Dar un testimonio vivo de fraternidad

Ponencia del secretario general del episcopado chileno en el Encuentro bilateral Perú-Chile

Tacna, (Zenit.org) Redacción | 544 hits

Con motivo del "Encuentro Perú–Chile sobre el rol de la Iglesia en las relaciones bilaterales", clausurado este sábado 20 de julio en Tacna y Arica, ofrecemos a nuestros lectores el discurso pronunciado por el secretario general de la Conferencia Episcopal de Chile, monseñor Ignacio Ducasse Medina.

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El rol de la Iglesia Católica en el presente y futuro
de las relaciones entre Perú y Chile

Hermanos Obispos,
Estimados (as) participantes en este Encuentro fraterno de diálogo:

Invitados por el Instituto de Estudios Social Cristianos del Perú y por la Comisión Justicia y Paz de la Conferencia Episcopal de Chile, hemos querido congregarnos en esta instancia de encuentro y diálogo, conscientes de la relevancia de promover y cultivar los lazos de fraternidad que unen a los pueblos hermanos de Perú y Chile, y decididos a renovar el compromiso de nuestras Iglesias por contribuir a solidificar esa hermandad.

Este diálogo transcurre en el contexto de un diferendo limítrofe entre los Estados que está siendo dirimido por un tribunal internacional. Pero bien sabemos que la relación entre dos pueblos es mucho más que la relación de dos Estados o entre dos Iglesias.

Las Iglesias de Perú y Chile hemos construido, especialmente en los últimos decenios, una vinculación fraternal que va mucho más allá de los protocolos. Del mismo modo en que los pueblos vecinos de Arica y de Tacna –ciudad que hoy nos acoge-, conviven cotidianamente en una relación sin mayores traumas, las respectivas diócesis han vivido un proceso de continua y progresiva integración, con importantes consecuencias pastorales y sociales. En esto también han participado nuestros hermanos de las diócesis vecinas de Bolivia, y específicamente en las instancias de la Pastoral Juvenil hemos realizado juntos fructíferas experiencias conjuntas.

Las fronteras geográficas no parecen ser impedimento para que nuestros pueblos se reconozcan, respeten y dispongan al encuentro.

Acoger al migrante: desafío y tarea

Más de 350 mil migrantes residen en Chile, en su mayoría procedentes de Perú. Esto se complementa con otros 850 mil compatriotas que residen en el exterior. Esta situación ha generado una constante preocupación de los diferentes actores de la sociedad chilena en orden a configurar un nuevo modo de convivir, una nueva política y un nuevo marco normativo acordes a esta particular realidad migratoria.

Además de la presencia activa del Episcopado chileno a través del diálogo cotidiano del Comité Permanente de la Conferencia Episcopal con las autoridades de los respectivos Gobiernos, otro organismo del Episcopado, el Instituto Católico Chileno de Migración (INCAMI), ha prestado un servicio invaluable en este sentido, con una voz de alerta siempre activa en la promoción del respeto a la dignidad de las personas extranjeras y del reconocimiento de este valor en las normas vigentes.

Ese servicio ha dado importantes frutos: además de la implementación de normas internacionales de protección a migrantes, en el contexto de los procesos regionales de consulta sobre migraciones, al Estado de Chile le ha correspondido,junto a otras naciones hermanas de América Latina, impulsar una agenda regional de las migraciones internacionales, promoviendo en ella el respeto de los derechos de los migrantes y los deberes de los Estados y de los mismos migrantes con respecto a las normativas internacionales sobre migraciones.

INCAMI es, en Chile, no sólo un actor católico en interlocución con el Estado. También es el referente de consulta, apoyo, orientación y también amparo al que acuden periódicamente numerosas familias inmigrantes. A cargo de misioneros scalabrinianos y con una red multidisciplinaria de apoyo en el seno de la Pastoral Social Caritas, el Instituto Católico Chileno de Migración es en nuestro país el rostro pastoral de la acogida cristiana a los hermanos y hermanas extranjeros. Con su acompañamiento activo, las diócesis del país y, en cada una de ellas, las parroquias, colegios y demás instituciones católicas van asumiendo como parte de su misión la tarea de acoger a los hermanos migrantes e incorporarlos al tejido social y eclesial.

En Santiago de Chile, capital que acoge a miles de familias peruanas, la antigua parroquia Italiana, sede original de la Pastoral Migratoria, pasó a denominarse “Parroquia Latinoamerica”. Las banderas de las naciones hermanas es el marco colorido que acoge a personas de diversas naciones, en un flujo siempre activo y permanente, que incluye vida eucarística y sacramental, formación pastoral y social, asesoría jurídica y profesional, contactos con los órganos del Estado y un servicio de colocación laboral para extranjeros, entre otras tantas actividades propias de su misión.

Pero, como se explicaba en una reciente Jornada Migratoria efectuada en Chile, del mismo modo que a los productos que cruzan las fronteras se les grava con un impuesto o se les aplica algún tipo de inspección o revisión, a las personas que proceden del extranjero se les suele aplicar un sello de sospecha y rechazo. Se sospecha del otro simplemente por ser otro y diverso. Iluminados por la fe, el ser otro no es una barrera sino la oportunidad de un encuentro. Jesús nos recuerda, en la parábola del buen samaritano, que la persona distinta es mi prójimo, es mi hermano (Lc 10, 25-37).

Para un cristiano nunca la presencia de un hermano extranjero es parte de una “marea sucia” que incomoda o que debe ser bloqueada. Al contrario, no es solo una oportunidad para hacer posible el diálogo entre pueblos, un abandono de las trincheras del pasado y una invitación a un nuevo trato en la convivencia social, sino una posibilidad a dar un auténtico sentido de trascendencia a las relaciones humanas, tanto personales como sociales, tanto más entre pueblos marcados por la misma matriz evangélica.

Iglesia, sacramento de comunión de sus pueblos

Como bien valora el Documento conclusivo de Aparecida, en América Latina y El Caribe se aprecia una creciente voluntad de integración regional con acuerdos multilaterales.

“Al origen común se une la cultura, la lengua y la religión, que pueden contribuir a que la integración no sea sólo de mercados, sino de instituciones civiles y sobre todo de personas. También es positiva la globalización de la justicia, en el campo de los derechos humanos y de los crímenes contra la humanidad, que a todos permitirá vivir progresivamente bajo iguales normas llamadas a proteger su dignidad, su integridad y su vida” .

Aparecida afirma que el proyecto del Reino de Dios está presente y es posible en el actual contexto sociocultural del Continente, y por ello los obispos aspiran a una “América Latina y Caribeña unida, reconciliada e integrada” . Y añaden que en el escenario de una sociedad globalizada, para discernir los desafíos comunes que enfrentamos los pueblos de América Latina es necesaria una comprensión global y una acción conjunta.

Cito el Documento de Aparecida: “Creemos que ‘un factor que puede contribuir notablemente a superar los apremiantes problemas que hoy afectan a este continente es la integración latinoamericana’. 

Por una parte, se va configurando una realidad global que hace posible nuevos modos de conocer, aprender y comunicarse, que nos coloca en contacto diario con la diversidad de nuestro mundo y crea posibilidades para una unión y solidaridad más estrechas a niveles regionales y a nivel mundial. Por otra parte, se generan nuevas formas de empobrecimiento, exclusión e injusticia. El Continente de la esperanza debe lograr su integración sobre los cimientos de la vida, el amor y la paz” .

Junto a los pastores de Aparecida, podemos reafirmar hoy que la “Iglesia de Dios en América Latina y El Caribe es sacramento de comunión de sus pueblos. Es morada de sus pueblos; es casa de los pobres de Dios. Convoca y congrega a todos en su misterio de comunión, sin discriminaciones ni exclusiones por motivos de sexo, raza, condición social y pertenencia nacional” .

Al asumir este desafío como una experiencia singular de proximidad, fraternidad y solidaridad, estamos conscientes de que nuestro ser común es mucho más que una suma de pueblos. Lo valoró Juan Pablo II en Santo Domingo y lo recordaron los Obispos en Aparecida:

“Una y plural, América Latina es la casa común, la gran patria de hermanos de unos pueblos a quienes la misma geografía, la fe cristiana, la lengua y la cultura han unido definitivamente en el camino de la historia” .

La unidad que anhelamos y promovemos

Así como para todo nuestro continente, de un modo especial para nuestros pueblos peruano y chileno quisiéramos lo que el Documento de Puebla denomina una “integración justa” . La unidad que anhelamos, lejos de cualquier uniformidad, se enriquece y fortalece con las identidades diversas de cada pueblo, nación y cultura.

Tomar conciencia común de las profundas contradicciones en nuestras realidades particulares ya constituye un gran paso hacia la integración chileno-peruana y peruano-chilena. Nos une la geografía. Nos unen los preciosos dones que el Señor nos concedió a esta porción del universo. Nos une la fe y la religiosidad. Nos unen tantas tradiciones culturales comunes y cercanas. Nos une la historia en tantos sueños y luchas compartidas.

Pero lamentablemente, “se trata de una unidad desgarrada porque está atravesada por profundas dominaciones y contradicciones, todavía incapaz de incorporar en sí “todas las sangres” y de superar la brecha de estridentes desigualdades y marginaciones. Es nuestra patria grande pero lo será realmente “grande” cuando lo sea para todos, con mayor justicia. En efecto, es una contradicción dolorosa que el Continente del mayor número de católicos sea también el de mayor inequidad social” .

A las Iglesias locales nos corresponde una misión relevante: invitar a las autoridades y a los líderes sociales a ser cada vez más fieles al sentir y al deseo de los pueblos y su vocación de fraternidad. Que las luchas internas de poder, los vaivenes de la política y los intereses de los grandes grupos económicos no impongan miradas parciales, unilaterales o transitorias que opaquen la disposición genuina a fortalecer los lazos de hermandad, reconociendo las diferencias sin necesidad de anularlas por decreto.

La “integración” es una atractiva palabra para el discurso, sobre todo en contextos electorales. Pero no podemos olvidar como dice Aparecida que los retrasos en la integración tienden a profundizar la pobreza y las desigualdades, mientras las redes del narcotráfico se integran más allá de toda frontera. No obstante que el lenguaje político abunde sobre la integración, la dialéctica de la contraposición parece prevalecer sobre el dinamismo de la solidaridad y amistad. La unidad no se construye por contraposición a enemigos comunes sino por realización de una identidad común” .

A nuestras comunidades eclesiales corresponde animar a cada pueblo para construir “una casa de hermanos donde todos tengan una morada para vivir y convivir con dignidad” . Como decimos en la Oración por Chile “que cada uno tenga pan, respeto y alegría”, si en dicha oración lo decimos por las personas, también lo podemos decir por los pueblos. Que en sus Iglesias locales las personas y familias peruanas y chilenas hallen siempre una voz educadora que les conduzca hacia la fraternidad entre los hermanos, hijos de un mismo Padre que nos ama y perdona. Solo desde una Iglesia que acoge y no margina, que escucha y no impone, daremos testimonio vivo que invite a la fraternidad entre los pueblos hermanos.

Como Iglesia chilena seguiremos trabajando incansablemente para que nuestros pueblos avancen en una actitud de acogida a los migrantes, superando los peligrosos prejuicios y discriminaciones. Se trata de hacer realidad aquello que reza la popular canción “y verás como quieren en Chile al amigo cuando es forastero”.

Y ante las divergencias transitorias entre los Estados, apelaremos a la vocación permanente de fraternidad, ayudando al necesario clima de serenidad y prudencia, de oración y de paz, de respeto y cultura cívica que ambos pueblos se merecen y han demostrado a lo largo de la historia.

¡Muchas gracias!

+ Ignacio Ducasse Medina
Obispo de Valdivia
Secretario General
Conferencia Episcopal de Chile

Tacna, 19 de julio de 2013