«Dios es amor», esperanza para el camino ecuménico; asegura el Papa

Al clausurar la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

| 1238 hits

CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 26 enero 2006 (ZENIT.org).- La convicción de que «Dios es amor» permite esperar en que un día los cristianos superarán las actuales divisiones, afirmó en la tarde de este miércoles Benedicto XVI al clausurar la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos.



«Dios es amor. Sobre esta sólida roca se cimienta toda la fe de la Iglesia. En particular, en ella se basa la paciente búsqueda de la plena comunión entre todos los discípulos de Cristo», afirmó el Santo Padre.

«Fijando la mirada sobre esta verdad, cumbre de la revelación divina, las divisiones, a pesar de que mantengan su dolorosa gravedad, parecen superables y no nos desalientan», indicó.

Escuchaban al Papa, en la Basílica de San Pablo Extramuros, representantes de las diferentes confesiones cristianas (en particular, ortodoxos, hijos de la Reforma y anglicanos).

Entre ellos, se encontraban 150 delegados de iglesias, conferencias episcopales, comunidades y organismos ecuménicos que participan en la Comisión preparatoria de la tercera Asamblea Ecuménica Europea, reunida en estos días en Roma, primera etapa de un camino espiritual que concluirá en Sibiu (Rumania), en septiembre de 2007.

Horas antes se había publicado la primera encíclica de este pontificado, «Dios es amor» («Deus caritas est») y el Santo Padre aprovechó la homilía de esas vísperas solemnes para ofrecer la visión ecuménica implícita en el texto.

Benedicto XVI invitó a concebir «todo el camino ecuménico a la luz del amor de Dios, del Amor que es Dios».

«Si incluso desde el punto de vista humano el amor se manifiesta como una fuerza invencible, ¿qué tenemos que decir nosotros, que \"hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él\"? (1 Juan 4, 16)?», preguntó.

«El auténtico amor no anula las legítimas diferencias, sino que las armoniza en una unidad superior, que no es impuesta desde el exterior, sino que, por decirlo de algún modo, da forma desde el interior al conjunto», recalcó.

«Es el misterio de la comunión que, como une al hombre y a la mujer en esa comunidad de amor y de vida que es el matrimonio, así conforma a la Iglesia como comunidad de amor, dando unidad a una multiforme riqueza de dones, de tradiciones».

«Al servicio de esa unidad de amor se encuentra la Iglesia de Roma que, según la expresión de san Ignacio de Antioquia, \"preside en la caridad\"» («Ad Romanos», 1,1)».

Ante los representantes ecuménicos el obispo de Roma volvió a poner en manos de Dios «mi particular ministerio petrino, invocando sobre él la luz y la fuerza del Espíritu Santo para que favorezca siempre la comunión fraterna entre todos los cristianos».

Con este espíritu, invitó a todos los presentes a rezar juntos por la unidad, pues «implorar juntos constituye ya un paso hacia la unidad entre los que la piden».

«Esto no significa ciertamente que la respuesta de Dios venga, en cierto sentido, determinada por nuestra petición --subrayó--. Los sabemos bien: el deseado cumplimiento de la unidad depende en primer lugar de la voluntad de Dios, cuyo designio y generosidad superan la comprensión del hombre y sus mismas peticiones y expectativas».

A Juan Pablo II le gustaba clausurar la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos --como lo hizo el miércoles Benedicto XVI-- en la Basílica de San Pablo Extramuros porque en este templo Juan XXIII convocó en 1959 el Concilio Vaticano II.

Y, como el mismo Papa recordó en su homilía, en esta Basílica, el 5 de diciembre de 1965, Pablo VI «celebró la primera oración común [ecuménica, ndr.], al concluir el Concilio».