Dios quiere la paz, Dios nos confía la paz

Encuentro de Benedicto XVI con los líderes del país en el palacio presidencial de Baabda

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BEIRUT, sábado 15 septiembre 2012 (ZENIT.org).- En su encuentro con los miembros del gobierno, de las instituciones de la República del Líbano, el cuerpo diplomático, los responsables religiosos y los representantes del mundo de la cultura, que se inició a las 10,35 de la mañana, Benedicto XVI subrayó la palabra paz. Con ella abrió y cerró su discurso en el que la repitió al menos treinta veces .

En primer lugar, en dos momentos distintos, en el Salón de los Embajadores de palacio presidencial, Benedicto XVI se entrevistó con el presidente de la República, Michel Sleiman, y el jefe del gobierno Nabih Berri, con la asistencia de sus familiares.

El papa se reunió luego con los líderes de las comunidades musulmanas sunnita, chiíta, drusa y alahuita, en presencia del cardenal secretario de Estado Tarcisio Bertone, del patriarca di Antioquía de los Maronitas, Béchara Boutros Raï, del presidente del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso, cardenal Jean-Louis Tauran, y el nuncio apostólico en Líbano Gabriele Giordano Caccia.

Posteriormente el santo padre y las autoridades libanesas se trasladaron al jardín del palacio presidencial donde se produjo la plantación simbólica de un cedro del Líbano.

En el Salón 25 de Mayo, tras unas palabras del presidente Sleiman, Benedicto XVI pronunció su discurso.

Inició saludando con las mismas palabras de Jesús: “Mi paz os doy”. Y se refirió al acto simbólico tenido poco antes de plantar un cedro, el símbolo del país. Comparó las atenciones que necesita un arbolito recién plantado con las que necesitará el Líbano para fortalecerse: “pienso en vuestro país y su destino, en los libaneses y sus esperanzas, en todas las personas de esta región del mundo que parece conocer los dolores de un alumbramiento sin fin”.

Dijo que ha sido una región “elegida para que sirva de ejemplo, para que dé testimonio de cara al mundo de la posibilidad que tiene el hombre de vivir concretamente su deseo de paz y reconciliación”.

Explicó que para contruir y consolidar la paz “hay que volver incansablemente a los fundamentos del ser humano” de su dignidad y al primer lugar de humanización que es la familia, promoviendo una cultura de vida.

“La eficacia del compromiso por la paz depende de la concepción que el mundo tenga de la vida humana. Si queremos la paz, defendamos la vida. Esta lógica no solamente descalifica la guerra y los actos terroristas, sino también todo atentado contra la vida del ser humano, criatura querida por Dios”, dijo.

Recordó el pontífice que existen otros atentados a la vida humana como “el desempleo, la pobreza, la corrupción, las distintas adicciones, la explotación, el tráfico de todo tipo y el terrorismo”.

“Sólo una solidaridad efectiva constituye el antídoto a todo esto”, subrayó. “Hoy, las diferencias culturales, sociales, religiosas, deben llevar a vivir un tipo nuevo de fraternidad”. Son todas ellas premisas para encontrar el camino de la paz.

“Para abrir a las generaciones futuras un porvenir de paz, la primera tarea es la de educar en la paz, para construir una cultura de paz", afirmó. Una educación que debe “acompañar la maduración de la capacidad de tomar opciones libres y justas, que puedan ir a contracorriente de las opiniones dominantes, las modas, las ideologías políticas y religiosas”.

Y lanzó un desafío a los líderes reunidos en este encuentro: “Pensamientos de paz, palabras de paz y gestos de paz crean una atmósfera de respeto, de honestidad y cordialidad, donde las faltas y las ofensas pueden ser reconocidas con verdad para avanzar juntos hacia la reconciliación. Que los hombres de Estado y los responsables religiosos reflexionen sobre ello”.

Identificó a la causa de tanto dolor como sufre esta región en el mal, el demonio, que “no es una fuerza anónima” sino “pasa por la libertad humana”.

Por ello, llamó a la “conversión del corazón” sin la que las “liberaciones” humanas defraudan.

Llamó a tener “una mirada nueva y más libre” y a decir no a la venganza para salir de esta callejón sin salida en que esta sumida la región.

“Sólo entonces podrá crecer el buen entendimiento entre las culturas y las religiones, la consideración sin conmiseración de unos por otros y el respeto de los derechos de cada uno”.

Recordó que “en el Líbano, el cristianismo y el Islam habitan el mismo espacio desde hace siglos. No es raro ver en la misma familia las dos religiones. Si en una misma familia es posible, ¿por qué no lo puede ser con respecto al conjunto de la sociedad?”.

Para llegar a un clima de diálogo hay que ser “conscientes de que existen valores comunes a todas las grandes culturas, porque están enraizadas en la naturaleza de la persona humana”.

Recordó que “la libertad religiosa es el derecho fundamental del que dependen muchos otros”. Explicó que la libertad religiosa tiene una dimensión social y política indispensable para la paz.

Todo lo dicho, aseguró Benedicto XVI, no puede quedar como el simple enunciado de ideas. “Pueden y deben ser vividas”, subrayó.

Y concluyó con un llamamiento a este país, el Líbano, que “está llamado, ahora más que nunca, a ser un ejemplo” y una invitación a políticos, diplomáticos, religiosos, hombres y mujeres del mundo de la cultura “a dar testimonio con valor en vuestro entorno, a tiempo y a destiempo, de que Dios quiere la paz, que Dios nos confía la paz”. Cerró su discurso con las mismas palabras de Jesús: “Mi paz os doy”.

Se puede leer el texto completo del discurso en este enlace:

http://www.zenit.org/article-43126?l=spanish.