Discurso de Benedicto XVI en la Escuela Primaria "St. Maron" de Nicosia

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NICOSIA, sábado 5 de junio de 2010 (ZENIT.org).- Publicamos a continuación el discurso pronunciado este sábado por Benedicto XVI, durante el encuentro con la comunidad católica de Chipre en la Escuela Primaria St. Maron de Nicosia.

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Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

[En griego]

Me da gran alegría estar con vosotros, los representantes de la comunidad católica de Chipre.

[En inglés]

Agradezco al arzobispo Soueif por sus amables palabras de bienvenida en vuestro nombre y agradezco de forma especial a los niños por su bonita representación. También saludo a Su Beatitud el Patriarca Fouad Twal, y saludo el grande y paciente trabajo de la Custodia Franciscana de Tierra Santa en la persona del padre Pizzaballa, hoy aquí con nosotros.

En esta ocasión histórica de la primera visita del Obispo de Roma a Chipre, vengo a confirmaros en vuestra fe en Jesús Cristo y a animaros a seguir siendo un solo corazón y una sola alma en fidelidad a la tradición apostólica (cf. Hch 4, 32). Como Sucesor de Pedro, estoy entre vosotros hoy para ofreceros el testimonio de mi apoyo, mi afectuosas oraciones y mi aliento.

Acabamos de escuchar en el Evangelio de Juan cómo algunos griegos, que habían sabido de las grandes obras que Jesús hacía, se acercaron al apóstol Felipe y le dijeron: "Queremos ver a Jesús" (cf. Jn 12,21). Estas frases nos tocan a todos nosotros profundamente. Al igual que los hombres y mujeres en el Evangelio, queremos ver a Jesús, conocerle, amarle y servirle, con "un solo corazón y alma".

Por otra parte, como la voz del cielo en el Evangelio de hoy declaró a la gloria del nombre de Dios, la Iglesia proclama su nombre no sólo por su propio bien, sino por el bien de la humanidad en su conjunto (cf. Jn 12,30). También vosotros, los seguidores de Cristo de hoy, estáis llamados a vivir vuestra fe en el mundo añadiendo vuestras voces y acciones para la promoción de los valores del Evangelio transmitidos a vosotros por generaciones de cristianos chipriotas. Estos valores, profundamente arraigados en vuestra propia cultura, así como en el patrimonio de la Iglesia universal, debe continuar inspirando vuestros esfuerzos para promover la paz, la justicia y el respeto de la vida humana y la dignidad de vuestros conciudadanos. De esta manera, vuestra fidelidad al Evangelio sin duda beneficiará a toda la sociedad chipriota.

Queridos hermanos y hermanas, teniendo en cuenta vuestras circunstancias únicas, también me gustaría llamar vuestra atención sobre una parte esencial de la vida y misión de nuestra Iglesia, a saber, la búsqueda de una mayor unidad en la caridad con los demás cristianos y el diálogo con quienes no son cristianos. Especialmente desde el Concilio Vaticano II, la Iglesia se ha comprometido a avanzar por el camino de un mejor entendimiento con nuestros hermanos cristianos con el fin de unir cada vez más fuertemente en el amor y la amistad a todos los bautizados. Teniendo en cuenta vuestras circunstancias, sois capaces de realizar vuestra contribución personal al objetivo de una mayor unidad entre los cristianos en vuestra vida cotidiana. Permitidme animaros a hacerlo, confiando en que el Espíritu del Señor, que oró para que sus discípulos fuesen uno (cf. Jn 17,21), os acompañará en esta importante tarea.

En cuanto al diálogo interreligioso, todavía queda mucho por hacer en todo el mundo. Esta es otra área donde los católicos en Chipre a menudo viven en circunstancias que se les brindan oportunidades para una acción correcta y prudente. Sólo a través del trabajo paciente puede construirse la confianza mutua, superarse el peso de la historia, y las diferencias políticas y culturales entre los pueblos sean un motivo para trabajar en una mayor comprensión. Os insto a que ayudéis a crear esa confianza mutua entre cristianos y no cristianos como base para la consolidación de la paz duradera y la armonía entre los pueblos de diferentes religiones, regiones políticas y bagajes culturales.

Queridos amigos, os invito a mirar a la profunda comunión que ya compartís entre vosotros y con la Iglesia católica en todo el mundo. Con respecto a las necesidades inmediatas de la Iglesia, os animo a orar y a promover las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa. En este Año Sacerdotal que llega a su fin, la Iglesia ha adquirido una renovada conciencia de la necesidad de buenos sacerdotes, santos y bien formados. Ella necesita hombres y mujeres religiosos totalmente comprometidos con Cristo y con la difusión del reino de Dios en la tierra. Nuestro Señor prometió que quienes den la vida a imitación suya les llevará a la vida eterna (cf. Jn 12,25). Pido a los padres que reflexionen sobre esta promesa y que alienten a sus hijos a responder generosamente a la llamada del Señor. Insto a los pastores a que asistan a los jóvenes, a sus necesidades y aspiraciones, y que les formen en la plenitud de la fe.

Aquí, en esta escuela católica, también quisiera dirigir una palabra a quienes trabajan en las escuelas católicas de la isla, especialmente a los profesores. Su trabajo es parte de una larga tradición y estima de la Iglesia católica en Chipre. Seguid sirviendo pacientemente al bien de toda la comunidad mediante la consecución de la excelencia educativa. Que el Señor os bendiga abundantemente en la sagrada tarea que es la formación del don más precioso de Dios Todopoderoso a nosotros - nuestros niños.

Os dirijo ahora a una palabra especial a vosotros, mis queridos jóvenes católicos de Chipre.

[En griego]

¡Sed fuertes en la fe, alegres en el servicio de Dios y generosos con vuestro tiempo y talento! Ayudad a construir un futuro mejor para la Iglesia y para vuestro país poniendo del bien de los demás antes que el vuestro propio.

[En inglés]

Queridos católicos de Chipre, fomentad vuestra propia armonía, en comunión con la Iglesia universal y con el Sucesor de Pedro, y construir lazos fraternales con los demás en la fe, esperanza y amor. De manera especial, deseo consignar este mensaje a los presentes que vienen de Kormákiti, Asómatos, Karpásha y Aída Marina. Conozco vuestros deseos y sufrimientos, y por ello os pido que llevéis mi bendición, mi cercanía y mi afecto a todos los que vienen de vuestros pueblos. Nosotros, los cristianos somos un pueblo de esperanza. Por mi parte, espero fervientemente y rezo para que, con el compromiso y la buena voluntad de los interesados, se asegure rápidamente una vida mejor para todos los habitantes de la isla.

Con estas breves palabras, os confío a todos a la protección de la Beata Virgen María y a la intercesión de los santos Pablo y Bernabé.

[En griego]

¡Que Dios os bendiga a todos!

[Traducción del original en inglés por Inma Álvarez

© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana]