Devoción guadalupana integral

Invitación a no quedarse en un folclore pasajero

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SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS, miércoles 12 diciembre 2012 (ZENIT.org).- Ofrecemos una colaboración especial de nuestro colaborador monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de las Casas, con motivo de la fiesta litúrgica de Nuestra Señora de América, la guadalupana.

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+ Felipe Arizmendi Esquivel

HECHOS

Es sorprendente en todos los sectores sociales el fervor por las fiestas guadalupanas. Desde artistas renombrados que le cantan las “mañanitas” en la basílica, con amplia difusión de la televisión, hasta humildes ermitas en nuestras poblaciones indígenas que se visten de colores, estallan en cohetes y música. Es edificante el sacrificio de miles y miles de jóvenes antorchistas, que durante meses ahorran para ir a lugares lejanos, y desde allá recorren por turnos kilómetros y kilómetros corriendo por las carreteras, algunos hasta descalzos, como una muestra de agradecimiento por un favor recibido, o como una súplica confiada ante tantos problemas que viven los pobres. Unos indígenas chamulas fueron hasta Zapopan, cerca de Guadalajara, otros a San Juan de los Lagos, al Cubilete en Guanajuato, a Juquila en Oaxaca. Muchos jóvenes fueron al Distrito Federal, para traer su fuego desde la basílica; otros a Veracruz, Villa Hermosa, Yucatán. Se exponen no sólo al cansancio, al frío, al sol y la lluvia, sino también a enfermedades y accidentes. Pero su amor los impulsa y no se detienen. Nos contagian con su devoción, aunque no faltan automovilistas que se fastidian.

¿Cómo lograr que este fervor consolide la fe y la profundice, ante tantos atractivos del mundo moderno y tantas propagandas proselitistas de otras ofertas religiosas? ¿Qué hacer para que no sea algo pasajero, incompleto y sin trascendencia en la vida familiar, social y eclesial?

CRITERIOS

En octubre de 1970, el Papa Pablo VI nos dijo a los mexicanos: “La devoción a la Virgen Santísima de Guadalupe debe ser para todos vosotros una constante y particular exigencia de auténtica renovación cristiana. La corona que ella espera de todos vosotros no es tanto una corona material, sino una preciosa corona espiritual, formada por un profundo amor a Cristo y por un sincero amor a todos los hombres: los dos mandamientos que resumen el mensaje evangélico. La misma Virgen Santísima, con su ejemplo, nos guía en estos dos caminos.

En primer lugar, nos pide que hagamos de Cristo el centro y la cumbre de toda nuestra vida cristiana. Ella misma se oculta, con suprema humildad, para que la figura de su Hijo aparezca a los hombres con todo su incomparable fulgor. Por eso, la misma devoción mariana alcanza su plenitud y su expresión más exacta cuando es un camino hacia el Señor y dirige todo el amor hacia él, como ella supo hacerlo.

Pero además, y precisamente porque amaba tan entrañablemente a Cristo, nuestra Madre cumplió cabalmente ese segundo mandamiento que debe ser la norma de todas las relaciones humanas: el amor al prójimo. Un cristiano no puede menos que demostrar su solidaridad para solucionar la situación de aquellos a quienes aún no ha llegado el pan de la cultura, o la oportunidad de un trabajo honorable y justamente remunerado; no puede quedar insensible mientras las nuevas generaciones no encuentren el cauce para hacer realidad sus legítimas aspiraciones, y mientras una parte de la humanidad siga estando marginada de las ventajas de la civilización y del progreso. Por este motivo, en esta fiesta tan señalada, os exhortamos de corazón a dar a vuestra vida cristiana un marcado sentido social, que os haga estar siempre en primera línea en todos los esfuerzos para el progreso y en todas las iniciativas para mejorar la situación de los que sufren necesidad. Ved en cada hombre un hermano, y en cada hermano a Cristo, de manera que el amor a Dios y el amor al prójimo se unan en un mismo amor, vivo y operante, que es lo único que puede redimir las miserias del mundo, renovándolo en su raíz más honda: el corazón del hombre. Esto es lo que os pide hoy la Virgen de Guadalupe; ésta la fidelidad al Evangelio, se la que ella supo ser el ejemplo eminente”.

PROPUESTAS

Intensifiquemos la evangelización y las catequesis sobre la devoción guadalupana, para que no se quede en folclore pasajero. Atendamos a los jóvenes antorchistas, antes, en y después de su peregrinación. Que se integren a los grupos juveniles, mediten más la Palabra de Dios y se comprometan en la promoción social de su comunidad.