Discurso de Juan Pablo II a la Congregación para la Doctrina de la Fe

Sobre la recepción de los documentos vaticanos, la ley natural y los delitos de sacerdotes

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CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 6 febrero 2004 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que Juan Pablo II dirigió este viernes a los participantes en la sesión plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe.



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Señores cardenales,
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
queridos hermanos y hermanas:

1. Vuelvo a renovar mi alegría al poder encontrarme con vosotros al final de la Sesión Plenaria de vuestra Congregación. Al dirigidos a cada uno mi cordial saludo, deseo dar las gracias en particular al cardenal Joseph Ratzinger por los sentimientos que ha expresado en nombre de todos y por la eficaz síntesis de los numerosos trabajos del dicasterio.

Esta cita bienal me permite repasar los puntos destacados de vuestra actividad e indicar asimismo el horizonte de los desafíos en los que estáis comprometidos en el delicado desafío de promover y tutelar la verdad de la fe católica, al servicio del Magisterio del Sucesor de Pedro.

En este sentido, el perfil doctrinal que caracteriza de manera especial vuestra competencia puede definirse propiamente como «pastoral», pues participa en la misión universal del Pastor Supremo (Cf. «Pastor Bonus», 33). Una misión que tiene entre sus prioridades, ante todo, la unidad de la fe y de la comunión de todos los creyentes, unidad necesaria para el cumplimiento de la misión salvífica de la Iglesia.

Esta unidad debe ser redescubierta continuamente en su riqueza y debe defenderse oportunamente, afrontando los desafíos que plantea cada época. El contexto cultural actual, calificado tanto por un difundido relativismo como por la tentación de un fácil pragmatismo, exige más que nunca el anuncio valiente de las verdades que salvan al ser humano y un renovado empuje evangelizador.

2. La «traditio evangelii» [el anuncio del evangelio] constituye el primer y fundamental compromiso de la Iglesia. Ninguna de sus actividades puede separarse del compromiso de ayudar a todos a encontrar a Cristo en la fe. Por este motivo, siento particularmente la preocupación de que la acción evangelizadora de toda la Iglesia no se debilite nunca, ya sea ante un mundo que todavía no conoce a Cristo ya sea ante muchas personas que, aunque lo han conocido, viven alejadas de Él.

Ciertamente el testimonio de vida es la primera palabra con la que se anuncia el Evangelio, esta palabra, sin embargo, no es suficiente «si no se proclaman la enseñanza, la vida, las promesas, el Reino y el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios» («Evangelii nuntiandi», 22). Este anuncio claro es necesario para mover el corazón a adherir a la buena noticia de la salvación. De este modo, se ofrece un servicio enorme a los hombres y mujeres que buscan la luz de la verdad.

3. Es verdad, el Evangelio exige la adhesión libre del hombre. Pero para que esta adhesión pueda ser expresada, el Evangelio tiene que proponerse, pues «las multitudes tienen derecho a conocer la riqueza del misterio de Cristo, dentro del cual creemos que toda la humanidad puede encontrar, con insospechada plenitud , todo lo que busca a tientas acerca de Dios, del hombre y de su destino, de la vida y de la muerte, de la verdad...» («Redemptoris missio», 8). La adhesión plena a la verdad católica no disminuye, sino que exalta la libertad humana y la estimula hacia su plenitud, en un amor gratuito y lleno de cuidados por el bien de todos los hombres.

Este amor es el sello precioso del Espíritu Santo que, como protagonista de la evangelización (Cf. «Redemptoris missio», 30), no deja de mover los corazones al anuncio del Evangelio y al mismo tiempo los abre para que lo acojan. Este es el horizonte de caridad que explica esa nueva evangelización a la que en varias ocasiones he invitado a toda la Iglesia y a la que deseo volver a convocarla una vez más al inicio de este tercer milenio.

4. Un tema ya afrontado en otras ocasiones es el de la recepción de los documentos magisteriales por parte de los fieles católicos, desorientados con frecuencia más que informados a causa de las reacciones e interpretaciones inmediatas de los medios de comunicación.

En realidad, la recepción de un documento, más que un hecho mediático, debe considerarse sobre todo como un acontecimiento eclesial de acogida del magisterio en la comunión y en un compartir más cordialmente la doctrina de la Iglesia. Se trata, efectivamente, de una palabra autorizada que arroja luz sobre una verdad de fe o sobre algunos aspectos de la doctrina católica contestados o mal interpretados por determinadas corrientes de pensamiento o de acción.

Precisamente en esta valencia doctrinal se encuentra el carácter profundamente pastoral del documento, cuya acogida se convierte, por tanto, en una ocasión propicia de formación, de catequesis y de evangelización.

Para que la recepción se convierta en un auténtico acontecimiento eclesial, conviene prever maneras oportunas de transmisión y de difusión del mismo documento, que permitan su pleno conocimiento ante todo por parte de los pastores de la Iglesia, primeros responsables de la acogida y de la valoración del magisterio pontificio, como enseñanza que contribuye a formar la conciencia cristiana de los fieles ante los desafíos del mundo contemporáneo.

5. Otro argumento importante y urgente que quisiera someter a vuestra atención es el de la ley moral natural. Esta ley pertenece al gran patrimonio de la sabiduría humana, que la Revelación, con su luz, ha contribuido a purificar y desarrollar ulteriormente. La ley natural, accesible de por sí a toda criatura racional, indica las normas primeras y esenciales que regulan la vida moral. Basándose en esta ley, se puede construir una plataforma de valores compartidos, sobre los que se puede desarrollar un diálogo constructivo con todos los hombres y mujeres de buena voluntad y, más en general, con la sociedad secular.

Como consecuencia de la crisis de la metafísica, en muchos ambientes ya no se reconoce el que haya una verdad grabada en el corazón de todo ser humano. Asistimos por una parte a la difusión entre los creyentes de una moral de carácter fideísta, y por otra parte, falta una referencia objetiva para las legislaciones que a menudo se basan solamente en el consenso social, haciendo cada vez más difícil el que se pueda llegar a un fundamento ético común a toda la humanidad.

En las cartas encíclicas «Veritatis splendor» y «Fides et ratio» he querido ofrecer elementos útiles para redescubrir, entre otras cosas, la idea de la ley moral natural. Por desgracia, no parece que estas enseñanzas hayan sido recibidas hasta ahora en la medida deseada y este problema complejo debe ser profundizado ulteriormente. Os invito, por tanto, a promover oportunas iniciativas con el objetivo de contribuir a la renovación constructiva de la doctrina sobre la ley moral natural, buscando también convergencias con representantes de las diferentes confesiones, religiones y culturas.

6. Deseo, por último, mencionar una cuestión delicada y actual. En el último bienio vuestra Congregación ha asistido a un notable aumento en el número de los casos disciplinares ligados a su competencia en virtud de la materia («ratione materiae») sobre «delicta graviora», incluidos los «delicta contra mores». Las normas canónicas que vuestro dicasterio está llamado aplicar con justicia y equidad tienden a garantizar tanto el ejercicio del derecho de defensa del acusado como las exigencias del bien común. Una vez comprobado el delito, es necesario de todos modos evaluar bien tanto el principio de la proporcionalidad entre la culpa y la pena, como la exigencia predominante de tutelar al Pueblo de Dios.

Sin embargo, esto no depende únicamente de la aplicación del derecho penal canónico, sino que encuentra su mejor garantía en la formación justa y equilibrada de los futuros sacerdotes llamados explícitamente a abrazar con alegría y generosidad aquel estilo de vida humilde, modesto y casto, que es el fundamento práctico del celibato eclesiástico. Por tanto, invito a vuestra Congregación a colaborar con los demás dicasterios de la Curia Romana competentes en la formación de los seminaristas y del clero para que se adopten las medidas necesarias para asegurar que los presbíteros vivan conforme a su llamada y a su compromiso de perfecta y perpetua castidad por el Reino de Dios.

7. Queridos, os doy las gracias por el precioso servicio que prestáis a la Sede Apostólica y a favor de la toda la Iglesia. Que vuestro trabajo dé esos frutos que todos deseamos. Con este motivo, os aseguro un recuerdo especial en la oración.

Que os acompañe también mi bendición, que con grato afecto imparto de corazón a todos vosotros y a todas vuestros seres queridos en el Señor.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit]