Discurso de Benedicto XVI al nuevo embajador de los Estados Unidos ante la Santa Sede

El señor Francis Rooney

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CIUDAD DELVATICANO, domingo, 13 de noviembre de 2005 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que dirigió este sábado Benedicto XVI al nuevo embajador de los Estados Unidos ante la Santa Sede, Francis Rooney, con motivo de la presentación de sus cartas credenciales.



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Señor embajador:

Con mucho gusto le doy la bienvenida y acepto las cartas credenciales con las que usted es nombrado embajador y ministro plenipontenciario de los Estados Unidos de América ante la Santa Sede. Le doy las gracias por el mensaje de saludo que me ha traído de parte del presidente Bush; quiero pedirle que amablemente le asegure de manera particular mi solidaridad, acompañada por la oración, con todos los que quedaron afectados por las recientes tormentas en el sur de vuestro país, así como el apoyo en mis plegarias por los que están comprometidos en el masivo trabajo de ofrecer socorro y reconstrucción.

En el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del año 2005, mi predecesor, el Papa Juan Pablo II, llamó la atención sobre la intrínseca dimensión ética de toda decisión política, y observó que la preocupante expansión del desorden social, de la guerra, de la injusticia y de la violencia en nuestro mundo sólo pueden afrontarse con un nuevo aprecio y respeto por la ley moral universal, cuyos principios derivan del mismo Creador (Cf. números 2-3).

El reconocimiento del rico patrimonio de valores y principios que forman parte de esta ley es esencial para la construcción de un mundo que reconozca y promueva la dignidad, la vida y la libertad de cada persona humana, creando las condiciones de justicia y paz en las que individuos y comunidades puedan verdaderamente crecer. Precisamente, la promoción y defensa de estos valores, que deben gobernar las relaciones entre las naciones y pueblos en la búsqueda del bien común de la familia humana, inspira la presencia y la actividad de la Santa Sede en la comunidad internacional. Como afirmó el Concilio Vaticano II, la misión religiosa universal de la Iglesia no le permite identificarse con un particular sistema político, económico y social; al mismo tiempo, su misión sirve como fuente de compromiso, de orientación y de fuerza que puede contribuir a establecer y consolidad la comunidad humana, en acuerdo con la ley de Dios (Cf. «Gaudium et Spes», 42).

Por este motivo, aprecio su amable referencia a los esfuerzos de la Santa Sede por contribuir en la búsqueda de efectivas soluciones a algunos de los problemas más significativos que afronta la comunidad internacional recientemente, como es el escándalo de la continua difusión del hambre, de las graves enfermedades y pobreza en grandes áreas de nuestro mundo. Una actitud adecuada ante estas cuestiones no debe limitarse a meras consideraciones económicas o técnicas, sino que exige una visión amplia, solidaridad concreta y decisiones valientes a largo plazo sobre cuestiones éticas complejas; entre ellas pienso especialmente en los efectos de la aplastante deuda que alimenta una espiral de pobreza en muchas de las naciones menos desarrolladas. El pueblo estadounidense se ha distinguido por su generosa caridad a favor de los desfavorecidos y necesitados en todos los continentes. En un mundo de creciente globalización, confío en que su nación siga ejerciendo un liderazgo basado en un compromiso inquebrantable con los valores de la libertad, la integridad y la autodeterminación, cooperando con las diferentes instancias internacionales que trabajan por construir un consenso genuino y por desarrollar una acción unificada para afrontar estas cuestiones críticas para el futuro de toda la familia humana.

Señor embajador, aprovecho esta oportunidad para recordar que acaban de cumplirse dos décadas desde el establecimiento de relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos y la Santa Sede, gracias a los esfuerzos el entonces presidente Ronald Reagan y del difunto Juan Pablo II. Aprecio el diálogo y la cooperación fructuosa que estas relaciones han hecho posible, y expreso mi esperanza de que en el futuro se profundicen y consoliden. Al comenzar su misión, le manifiesto mis mejores deseos, acompañados de la oración por el trabajo que usted emprende al servicio de su nación, y le aseguro la constante disponibilidad de la Santa Sede para asistirle en el cumplimiento de sus responsabilidades. Invoco de Dios la bendición de prosperidad, alegría y paz sobre usted, sobre su familia, y sobre el querido pueblo estadounidense.

[Traducción del original inglés realizada por Zenit]