Dictadura laicista

Por monseñor Felipe Arizmendi Esquivel

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SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS, domingo 19 de junio de 2011 (ZENIT.org).- Publicamos el artículo que ha escrito monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas, con el título “Dictadura laicista”.

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El Presidente de la República Mexicana participó en la Misa en que fue declarado Beato el Papa Juan Pablo II, en Roma. Por ello, no sólo le han criticado sus adversarios políticos, sino que hay legisladores que insisten en la necesidad de endurecer más las posturas laicistas, que no laicas, para impedir tales participaciones. Un consejero nacional de un partido político escribió: “Oriundo de una rencorosa derecha, está en marcha un proyecto para abolir -con argucias sibilinas deslizadas de manera oblicua o a través de rústicas, burdas acciones concretas desprovistas del menor recato- el democrático concepto de laicidad, consustancial al Estado moderno mexicano”. Invita a luchar no sólo para “mantener al clero fuera de la política”, sino ir “mucho más allá”, e “impulsar la secularización de la sociedad mexicana”.

¡Todavía queda gente de ese modo de pensar! Confunden laicidad con laicismo. Aquélla es democrática; éste no, porque no respeta plenamente las libertades de las personas y de los grupos para expresar su convicción religiosa. Se siguen imaginando que el clero aspira al poder político y pretenden impedir cualquier influjo de la religión en la vida pública. En vez de avanzar en libertad religiosa para todos, también para los no creyentes, intentan reforzar una dictadura del más rancio laicismo.

JUZGAR

Los obispos latinoamericanos expresamos en el Documento de Aparecida: “Sea un viejo laicismo exacerbado, sea un relativismo ético que se propone como fundamento de la democracia, animan a fuertes poderes que pretenden rechazar toda presencia y contribución de la Iglesia en la vida pública de las naciones, y la presionan para que se repliegue en los templos y sus servicios religiosos. Consciente de la distinción entre comunidad política y comunidad religiosa, base de sana laicidad, la Iglesia no dejará de preocuparse por el bien común de los pueblos y, en especial, por la defensa de principios éticos no negociables porque están arraigados en la naturaleza humana” (DA 504).

Según el Papa Benedicto XVI, la libertad de religión es un derecho humano fundamental: “El anhelo de verdad y de sentido y la apertura a lo trascendente están profundamente inscritos en nuestra naturaleza humana. Nuestra naturaleza nos impulsa a afrontar las cuestiones de máxima importancia para nuestra existencia... El derecho a la libertad religiosa debe considerarse como inherente a la dignidad fundamental de toda persona humana, en sintonía con la innata apertura del corazón humano a Dios. De hecho, la auténtica libertad de religión permitirá a la persona humana alcanzar su plenitud, contribuyendo así al bien común de la sociedad… Por supuesto, cada Estado tiene el derecho soberano de promulgar su propia legislación y de expresar diferentes actitudes hacia la religión en la ley. Por ello, hay algunos Estados que permiten una amplia libertad religiosa, mientras que otros la restringen por varias razones, entre ellas la desconfianza respecto a la propia religión”.

Y hace un llamamiento “para que todos los Estados reconozcan el derecho humano fundamental a la libertad religiosa, y los insta a respetar, y si fuera necesario, proteger a las minorías religiosas que, aunque vinculadas a una religión diferente de la de las mayorías que las rodea, aspiran a vivir con sus conciudadanos de modo pacífico y a participar plenamente en la vida civil y política de la nación, en beneficio de todos” (29-IV-2011). 

ACTUAR

Invitamos a los legisladores federales a abrirse al diálogo con nosotros y con nuestros asesores en puntos constitucionales. Al pedir que se respete en la ley nuestro derecho fundamental a una más plena libertad religiosa, no anhelamos imponer nuestra creencia a todo el país, sino que se reconozca para todos, gobernantes, autoridades, ministros de culto y ciudadanos, el derecho a practicar y difundir su propia fe en privado y en público, sin más limitaciones que los derechos de los demás. Comparen nuestra legislación en materia religiosa con las de países europeos y americanos, y verán que nos falta más avance en laicidad democrática.