Después del homicidio, al parque de atracciones

La historia de tres chicas que asesinaron a una religiosa

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ROMA, 5 febrero 2001 (ZENIT.org).- Esta es la historia no sólo de tres chicas italianas, sino de otros muchos jóvenes del «primer mundo», satisfechos de bienes materiales, aburridos de la vida, que buscan emociones cada vez más fuertes.



Emociones de verdad, no las que da la televisión, porque a esa edad ya saben distinguir la realidad de la ficción. Las tres jóvenes comparecen ahora ante los tribunales en una historia que tiene todo los ingredientes necesarios para dar qué hablar a la opinión pública y, quizá, para reflexionar.

De hecho, en la pequeña población de Chiavenna, las relaciones entre adultos y jóvenes han cambiado desde la tragedia. El párroco, por una parte, y el capellán de la prisión de menores donde están las jóvenes, están también ayudándolas a salir del túnel. Una de ellas, Ambra, quiere reconstruir su vida con la ayuda de la Iglesia. Es ya un primer fruto de la oración de sor María Laura, la religiosa asesinada por las tres amigas en lo que parecería ser un ritual satánico.

3 de junio de 2000.
Tres chavalas, de entre 16 y 17 años, llaman por teléfono a sor María Laura Mainetti, religiosa de las hijas de la Cruz. Una de ellas pide ayuda. Dice que tiene un problema y necesita contarlo a alguien. La religiosa, siempre disponible para ayudar a los más necesitados de la población, acepta encontrarse con ella a las 21,30. Media hora más tarde, sor María Laura se encuentra con una de ellas, que dice llamarse Erica. Le dice que ha sido violada y que está embarazada. La llegada imprevista de una persona salva por esta vez la vida de la religiosa.

6 de junio de 2000.
A las 21,45, la religiosa recibe una nueva llamada y se fija un nuevo encuentro. Sor María Laura se ve con la misma joven y esta le pide si puede pasar la noche en el convento. Mientras la chica se aleja «para coger la maleta», llega el padre Ambrogio Balatti, arcipreste de San Lorenzo. Sólo después éste sabrá que ha sido una posible víctima, señalado por el trío de jóvenes, pero descartado porque era «demasiado robusto». El sacerdote y la religiosa se saludan y ésta alcanza a la joven. Entonces, según los indicios, aparecen las dos cómplices. Juntas, se adentran en vía Poiatengo, donde se supone que está el coche con el equipaje. Es un camino de tierra estrecho y oscuro.

Allí, las tres adolescentes atacan a la religiosa, primero con una piedra y luego con un cuchillo. Sor Maria Laura está de rodillas. Indefensa. Impotente contra tanta ferocidad. Primero les pide que no la maten: «No os he reconocido, no diré nada». Luego empieza a rezar, no sólo por ella sino también por quienes en ese momento le están quitando la vida de manera tan cruel. La religiosa mira al cielo: «Señor, perdónalas», alcanza a pronunciar, en un último acto de amor, mientras siente que se acerca la muerte. Las chicas, fríamente, como en un macabro ritual, se pasan el cuchillo de mano en mano para que ninguna pueda decir que no ha participado en el homicidio. Consumado el delito, se enjuagan las manos en una fuente cercana. Luego, se van al parque de atracciones con un amigo.

7 de junio de 2000.
A las 6,30 un señor jubilado encuentra el cuerpo de la religiosa y da la alarma. Empieza la investigación policial.

9 de junio de 2000.
Durante los funerales de sor María Laura, el obispo de Como, monseñor Alessandro Maggiolini, afirma: «Esta hermana nuestra es la segunda alma, junto al padre Renzo Beretta [párroco de Ponte Chiasso, también asesinado] que el Señor nos arrebata».

29 de junio de 2000.
Los carabineros [fuerzas armadas italianas] detienen a las tres amigas con la acusación de homicidio voluntario y premeditado. Entre los móviles, se sugieren creencias satánicas de al menos una de ellas.

Septiembre de 2000.
Según un informe de los carabineros, «el satanismo es la clave de lectura de todo el asunto» y «no han salido a la luz elementos que puedan hacer pensar en la implicación de ninguna otra persona». Las adolescentes habrían actuado por su cuenta.