas contra quienes trabajan con empresas ligadas a la investigación con animales. Describió alguno de los más de 100 ataques contra los laboratorios y sus empleados durante los meses que precedieron a su entrevista con el periódico. Las tácticas van desde verter pintura sobre los coches de los interesados hasta arrojar ladrillos contra sus ventanas. Avery declaró que cree que el movimiento a favor de los derechos de los animales está llevando a cabo una protesta legítima.

El último brote de violencia de los defensores de los derechos de los animales implicó el hurto y desmembramiento de un cuerpo sacado de su sepulcro, informó el 12 de octubre el periódico Independent. El cadáver de Glady Hammond fue exhumado, piensa la policía, porque era la suegra de uno de los dos hermanos que dirigen la Darley Oaks Farm en Newchurch, Staffordshire, donde se crían cerdos de Guinea para la investigación médica. La granja, y todo el pueblo, han estado sometidos a repetidos ataques de activistas de derechos de los animales.

Pruebas defendidas
Una portavoz de la compañía farmacéutica GlaxoSmithKline defendió las pruebas con animales. Susan Brownlove afirmó que no sería ético dar medicamentos a los humanos sin saber su efecto en un «cuerpo vivo», informaba el 24 julio el Times.

Brownlove explicó que, cuando es posible, la compañía utiliza métodos de prueba que no implican animales, pero que algunas veces no hay otra alternativa viable. También observaba que cada paso en medicina que se ha dado en el siglo XX ha tenido lugar como resultado de la investigación animal.

Según las estadísticas oficiales del gobierno, los experimentos con animales están bajando, tras su máximo nivel de 1976. Los datos relativos al años 2002, los últimos disponibles, muestran que 2,73 millones de animales se utilizaron en pruebas, según un reportaje del 30 de julio en el Independent. La gran mayoría de las pruebas, el 84%, implicaron el uso de ratones, ratas y otros roedores. Los pájaros sumaban el 5%, los peces, otro 7%. Perros, gatos, caballos y primates sumaban menos de un 1%.

¿Los favoritos de la naturaleza?
Naturalmente, no todos los que defienden la idea de los derechos de los animales abogan por la violencia. En un plano más intelectual, un libro reciente del filósofo Tibor Machen consideraba la cuestión de los animales contra los humanos. En «Putting Humans First: Why We Are Nature’s Favorite» («Poner a los Humanos Antes: ¿Por qué somos los Favoritos de la Naturaleza?»), Machen presenta una defensa sucinta de por qué sólo los humanos pueden considerarse en posesión de derechos.

La objeción fundamental más importante a la idea de que los animales tienen derechos, explicaba, es que sólo los humanos tienen una naturaleza moral y esta necesita que se le adjudiquen derechos. Únicamente los humanos, defiende Machen, poseen la capacidad de escoger libremente y la responsabilidad de actuar éticamente.

Podemos simpatizar con los problemas de los animales, o sentir que son similares a nosotros, pero eso no cambia el hecho de que los humanos y los animales son dos clases diferentes de entidades. «Sólo a los seres humanos se les puede implorar que actúen bien en vez de mal», observa. El concepto de derecho emergió con la civilización humana precisamente porque es aplicable a la naturaleza moral específica de los seres humanos.

Una simple observación del mundo que nos rodea, explica Machen, revela que hay una jerarquía, que va de los objetos inanimados a las plantas y animales, y los humanos. Es con los seres humanos que entra en consideración la responsabilidad moral. «La vida humana normal implica deberes morales, y es por eso que somos más importantes que otros seres en la naturaleza», observa.

Intereses adquiridos
Algunos defienden que los animales tienen derechos porque tienen intereses que necesitan satisfacer, observa Machen. Sin embargo, el mero hecho de tener intereses no es suficiente para establecer un derecho a algo, defiende. Además, tener derechos implica respetar obligaciones recíprocas con los demás. Si los animales tuvieran derechos basados en intereses, tendrían obligaciones hacia los demás. Pero el reino animal no funciona de esta manera. Las cebras pueden tener interés en no que no las mate un león, pero esto no implica ningún derecho que el león esté obligado a respetar.

Al ocuparse de otro argumento propuesto por los defensores de los derechos de los animales, Machen mantiene que el caso de los derechos humanos no se apoya primariamente en el nivel de la capacidad mental o de inteligencia de un individuo, «sino más bien en su particular tipo de consciencia».

Otros defensores de los derechos de los animales no se apoyan en argumentos basados en intereses o capacidades, sino que mantienen que toda vida es sagrada y no podemos imponernos sobre ella. Una variante de esta postura es el argumento de que la naturaleza es sagrada y por eso es moralmente erróneo dañarla lo más mínimo.

Pero este argumento es simplemente poco práctico, observa Machen, porque no podríamos vivir sin matar algunos animales. La cuestión también se plantea sobre qué o quién hace sagrada a la naturaleza.

Sufrimiento y moralidad
Algunas veces la gente simplemente se apena por la idea de que los animales sientan dolor o sufrimiento, y esperan atribuirles derechos que eviten estos problemas, reconoce Machen. Sin embargo, el mero hecho de tener derechos no elimina el sufrimiento, como la experiencia humana demuestra ampliamente, observa.

Además, negar a los animales la posibilidad de tener derechos no significa que no haya límites éticos en la manera en que deben tratarlos los humanos. La moralidad humana, observa Machen, implica algo más que derechos. El ejercicio de las virtudes como la templanza y la moderación son también importantes. Por lo tanto, cuando alguien se comporta de modo cruel o derrochador con los animales, se puede afirmar correctamente que daña su carácter moral.

Pero, si una falta de cuidado por la vida y el bienestar de los animales demuestra un defecto de carácter, esto no significa que no podamos utilizar los animales de forma responsable para obtener los beneficios necesarios, concluye Machen. El elemento clave aquí consiste en distinguir lo que es una conducta caprichosa de lo que es necesario para el bienestar humano. Una distinción que los que se preocupan por los animales deberían tener presente.