Cuando la Madre Teresa me servía el desayuno

En el centenario de su nacimiento, recuerdos de una mujer muy especial

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Por Renzo Allegri

ROMA, jueves 19 de agosto de 2010 (ZENIT.org).- En muchas partes del mundo están en marcha manifestaciones para recordar el centenario del nacimiento de Madre Teresa de Calcuta, que cae el 26 de agosto. Grandes ceremonias en India, en Calcuta, donde vivió la mayor parte de su existencia terrena y donde está sepultada, en Albania, donde nació, y en todas partes, son numerosísimas las pequeñas iniciativas, a nivel popular, en las parroquias y en las asociaciones de voluntariado, sobre todo organizadas por jóvenes, para recordar esta extraordinaria figura.

Con el Padre Pío y Juan Pablo II, Madre Teresa ha sido una de las personas que han marcado profundamente la historia del cristianismo de nuestro tiempo. Padre Pío, con la llama de su altísima experiencia mística; Juan Pablo II con el viento impetuoso de la acción y de los continuos viajes apostólicos; Madre Teresa con el amor, desnudo y absoluto, hacia los últimos. Sus actos, sus enseñanzas, sus ejemplos han tocado a creyentes y no creyentes, y siguen estando vivos.

Todos aquellos que conocieron a Madre Teresa conservan recuerdos extraordinarios. Sobre todo las personas que vivieron junto a ella. Pero también los periodistas que se acercaron a ella por trabajo. Nosotros los periodistas, gracias a nuestra profesión, nos encontramos, y no raramente, con los personajes más dispares. Durante cuarenta años trabajé como enviado especial para grandes semanarios y conocí y entrevisté a una muchedumbre sin fin de personas famosas: artistas, políticos, científicos, campeones deportivos, divos del espectáculo, protagonistas de noticias luctuosas, asesinos y también santos.

Entre los “santos” estuvieron Padre Pío, Madre Teresa, Juan XXIII, pero también otros, como Juan Pablo II, Madre Esperanza, Giorgio La Pira, Marcello Candia, fray Cecilio Cortinovis y otros. Sobre todos escribí artículos y también libros. De todos conservo recuerdos especiales, porque estas personas tienen un carisma irresistible y una vez conocidos es imposible olvidarles. Representan la vida en su acepción esencial y eterna, y transmiten esperanzas que sobreasan las barreras del tiempo. De todos, el recuerdo más vivo es el ligado a Madre Teresa.

Por una serie de extrañas coincidencias, mantuve con ella diversos encuentros, largas conversaciones, viajes en coche. Puedo decir que tenía por ella un afecto profundo, y ella me demostraba una benevolencia tal que yo juzgaba amistad, y mi superficial vanidad me empujó a veces a aprovecharme de ella, pidiendo incluso favores que ya desde el principio yo mismo consideraba “imposibles”. Y sin embargo, en su infinita bondad, la Madre encontraba siempre la forma de contentarme.

Increíble. Estoy seguro de que todos aquellos que se han acercado a Madre Teresa han constatado esta amorosa disponibilidad suya. Era ciertamente una gran santa pero al mismo tiempo una mujer de una sensibilidad humana tan deliciosa, de una bondad de ánimo tan grande, que se sentía triste si no conseguía contentar a quien le pedía algo.

He escrito muchos artículos sobre Madre Teresa, y algunos libros. Ahora, para el centenario de su nacimiento, he recogido un pequeño volumen, editado por la casa [italiana] Editrice Ancora, algunos recuerdos y sobre todo “las palabras” que la Madre me regaló en los diversos encuentros. No le gustaba mucho hablar. Pero cuando lo hacía, era extremadamente fascinante, con ese modo suyo esencial e incisivo de exponer sus pensamientos. Hablaba preferiblemente a través de imágenes. Sus razonamientos eran una secuencia de hechos que llevaban a una conclusión inevitable.

Mi libro se titula Madre Teresa mi ha detto [Madre Teresa me dijo, n.d.t.]. Título pretencioso. Quizás sólo quien vivió largo tiempo junto a la monja de Calcuta podría usar un título de este tipo para un libro, y no es mi caso. Yo conocí a Madre Teresa, la entrevisté varias veces, pero nada más. Pero, como he dicho antes, precisamente y solo por su benevolencia, me sentía muy cercano a ella y ese título, “Madre Teresa me dijo”, refleja una extraordinaria realidad.

En 1965, leyendo un libro de Pier Paolo Pasolini, encontré algunas líneas dedicadas a Madre Teresa, a quien el escritor había encontrado durante un viaje suyo a la India. El hecho de que Pasolini hubiese quedado muy impresionado por la monja, me llenaba de curiosidad. Decidí que debía encontrar y entrevistar a aquella hermana. Lo conseguí tras una espera de quince años. Pero no se trató de una entrevista. Fue el principio de una serie de encuentros.

Los aspectos que me impresionaron en seguida en ella fueron una grandísima sensibilidad humana y una bondad sin límites. Yo era un periodista cualquiera, en la práctica un pesado que le hacía perder el tiempo. Pero incluso cuando me entretenía en preguntas quizás inútiles y a veces poco pertinentes, nunca vi en su cara la más mínima señal de contrariedad.

Cuando estaba en Roma, y le pedía verla, me citaba en el pequeño convento del Celio, donde está la Casa madre de las monjas fundadas por ella, las Misioneras de la Caridad. Decía: “Le espero mañana por la mañana a las cinco y media”. A esa hora, en el pequeño convento, estaba la Misa reservada a las monjas y la Madre deseaba que, antes de hablar conmigo, nos encontrásemos unidos en la oración. Llegaba puntual y encontraba, en la puertecita del convento, una hermana que me esperaba y me acompañaba a la capillita. Seguía la Misa junto a la Madre, que estaba arrodillada en el suelo, en el fondo de la capillita. Para mí, en cambio, hacía preparar un reclinatorio cómodo y también una silla. Desde mi sitio podía observar a todas las hermanas y también a la Madre, que no hacía precisamente nada especial. Estaba acurrucada sobre sí misma, casi formando una bola, y estaba concentrada en la oración silenciosa como si yo no existiese. Pero precisamente desde aquella postura de anulación incluso física, transmitía una potente energía e infinitas consideraciones que largas conversaciones no habrían sido capaces de sugerir.

Después de la Misa, la hermana que me había acogido me acompañaba a un cuartito del convento, adonde de modo infalible, poco después, llegaba la Madre con una bandeja para el desayuno. Madre Teresa me servía el desayuno. No permitía que lo hiciera una de sus monjas, quizás aquella que me había acogido a la puerta del convento. Quería hacerlo ella. La primera vez yo estaba confuso e intenté impedírselo, diciendo que no tenía hambre, que por la mañana no comía nunca. Pero ella intuyó mi turbación y no hubo forma de detenerla. Me servía con un conmovedor amor maternal. Café, leche, mermelada, tostadas. Se preocupaba de que comiese. Y aquellas atenciones suyas hablaban más que las entrevistas. Después, terminado el desayuno, me concedía su tiempo. Yo tomaba mis apuntes con las preguntas, encendía la grabadora y ella respondía.

Volviendo a escuchar aquellas conversaciones, me doy cuenta de que mis preguntas eran a veces estúpidas, inútiles, superficiales, pero ella siempre respondía con calma llevando la conversación a temas importantes o señalando, en ciertos hechos, el aspecto en el que se concentraba la enseñanza.

Como dije, cuando le había tomado una cierta confianza, le pedí también algunos favores poco pertinentes con su estado de religiosa.

Un día le pedí si aceptaba ser madrina en un bautismo. En Navidad de 1985, Al Bano, el famoso cantante de Puglia, se había convertido en padre por tercera vez: una niña, Cristel. Somos muy amigos, desde el principio de su carrera. Fui también testigo de bodas en su boda con Romina Power y él fue padrino de uno de mis hijos. Una amistad que, con el tiempo, se ha convertido casi en una parentela. En mayo de 1986, Cristel tenía ya cinco meses y aún no estaba bautizada. Sabía que Al Bano tenía una fe religiosa concreta y sólida. Le pregunté por ello por qué no había bautizado aún a la niña. Me dijo que seguía postergando la fecha del bautismo porque no quería que el rito religioso se transformase en una algarada, con fotógrafos y periodistas, como había pasado en su matrimonio. Buscaba una ocasión para una ceremonia religiosa privada, y me pidió que le ayudara a organizarla, quizás en Roma. Lo hice de buen grado. Hablé con el obispo eslovaco monseñor Pavel Hnilica. Una persona extraordinaria, un santo también él, amigo de Madre Teresa, había sido él quien me la presentó. Pedí a monseñor si podía bautizar a la hija de mi amigo. Y le pedí también si sería posible tener a Madre Teresa como madrina. “No lo creo”, dijo el obispo. “Pero te aconsejo que se lo pidas directamente, es una mujer imprevisible”. La Madre estaba en Roma. Junté valor y se lo pedí. Me miró seria, y luego respondió: “Como religiosa, no puedo tomar esta responsabilidad jurídica. Pero puedo ser su madrina espiritual”. Y así sucedió. El bautizo se celebró en la capilla privada del obispo. A la niña se le pusieron los nombres de Cristel, Maria Chiara y Teresa. Sólo había un fotógrafo presente y las imágenes se distribuyeron después gratuitamente por todo el mundo, incluso en Japón.

Dos años después, en agosto de 1988, algunos amigos me hablaron de una historia muy conmovedora. Una joven pareja de un pueblecito cerca del Lago Bracciano, había tenido cinco gemelos. Como sucede a menudo en estos casos, los pequeños fueron mantenidos durante bastante tiempo en la incubadora. En la práctica, se salvaron por el amor grandísimo de sus padres y por los cuidados de los médicos. Cuando finalmente salieron del hospital, se pensó en el bautizo. “Hay que hacer una gran fiesta”, decían los amigos de la pareja. Uno me pidió que organizara algo para atraer la atención de los periódicos. Pensé en Madre Teresa. Estaba seguro de que, conociendo la historia, habría aceptado. Y así fue. La ceremonia se llevó a cabo en la pequeña iglesia de Santa Maria de Galeria. Cada uno de los cinco gemelitos tenía su padrino, como prevé la Iglesia, pero todos tuvieron a Madre Teresa de Calcuta como “madrina espiritual”. La Madre, aunque llena de compromisos, dedicó media jornada a ese bautizo. Se hizo acompañar al lago Bracciano y participó en toda la ceremonia. Los periódicos naturalmente escribieron, publicaron fotografías, y hubo gran fiesta.

Cuando pienso en Madre Teresa, la imagen que se me viene en seguida a la mente es a ella en oración. La primera vez que viajé en coche con ella, tuve el honor de sentarme a su lado. Debíamos trasladarnos desde la vía Casilina, en la periferia de Roma, donde hay una casa de las Misioneras de la caridad, al Vaticano, donde la Madre iba a ser recibida por el Papa. Habíamos hablado largo rato esa mañana y nos habíamos retrasado. Subimos al coche. Conducía el hermano de monseñor Hnilica. El obispo se sentó junto a su hermano y yo junto a Madre Teresa.

El coche partió con gran velocidad porque teníamos prisa, llegábamos tarde. No se podía en absoluto hacer esperar al Papa. Madre Teresa miraba desde la ventanilla. Su rostro estaba sereno. Después de un momento, la Madre nos pidió que rezáramos con ella. Se hizo el signo de la cruz, de un bolsillo de su sari sacó un rosario. Oraba en voz baja, con voz sumisa, recitando el Padrenuestro y las Avemaría en latín. Nosotros rezábamos con ella.

El coche aceleraba nervioso en el tráfico caótico e intenso. A veces frenaba bruscamente, daba volantazos, arrancaba imperioso, agarraba las curvas de forma temeraria, era abordado por otros coches, impacientes y agresivos, que lanzaban amenazas con penetrantes golpes de cláxon. Yo estaba agarrado al manillar y miraba con preocupación al conductor, muy bueno pero imprudente. Madre Teresa, en cambio, estaba absorta en la oración, y no se daba cuenta de nada.

Acurrucada en su asiento, estaba hablando con Dios. Tenía los ojos semicerrados. El rostro arrugado, doblado sobre el pecho, estaba transfigurado. Parecía casi que emanara luz. Las palabras de la oración salían de sus labios, precisas, claras, lentas, casi como si se detuviera a saborear el significado de cada una de ellas. No tenían la cadencia de una fórmula continuamente repetida, sino la frescura del diálogo, de una conversación viva, apasionada. Parecía que la Madre hablara realmente con una presencia invisible.

Un día le pregunté, de repente: “¿Tiene miedo de morir?” Estaba en Roma desde hacía algunos días. La había visto un par de veces y había ido a saludarla porque volvía a Milán. Ella me miró como si quisiera entender la razón de mi pregunta. Creí que había hecho mal en hablar de la muerte e intenté corregir el tiro. “La veo descansada”, dije. “Ayer, en cambio, me parecía muy cansada”. “He descansado bien esta noche”, respondió. “En los últimos años usted ha sufrido intervenciones quirúrgicas muy delicadas, como la del corazón: debería cuidarse, viajar menos”. “Me lo dicen todos, pero yo tengo que pensar en la obra que Jesús me ha confiado. Cuando ya no sirva más, será Él quien me detenga”.

Y cambiando de tema, me preguntó: “¿Dónde vive?”. “En Milán”, respondí. “¿Cuándo vuelve a casa?”. “Espero que esta misma noche. Quisiera tomar el último avión, así mañana, que es sábado, puedo estar en familia”. “Ah, veo que usted es feliz de volver a casa, con su familia”, dijo ella sonriendo. “Llevo fuera casi una semana”, respondí para justificar mi entusiasmo”. “Bien, bien”, añadió. “Es lógico que usted esté contento. Va a encontrar a su mujer, a sus niños, a sus seres queridos, su casa. Es justo que sea así”.

Permaneció aún unos momentos en silencio, y después, volviendo a la pregunta que le había hecho, prosiguió: “Yo estaría contenta como usted si pudiese decir que me muero esta noche. Muriendo me iría a casa yo también. Iría al paraíso. Iría a ver a Jesús. Yo he consagrado mi vida a Jesús. Convirtiéndome en monja, me he convertido en la esposa de Jesús. Todo lo que hago aquí, en la tierra, lo hago por amor a él. Por tanto, al morir, volvería a casa. Donde mi esposo. Además, allí, en el paraíso, encontraría también a todos mis seres queridos. Miles de personas han muerto entre mis brazos. Son ya más de cuarenta años que dedico mi vida a los enfermos y a los moribundos. Yo y mis hermanas hemos recogido por las calles, sobre todo en la India, miles y miles de personas agonizantes. Las hemos llevado a nuestras casas y las hemos ayudado a morir serenas. Muchas de esas personas han expirado entre mis brazos, mientras yo les sonreía y acariciaba sus rostros temblorosos. Por eso, cuando muera, encontraré a todas estas personas. Están allí y me esperan. Nos quisimos en esos momentos difíciles. Hemos seguido queriéndonos en el recuerdo. Quién sabe qué fiesta me harán al verme. ¿Cómo puedo tener miedo a la muerte? Yo la deseo, la espero porque me permitirá finalmente volver a casa”.

En general, en las entrevistas, y también en las conversaciones, Madre Teresa era concisa, daba respuestas breves y veloces. En aquella ocasión, para responder a aquella extraña pregunta mía, había afrontado un auténtico discurso. Y mientras decía esas cosas, sus ojos brillaban con una serenidad y una felicidad sorprendentes.

[Traducción del italiano por Inma Álvarez]