Del Papa en Portugal, un desafío a la Doctrina social de la Iglesia

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Por monseñor Giampaolo Crepaldi

ROMA, miércoles 21 de julio de 2010 (ZENIT.org).- Benedicto XVI, desde Fátima, planteó a todos los que se ocupan de Doctrina Social de la Iglesia un desafío verdaderamente radical, que no podemos dejar de recoger.

El 12 de mayo, a los católicos comprometidos en lo social, el Papa les invitó a una presencia, a un testimonio vivo en el mundo. También indicó explícitamente la necesidad de remitirse, en este compromiso, al horizonte de la Doctrina social de la Iglesia: “El estudio de su doctrina social, que asume como principal fuerza y principio la caridad, permitirá trazar un proceso de desarrollo humano integral que implique las profundidades del corazón y que consiga una más amplia humanización de la sociedad. No se trata de simple conocimiento intelectual, sino de una sabiduría que dé sabor y condimento, ofrezca creatividad a las vías cognoscitivas y operativas dirigidas a afrontar una crisis tan amplia y compleja”. Se trató de una fuerte invitación a la presencia, “conscientes, como Iglesia, de no estar en situación de ofrecer soluciones prácticas a cada problema concreto, aunque desprovistos de cualquier tipo de poder, determinados a servir al bien común, y dispuestos a ayudar y a ofrecer medios de salvación a todos”, pero sin renunciar o quitarse de en medio, sino conscientes de que hay que estar presentes, juntos, bajo la guía de la Iglesia y de su doctrina social.

Esta invitación, dirigida a grandes masas de personas comprometidas, sin embargo contrastaba objetivamente con la reciente evolución de la sociedad portuguesa, objeto de una secularización muy violenta que en el giro de pocos años ha permitido la aprobación de leyes fuertemente contestadas por el Papa, como el aborto y el reconocimiento de las uniones homosexuales. Este contraste ha hecho de trasfondo a todo el viaje de Benedicto XVI, ya misionero en una tierra desacralizada más que peregrino en una nación cristiana. Y ésta es la gran cuestión: ¿qué queda del compromiso social y político de los católicos, qué de su Doctrina social, qué de sus actividades caritativas si disminuye la fe, si la apostasía de las raíces cristianas crece alrededor y si Dios está cada vez menos presente en la escena pública porque está cada vez menos presente en las conciencias?

Vuelve el problema fundamental al que parece haber dedicado todas sus fuerzas este Pontífice, el tema de la famosa Carta sobre la retirada de la excomunión a los obispos de Ecône: “En nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí; al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo (cf. Jn 13,1), en Jesucristo crucificado y resucitado. El auténtico problema en este momento actual de la historia es que Dios desaparece del horizonte de los hombres y, con el apagarse de la luz que proviene de Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de orientación, cuyos efectos destructivos se ponen cada vez más de manifiesto. Conducir a los hombres hacia Dios, hacia el Dios que habla en la Biblia: Ésta es la prioridad suprema y fundamental de la Iglesia y del Sucesor de Pedro en este tiempo”.

Algo parecido se dijo también en Fátima, el día anterior al 11 de mayo: “precisamente hoy la prioridad pastoral es la de hacer de cada mujer y hombre cristiano una presencia radiante de la perspectiva evangélica en medio del mundo, en la familia, en la cultura, en la economía, en la política. A menudo nos preocupamos afanosamente por las consecuencias sociales, culturales y políticas de la fe, dando por descontado que esta fe exista, lo que por desgracia es cada vez menos realista”. Se habla de sueños de nuevas generaciones de políticos católicos, pero los católicos son cada vez menos; se habla de presencia pública del cristianismo, pero los cristianos son cada vez menos.

No podemos dejar de acoger este desafío. O también la Doctrina social de la Iglesia sirve para “llevar a los hombres a Dios, a “hacer a Dios presente en este mundo”, o de lo contrario está destinada a volverse árida. Significa por tanto que debe tenerse siempre presente que también la Doctrina social es educación a la fe y que ésta vive dentro de la fe viva de la Iglesia, de la cual está al servicio y de la que es al mismo tiempo expresión. No se trata de decir: dado que la fe disminuye dejemos o abandonemos la Doctrina social, o considerémosla más bien sencillamente como un código ético útil al diálogo con los no creyentes. Se trata más bien de relanzar la Doctrina social como “instrumento de evangelización”.

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*Monseñor Giampaolo Crepaldi es arzobispo de Trieste y presidente del Observatorio Internacional “Cardenal Van Thuan” sobre la Doctrina Social de la Iglesia.

[Traducción del italiano por Inma Álvarez]