«Deus caritas est», una encíclica social

Según Stefano Fontana, director del observatorio internacional Cardenal Van Thuân

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ROMA, domingo, 29 enero 2006 (ZENIT.org).- La encíclica de Benedicto XVI «Deus caritas est» es una encíclica social, asegura a Zenit Stefano Fontana, director del Observatorio Internacional Cardenal Van Thuân sobre la doctrina social de la Iglesia (www.vanthuanobservatory.org).



Este observatorio, cuyo presidente es el obispo Giampaolo Crepaldi, secretario del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz, colabora con las conferencias episcopales, con otros organismos eclesiales, con centros de estudio y con agencias internacionales.


--¿Qué tiene que ver la caridad con el magisterio social?

--Fontana: La «Deus caritas est» hay que considerarla como una encíclica social porque afronta los problemas sociales de hoy, desde el punto de vista de siempre de la Iglesia: la caridad que, como virtud teologal, emana de la vida misma de la Trinidad y, como virtud humana, es la primera condición para que los hombres estén unidos.

En 1881, la «Rerum Novarum» de León XIII [la primera encíclica social ndt.] terminaba con un himno a la caridad, «señora y reina de todas las virtudes». El Papa, con audacia, dados los tiempos, decía que «la salvación deseada debe ser principalmente fruto de una efusión de caridad». En 2006, Benedicto XVI tiene la misma convicción, señala el mismo deber, expresa el mismo deseo.

A finales del siglo XIX, cuando León XIII escribió aquellas palabras, se prefería hablar de reformas y de revolución, y se encargaba a las estructuras y no a los hombres la tarea de realizar la justicia, no se contaba con las virtudes personales, sino con las masas para lograr una vida digna. Hoy, a comienzos del siglo XX, caídos aquellos mesianismos, que esperaban que la justicia llegaría con mecanismos impersonales, pero no superadas todavía otras formas de confianza en ciegos mecanismos --la técnica, sobre todo--, el llamamiento de León XIII encuentra eco en el de Benedicto XVI: la justicia exige también la caridad.

--El Papa niega la participación política de la Iglesia en la sociedad y aboga, más bien, por redescubrir la relación entre justicia y caridad. ¿Cómo es esta relación?

--Fontana: La nueva encíclica no elude el problema de la justicia. Afirma que no puede ser sustituida por la caridad, porque la gracia no elimina la naturaleza, y la fe no prescinde de la razón. La justicia, dice el Papa, es fruto de la «razón práctica», exige el respeto de las exigencias de la naturaleza humana y por tanto el respeto de los derechos y de los deberes del hombre. Sobre ésta se funda la justicia política, a la que corresponde efectivamente construir la justicia, sin la cual el Estado se convertiría en una «gran banda de ladrones», como decía san Agustín. Pero la razón, si bien es autónoma, se convierte fácilmente en presa de las ideologías y de las distorsiones de la justicia, debidas a los egoísmos humanos. Por este motivo, la justicia, que fundamenta e ilumina la razón, y la política, que realiza concretamente la justicia, tienen necesidad intrínsecamente de ser «purificadas» por la fe.

Normalmente, se piensa en la caridad como en algo «marginal» con respecto a la justicia. Primero la justicia y luego la caridad. Si la justicia hiciera bien su trabajo, se dice, no haría falta la caridad. Si la administración pública, el mercado y las estructuras funcionaran bien, no tendríamos necesidad de la amistad social. Se vuelve a caer de este modo en la idea de que, en el fondo, la justicia es un problema de organización y de planificación.

Se cae nuevamente en mesianismos que el Papa considera como materialistas. En realidad, según afirma la primera encíclica de Benedicto XVI, la caridad hace incluso posible la misma justicia.

No sólo porque los pobres los tendremos siempre con nosotros, como dice el Evangelio, y por tanto «no hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor», sino sobre todo porque la caridad «purifica» la justicia, así como la fe purifica la razón.

Se trata de un concepto central en los párrafos de la «Deus caritas est» directamente dedicados a la relación entre justicia y caridad. Sobre esta tarea de «purificación» se fundamenta la doctrina social de la Iglesia, que se sitúa por tanto en lo íntimo de la misión de «diakonia» de la Iglesia en el mundo. La caridad no llega sólo cuando la justicia ha hecho su parte, sino que la ayuda a ser ella misma, al mismo tiempo que la supera.

Sucede lo mismo con la fe, que no se yuxtapone a la razón cuando ésta ha hecho su parte, sino que la ayuda a ser plenamente ella misma.

--Es muy común la acusación de que la Iglesia se mete en política. ¿Qué piensa usted?

--Fontana: La Iglesia no hace política, pues no contribuye directamente a organizar la justicia. Antes que nada es testigo de la caridad, mediante sus obras de ayuda a la necesidad. Hay obras de caridad y de asistencia, dice Benedicto XVI, que son de la Iglesia en sentido propio. Testimonian su fidelidad a Dios que es amor.

Existe luego un segundo nivel: los cristianos laicos participan también, de acuerdo a su responsabilidad, en la construcción política de la justicia, que entienden como una forma laical de testimonio de la caridad de la Iglesia.

Por último, hay un tercer nivel: toda la Iglesia, con su misma vida-acción, con el anuncio, la celebración y el testimonio, desarrollando su propia misión religiosa, propiamente en cuanto religiosa, es una fuerza benéfica para la sociedad, pues infunde el espíritu de caridad que hace a los hombres más hombres, y les abre los ojos y el corazón para ver mejor y realizar la justicia.

--Entonces, ¿qué pide la Iglesia al Estado?

--Fontana: La Iglesia no necesita transformarse en partido o sindicato para dar su propia aportación de liberación a la sociedad, debe sólo seguir su propia misión religiosa. El Estado, dice el Papa, debe conceder a la Iglesia, y a las demás fuerzas espirituales de la sociedad, esta libertad que les corresponde. El respeto a la libertad religiosa se hace deber e interés político, y la reivindicación de la libertad religiosa se convierte en asunción de responsabilidad para el bien común.