Discurso de Benedicto XVI a las autoridades de San Marino

“Al dirigirme a vosotros, abrazo idealmente al pueblo entero de San Marino”

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SAN MARINO, domingo 19 de junio de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso que Benedicto XVI pronunció esta tarde en el Palacio Público de San Marino, durante el encuentro que mantuvo con los miembros del Gobierno, del Congreso y del cuerpo diplomático acreditado ante la República de San Marino.

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¡Serenísimos Capitanes Regentes, ilustres Señores y Señoras!

Os agradezco con emoción el recibimiento; de manera particular expreso mi reconocimiento a los Capitanes Regentes, también por las amables palabras que me han dirigido. Saludo a los Miembros del Gobierno y del Congreso, así como al Cuerpo diplomático y a todas las demás Autoridades aquí reunidas. Al dirigirme a vosotros, abrazo idealmente al pueblo entero de San Marino. Desde su nacimiento, esta República ha mantenido cordiales relaciones con la Sede Apostólica, y en los últimos tiempos ellas se han ido intensificando y consolidando; mi presencia aquí, en el corazón de esta antigua República, expresa y confirma esta amistad.

Hace mas de diecisiete siglos, conquistados al Evangelio por las predicaciones del diácono Marino y por su testimonio de santidad, un grupo de fieles se congregó en torno a él para dar vida a una nueva comunidad. Recogiendo esta preciosa herencia, los Sanmarinenses habéis permanecido siempre fieles a los valores de la fe cristiana, anclando sólidamente a ellos la propia convivencia pacifica, según criterios de democracia y de solidaridad. A través de los siglos, vuestros padres, conscientes de estas raíces cristianas, han sabido hacer fructificar el gran patrimonio moral y cultural que a su vez habían recibido, dando vida a un pueblo laborioso y libre, que, a pesar de lo exiguo del territorio, no ha dejado de ofrecer a las confinantes poblaciones de la Península italiana y al mundo entero una especifica contribución de civilización, caracterizada por la convivencia pacifica y el mutuo respeto.

Dirigiéndome hoy a vosotros, me alegro por el apego a este patrimonio de valores, y os exhorto a conservarlo y a valorarlo, porque se encuentra en la base de vuestra identidad mas profunda, una identidad que pide a la gente y a las instituciones sanmarinenses ser asumida en plenitud. Gracias a ella, se puede construir una sociedad atenta al verdadero bien de la persona humana, a su dignidad y libertad, y capaz de salvaguardar el derecho de todo pueblo a vivir en paz. Son estos los cimientos de la sana laicidad, en el interior de la cual deben actuar las instituciones civiles, en su constante compromiso en defensa del bien común. La Iglesia, respetuosa de la legítima autonomía de la que el poder civil debe gozar, colabora con él, al servicio del hombre, en la defensa de sus derechos fundamentales, de aquellas instancias éticas que están inscritas en su misma naturaleza. Por eso la Iglesia se compromete para que las legislaciones civiles promuevan y tutelen siempre la vida humana, desde la concepción hasta su fin natural. Además, pide para la familia el debido reconocimiento y un apoyo efectivo. De hecho, sabemos bien, que en el contexto actual la institucional familiar se pone en tela de juicio, casi en un intento de ignorar su irrenunciable valor. Los que sufren las consecuencias son los grupos sociales mas débiles, especialmente las jóvenes generaciones, mas vulnerables y por eso mas fácilmente expuestas a la desorientación, a situaciones de automarginación y a la esclavitud de las dependencias. A veces las realidades educativas se afanan en dar a los jóvenes respuestas adecuadas y, disminuyendo el apoyo familiar, a menudo estos se ven con obstáculos para una normal inserción en el tejido social. También por eso es importante reconocer que la familia, tal como Dios la ha constituido, es el principal sujeto que puede favorecer un crecimiento armonioso y hacer madurar personas libres y responsables, formadas en valores profundos y perennes.

En el trance de dificultades económicas en el que se encuentra también la Comunidad Sanmarinense, en el contexto italiano e internacional, la mía quiere ser una palabra de aliento. Sabemos que los años sucesivos al segundo conflicto mundial han sido un tiempo de estrechez económica, que ha obligado a miles de vuestros conciudadanos a emigrar. Ha venido después un periodo de prosperidad, sobre las huellas del desarrollo del comercio y del turismo, especialmente el estival favorecido por la cercanía de la costa adriática.

En estas fases de relativa abundancia a menudo se verifica una cierta pérdida del sentido cristiano de la vida y de los valores fundamentales. Sin embargo, la sociedad Sanmarinense manifiesta todavía una buena vitalidad y conserva sus mejores energías; lo prueban múltiples iniciativas caritativas y de voluntariado a las que se dedican numerosos conciudadanos vuestros. Quisiera también recordar a los numerosos misioneros sanmarinenses, laicos y religiosos, que en las últimas décadas han dejado esta tierra para llevar el Evangelio de Cristo a varias partes del mundo. No faltan por tanto las fuerzas positivas que permitirán a vuestra Comunidad enfrentar y superar la actual situación de dificultad. Con tal propósito, auspicio que la cuestión de los trabajadores fronterizos, que ven en peligro la propia ocupación, se pueda resolver teniendo en cuenta el derecho al trabajo y la tutela de las familias.

También en la República de San Marino, la situación actual de crisis impulsa a volver a proyectar el camino y se vuelve ocasión de discernimiento (cfr Enc Caritas in veritate, 21); en efecto, pone a todo el tejido social ante la impelente exigencia de afrontar los problemas con valentía y sentido de responsabilidad, con generosidad y dedicación, haciendo referencia a aquel amor a la libertad que distingue a vuestro pueblo.

En este contexto, quisiera repetiros las palabras que dirigió el Beato Juan XXIII a los Regentes de la República de San Marino, durante una visita oficial que ellos realizaron a la Santa Sede: 

«El amor a la libertad – decía mi Predecesor – tiene entre vosotros exquisitamente raíces cristianas y vuestros padres, percibiendo su verdadero significado, os enseñaron a no separar nunca su nombre del de Dios, que es su fundamento insustituible» (Discurso, Mensajes, Coloquios del Santo Padre Juan XXIII, I, 341-343: AAS 60 (1959), 423-424). 

Esta advertencia conserva aún hoy su valor imperecedero: la libertad que las instituciones están llamadas a promover y a defender en el ámbito social, manifiesta una más grande y profunda, aquella libertad animada por el Espíritu de Dios, cuya presencia vivificante en el corazón del hombre da a la voluntad la capacidad de orientarse y de decidirse por el bien. Como afirma el apóstol Pablo: “Pues Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le parece” (Fil 2,13). Y san Agustín, comentando este pasaje subraya: “Es cierto que somos nosotros los que queremos, cuando queremos; pero el que hace que queramos el bien es Él”, es Dios, y añade: “Por el Señor serán dirigidos los pasos del hombre y el hombre querrá seguir su camino” (De gratia et libero arbitrio, 16, 32).

A vosotros, por tanto, Señores y Señoras, os corresponde la tarea de construir la ciudad terrenal en la debida autonomía y en el respeto de aquellos principios humanos y espirituales a los que cada ciudadano está llamado a adherirse con toda la responsabilidad de su propia conciencia personal; y, al mismo tiempo, el deber de seguir obrando activamente para construir una comunidad fundada en valores compartidos.

Serenísimos Capitanes Regentes e ilustres autoridades de la República de San Marino, expreso de corazón el anhelo de que toda su Comunidad, en la comunión de los valores civiles y con sus específicas peculiaridades culturales y religiosas, pueda escribir una nueva y noble página de historia y sea cada vez más una tierra en la que prosperen la solidaridad y la paz. Con estos sentimientos encomiendo a este amado pueblo a la maternal intercesión de la Virgen de las Gracias y de corazón invoco sobre todos y cada uno la Bendición Apostólica.

[Traducción del original italiano por Patricia Navas

©Libreria Editrice Vaticana]