Diez años de la «Evangelium Vitae», atrevido llamamiento en defensa de los más débiles

Habla el fundador de un movimiento de acogida a niños discapacitados

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PARÍS, viernes, 25 marzo 2005 (ZENIT.org).- Este Viernes Santo se han cumplido los diez años de publicación de la encíclica «Evangelium Vitae», una de las contribuciones más importantes y profundas de Juan Pablo II a la paz y los derechos humanos, asegura Tugdual Derville, fundador del movimiento de acogida de niños discapacitados «Con los brazos abiertos» («A Bras Ouverts»).



Derville, de 43 años, delegado general de la «Alianza por los Derechos de la Vida» («Alliance pour les Droits de la Vie »), ha publicado --este Jueves Santo-- el libro «La felicidad herida - El aborto, el eugenismo y la eutanasia en cuestión» («Le bonheur blessé – Avortement, eugénisme et euthanasie en question», CLD éditions).

«Desde hace diez años, este texto de Juan Pablo II ha sido el motor principal de mi compromiso», reconoce en una entrevista concedida a la agencia Zenit. «Lo he leído y releído: es luminoso y apasionante. Tiene una riqueza extraordinaria, con demasiada frecuencia desconocida».

«Este llamamiento al respeto de la vida», añade Derville, jurista, licenciado en Ciencias Políticas, casado y padre de familia, «desde mi punto de vista es simplemente la respuesta a una de las grandes injusticias de nuestra sociedad».

«En el marco de mi misión de ayuda en la Alianza por los Derechos de la Vida, he escuchado a mujeres encinta con dificultades o que han sufrido el aborto, a sus compañeros, a quienes les atienden, a personas discapacitadas, dependientes o ancianas… Sus testimonios me han llevado a constatar que el aborto, el eugenismo, la eutanasia, no son "temas de sociedad", desencarnados, sobre los que se puede debatir con neutralidad; se trata de millones de dramas íntimos y dolorosos, con consecuencias incalculables».

«Corriendo el riesgo de sobrecoger, yo hablo de una auténtica guerra --añade el autor del libro--. Tiene algo muy particular: con frecuencia, el agresor y el agredido son los mismos. En estos dramas familiares, todo el mundo es víctima y no hay un vencedor».

«Muchas mujeres me han confiado después de un aborto: "Lo he perdido todo". Habría que declarar un estado de emergencia humanitaria para acabar con este ciclo de violencia devastadora», propone.

«De hecho, en los encuentros con líderes sociales, con quienes promulgan leyes o con los que deben aplicarlas, he descubierto que muchos políticos están contagiados y cegados por el miedo, no se atreven a ver lo evidente», reconoce.

«Pero nuestra búsqueda de la felicidad no puede ser aniquilada --aclara en su conversación con Zenit--. Si bien se trata de justificar el aborto, el eugenismo y la eutanasia a causa de una concepción falsa de la felicidad, he querido dejar claro lo que nos podría llevar a falsas soluciones, la herida puede y debe ser curada. Nuestra búsqueda de la auténtica felicidad puede ser liberada».

Derville denuncia en su libro la injusticia contra las mujeres afectadas por el aborto y contra las personas discapacitadas.

«Por lo que se refiere a las mujeres que tienen un embarazo imprevisto o difícil, la injusticia más llamativa es la manera con la que se les impone con frecuencia el aborto como una solución obligada», reconoce tras haber hablado con muchas de ellas.

«De tanto hablar de la "interrupción voluntaria del embarazo" como de un acto libre, muchas mujeres se someten al aborto contra su voluntad, por espíritu de sacrificio, para responder a la petición de su compañero, porque la sociedad les ha hecho creer que es mejor no tener un niño que "no ha sido programado", que "no llega en el mejor momento", o que, por falta de una pareja estable, "no tendrá padre"».

«Por lo que se refiere a los discapacitados, la injusticia se debe al hecho de que hoy día hay cada vez más gente que cree que "su vida no vale la pena ser vivida"», denuncia.

«Ciertamente se ha hecho un gran esfuerzo por ayudarles, en nombre de la justicia social, y gracias a Dios se reconoce que ofrecen una gran contribución a la sociedad, y se han creado medios para favorecer su integración social y profesional», añade.

«Pero se da una paradoja: al mismo tiempo los consideramos infelices; consideramos su nacimiento como un error, una falta… Y las consecuencias de esta contradicción son enormes: los padres y las personas capacitadas se sienten mal», indica.

«Una mentalidad así puede tener consecuencias dramáticas para todos nosotros hacia el final de nuestra vida, cuando acabaremos siendo dependientes. No hay que sorprenderse de que la eutanasia se convierta entonces en la gran tentación», advierte.

Y sin embargo, constata Derville, la vida de un discapacitado o de una persona que sufre puede ser feliz.

«Gracias a amigos que viven con discapacidad --en el libro pongo algunos ejemplos--, he tratado de evitar el "angelismo", la desesperanza y sobre todo el "dolorismo". Pero si la felicidad existe, no puede ignorar la existencia del sufrimiento y su misterio».

«Por tanto --sugiere--, tenemos que luchar contra el sufrimiento, pero querer erradicarlo es una ilusión de consecuencias graves. Hemos tratado de excluir al que sufre cuando en realidad el desafío consiste en testimoniar su humanidad».

«Como cristiano, en esta Semana Santa tan particular, en la que el 25 de marzo, fecha de la Anunciación, décimo aniversario de "El Evangelio de la Vida", coincide con el Viernes Santo, me parecía todavía más esencial meditar sobre este misterio en la contemplación de la Cruz, fuente de vida».

«De hecho, muchas personas fuertemente dependientes nos enseñan con su testimonio de vida que la felicidad sigue siendo efectivamente "posible". Pero, ¿de qué felicidad estamos hablando? ¡Gran cuestión! Este examen puede tener algo de desgarrador y al mismo tiempo de tranquilizador».

«Creo que tenemos en Juan Pablo II, en esta época impactante de su vida terrestre, una imagen paradójica de la felicidad», asegura. «¿Quién podría decir que su vida no fue fecunda, cuando su cuerpo era capaz de escalar cumbres nevadas? ¿Quien no siente la influencia paradójica de su presencia, cuando su voz está casi apagada?»

«¿Acaso no se ha convertido en un "argumento" vivo para ese llamamiento al respeto de los más frágiles y los más vulnerables que ha lanzado durante su pontificado? ¿Quién no sueña, en el fondo, con una vida tan realizada y tan entregada?», sigue interrogándose.

«Yo mismo sigo conmocionándome constantemente por descubrimiento de los sufrimientos de nuestros contemporáneos --confiesa al despedirse--. Pero ante todo queda algo que expresamente escogí para concluir mi libro: la capacidad de sorprenderse».