Discurso de Juan Pablo II al nuevo embajador de Guatemala

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CASTEL GANDOLFO, jueves, 2 septiembre 2004 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso de Juan Pablo II al recibir este jueves las cartas credenciales del nuevo embajador de Guatemala ante la Santa Sede, el señor Juan Gavarrete Soberón.



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Señor Embajador:
1. Me complace recibirle en este acto en el que me presenta las cartas credenciales que lo acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de Guatemala ante la Santa Sede. Al darle mi cordial bienvenida le agradezco las amables palabras que me ha dirigido, así como el saludo del que es portador de parte del Señor Presidente, Lic. Oscar Berger Perdomo, a lo cual correspondo rogándole que le transmita mis mejores votos de paz y bienestar para todo el pueblo guatemalteco.

2. Su País, Señor Embajador, es conocido como la tierra de la eterna primavera. La Providencia me ha concedido poder visitarlo en tres ocasiones desde mi elección como Sucesor de san Pedro. Pude así entrar en contacto con ese noble pueblo, de ascendencia milenaria, en el que el anuncio del Evangelio ha dado forma a manifestaciones profundas de fe tan enraizadas en la cultura guatemalteca. Recuerdo la belleza de sus paisajes, el carácter acogedor de su pueblo y, particularmente, la fe acendrada de la comunidad eclesial que allá vive. La vivencia, alegre y devota, de la fe en Jesucristo encuentra manifestaciones muy solemnes en los cultos de la Semana Santa, desbordando amor al Redentor de los hombres, muerto y resucitado.

Mis dos primeras visitas a Guatemala tuvieron lugar en 1983 y 1996, cuando aún persistía un doloroso conflicto armado interno, que provocó tantas muertes.

Mi tercera visita, en julio del año 2002, firmado ya el Acuerdo de paz, me permitió encontrarme con un pueblo alegre y esperanzado ante los resultados obtenidos. Canonicé entonces al Hermano Pedro de San José de Betancurt, en una multitudinaria celebración que congregó a fieles de Guatemala y de toda América Central, los cuales daban gracias a Dios por el regalo de este humilde Santo que, aunque de origen canario, eligió ese País para santificarse por la vía de la caridad, la oración y la penitencia, así como en el servicio a los pobres y enfermos. Su recuerdo permanece vivo y su carisma perdura en la Orden Bethlemita, la cual, inspirada en sus enseñanzas ha dado abundantes frutos de santidad, como la Madre Encarnación Rosal, primera Beata guatemalteca.

3. En los mensajes que dejé en dichas visitas quise expresar mi afecto hacia el querido pueblo guatemalteco, pero también mis preocupaciones ante los problemas humanos y sociales que se vivían. Me complace constatar que la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su ocaso natural, está constitucionalmente reconocida en su Nación, y eso es un timbre de honor para Guatemala. En éste, como en otros campos, cuando la legislación civil asume los principios del derecho natural se camina hacia la paz y el progreso de los pueblos.

4. En sus palabras se ha referido Usted, Señor Embajador, al deseo de su Gobierno por combatir la corrupción en todas sus formas, por reducir la desigualdad entre quienes lo tienen todo y aquéllos que carecen de lo necesario, así como por aunar esfuerzos para seguir construyendo una nación mejor. La transparencia y honradez en la gestión pública favorecen un clima de credibilidad y confianza de los ciudadanos en sus autoridades y sientan las bases para un desarrollo conveniente y justo. En esta tarea, los responsables públicos encontrarán en la Iglesia, desde la sencillez de sus recursos pero con la fuerza de sus firmes convicciones, la colaboración adecuada para la búsqueda de soluciones, reconociendo los esfuerzos para hacer crecer la conciencia y responsabilidad de los ciudadanos y fomentando la participación de todos.

Por desgracia, aunque terminó el conflicto interno armado, Guatemala no puede ignorar la violencia que ha acosado a muchas personas. Quiero recordar que entre tantas víctimas no han faltado ministros de la Iglesia y servidores del Evangelio, como Mons. Juan Gerardi, Obispo asesinado en 1998, cuyo caso no ha sido aún completamente esclarecido, así como el de varios sacerdotes y catequistas. No se han de ahorrar esfuerzos para alcanzar la paz social en el País y la reconciliación entre todos los ciudadanos.

5. Otro problema es el de la pobreza, que incide en la existencia de muchos de sus conciudadanos. El esfuerzo por atender las necesidades de los más desheredados debe considerarse una prioridad fundamental. Me complace que su Gobierno lo tenga como un objetivo al que dedicar esfuerzos y recursos. Entre los que sufren esa lacra social muchos pertenecen a las poblaciones indígenas. Aunque es verdad que entre ellas están quienes han logrado acceder a una vida más digna, con mayores oportunidades educativas y con mayor presencia en el escenario nacional, otros están sumidos en la pobreza y la marginación. Las aceleradas transformaciones de la economía internacional y los descensos en el precio de los productos agrícolas han colocado a muchos de ellos en una situación difícil. La Iglesia, madre y maestra fiel a su misión, acompaña de cerca a tantas familias campesinas que viven hoy las consecuencias de esta crisis. Éste es otro de los campos donde la colaboración entre las diversas instancias públicas y la comunidad eclesial encuentra un terreno fértil para atender y promover a los pobres.

Antes de concluir este encuentro quisiera dirigir también una palabra de cercanía y aliento a la numerosa comunidad guatemalteca que vive como emigrante en otros países, principalmente en Norteamérica. La lejanía de la patria se debe al deseo de encontrar mejores condiciones de vida. Sin embargo no han de olvidar que es menester conservar y acrecentar los ricos valores culturales y religiosos que forman parte del bagaje con el que un día partieron, y desde su situación actual han de sentirse comprometidos a aportar soluciones para el País que les vio nacer y que hoy les sigue considerando sus hijos a pesar de la distancia y del tiempo.

6. Señor Embajador, quiero formularle ahora mis mejores votos por el desempeño de su misión ante esta Sede Apostólica. Le ruego que transmita al Señor Presidente de la República mi saludo y a todo el pueblo guatemalteco la seguridad de mi oración por su conveniente progreso integral. Pido a Dios que le asista en la misión que hoy comienza e invoco toda clase de bendiciones celestes sobre Usted, su distinguida familia, sus colaboradores, así como sobre los gobernantes y ciudadanos de Guatemala.
[Texto original en castellano]