Dios «ama hasta el final»: Homilía de la misa en la Cena del Señor de Benedicto XVI

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CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 14 abril 2006 (ZENIT.org).- Publicamos la homilía que pronunció Benedicto XVI en la misa «en la Cena del Señor» que celebró en la Basílica de San Juan de Letrán, catedral de Roma.




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«Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Juan 13, 1): Dios ama a su criatura, el hombre; le ama también en su caída y no le abandona a su suerte. Él ama hasta el final. Con su amor va hasta el final, hasta el extremo: desciende de su gloria divina. Se despoja de su gloria divina y toma las ropas de un esclavo. Desciende hasta lo más bajo de nuestra caída. Se arrodilla ante nosotros y nos ofrece el servicio del esclavo; lava los pies sucios para que podamos estar presentables ante la mesa de Dios, para que seamos dignos de sentarnos a su mesa, algo que por nosotros mismos nunca podríamos ni deberíamos hacer.

Dios no es un Dios lejano, demasiado distante y demasiado grande para ocuparse de nuestras menudencias. Dado que es grande, puede interesarse por nuestras pequeñeces. Dado que es grande, el alma del hombre, el mismo hombre creado por amor eterno no es algo pequeño, sino grande y digno de su amor. La santidad de Dios no es sólo un poder incandescente, ante el que tenemos que quedar aterrorizados; es poder de amor y, por este motivo, es poder purificador y regenerador.

Dios desciende y se hace esclavo, nos lava los pies para que podamos sentarnos a su mesa. En esto se expresa todo el misterio de Jesucristo. En esto se hace visible lo que significa la redención. El baño en el que nos lava es su amor dispuesto a afrontar la muerte. Sólo el amor tiene esa fuerza purificadora que nos quita nuestra suciedad y nos eleva a las alturas de Dios. El baño que nos purifica es él mismo que se nos entrega totalmente hasta tocar las profundidades de su sufrimiento y de su muerte. Él es continuamente ese amor que nos lava; en los sacramentos de la purificación --el bautismo y el sacramento de la penitencia-- se arrodilla continuamente a nuestros pies y nos ofrece el servicio del esclavo, el servicio de la purificación, nos hace capaces de Dios. Su amor es inagotable, llega verdaderamente hasta el final.

«Vosotros estáis limpios, aunque no todos», dice el Señor (Juan 13, 10). En esta frase se revela el gran don de la purificación que él nos ofrece, pues tiene el deseo de sentarse a la mesa junto a nosotros, de convertirse en nuestra comida. «Aunque no todos»; existe el oscuro misterio del rechazo, que con lo sucedido a Judas se hace presente y tiene que hacernos reflexionar precisamente en el Jueves Santo, en el día en que Jesús se entrega a sí mismo. El amor del Señor no conoce límites, pero el hombre puede ponerle un límite.

«Vosotros estáis limpios, aunque no todos». ¿Qué hace que el hombre se ensucie? El rechazo del amor, el no querer ser amado, el no amar. La soberbia, que cree que no tiene necesidad de purificación, que se cierra a la bondad salvadora de Dios. La soberbia no quiere confesar y reconocer que tenemos necesidad de purificación. En Judas vemos la naturaleza de este rechazo de una manera más clara todavía. Juzga a Jesús según las categorías del poder y del éxito: para él sólo existe la realidad del poder y del éxito, el amor no cuenta nada. Y es ávido: el dinero es más importante que la comunión con Jesús, más importante que Dios y su amor. De este modo, se convierte también en un mentiroso, hace el doble juego y rompe con la verdad; vive en la mentira y pierde el sentido de la verdad suprema, Dios. Así se endurece, se hace incapaz de conversión, de emprender el regreso confiado del hijo pródigo, y tira la vida destruida.

«Vosotros estáis limpios, aunque no todos». El Señor nos advierte hoy ante esa autosuficiencia que pone un límite a su amor ilimitado. Nos invita a imitar su humildad, a confiar en ella, a dejarnos «contagiar» por ella. Nos invita a regresar a su casa por más perdidos que nos sintamos y a permitir que su bondad purificadora nos levante y nos haga entrar en la comunión de la mesa con él, con el mismo Dios.

Reflexionemos en una frase más de este pasaje evangélico inagotable. «Os he dado ejemplo…» (Juan 13, 15); «vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros» (Juan 13, 14). ¿En qué consiste «lavar los pies unos a otros»? ¿Qué significa concretamente? Cada obra buena por el otro --especialmente por el que sufre y por el que es poco estimado-- es un servicio de lavatorio de los pies. El Señor nos llama a esto: a bajar, a aprender la humildad y la valentía de la bondad, así como la disponibilidad para aceptar el rechazo, confiando sin embargo en la bondad y perseverando en ella. Pero hay una dimensión más profunda todavía. El Señor quita nuestra suciedad con la fuerza purificadora de su bondad. Lavarnos los pies los unos a los otros significa sobre todo perdonarnos incansablemente los unos a los otros, volver a comenzar siempre de nuevo, aunque parezca inútil. Significa purificarnos los unos a los otros soportándonos mutuamente y aceptando el que los demás nos soporten; purificarnos los unos a los otros dándonos mutuamente la fuerza santificante de la Palabra de Dios e introduciéndonos en el Sacramento del amor divino.

El Señor nos purifica y por este motivo nos atrevemos a sentarnos a su mesa. Pidámosle que nos dé a todos nosotros la gracia de poder ser huéspedes un día y para siempre del eterno banquete nupcial. ¡Amén!

[Traducción del original italiano realizada por Zenit

© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana]