Discurso del nuevo secretario de Estado al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede

El cardenal Tarcisio Bertone

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CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 29 septiembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que pronunció este viernes el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, en la Sala Ducal el Palacio Apostólico Vaticano.



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Señoras y señores embajadores:
Me alegra daros la bienvenida en el momento en el que comienzo mi nueva misión de secretario de Estado, que me ha sido confiada por Su Santidad el Papa Benedicto XVI, a quien vuelvo a expresar mi profunda gratitud. Nuestro primer encuentro común es para mí un momento importante y esperado. Y expreso el deseo de que un día cercano todos los países puedan estar representados ante el sucesor de Pedro. Quiero daros las gracias de viva voz por los mensajes que me habéis enviado en el momento de mi nombramiento, pidiendo también que transmitáis mi agradecimiento a vuestros gobiernos por los deseos que me han querido dirigir. Estos gestos de simpatía han sido para mí un apoyo mientras me preparaba para asumir este cargo. Doy las gracias también a su excelencia, el profesor Giovanni Galassi, vuestro decano, por las palabras gentiles y cálidas que acaba de dirigirme en vuestro nombre.

Como observadores atentos de la vida y de la actividad de la Santa Sede, conocéis el doble papel de la función del secretario de Estado, encargado de asistir al Papa en su misión: por una parte, esta función manifiesta el vínculo de unidad de la Iglesia y la solicitud del Santo Padre por las Iglesias locales, prestando una particular atención a la vida de las comunidades presentes en todas las partes del mundo, comprometidas en el anuncio del Evangelio, y junto a todos los componentes de las diferentes sociedades, en la construcción de un mundo cada vez mas fraterno.

Por otra parte, también tiene la misión de continuar, desarrollar e identificar las relaciones con los Estados y las organizaciones internacionales «por el bien de la Iglesia y de la sociedad civil», como especifica la constitución apostólica «Pastor Bonus» (artículo 46) del Papa Juan Pablo II.

La Santa Sede desea aportar su apoyo a la vida internacional, según su carácter específico, para que en todo el mundo se promuevan los valores del respeto y de la dignidad del hombre, así como el diálogo, la solidaridad, la libertad, la justicia y la fraternidad.

Tengo el gusto de evocar aquí a mis predecesores en el cargo de secretario de Estado, en particular, al cardenal Agostino Casaroli y al cardenal Angelo Sodano, a quien acabo de suceder, dándole las gracias por el trabajo realizado en 16 años. En la línea de la larga tradición de secretarios de Estado, pretendo hoy encaminar mis pasos.

¿Qué puede ofrecer la Iglesia?, se preguntaba el Papa Juan Pablo II en su discurso al cuerpo diplomático, el 12 de enero de 1982. Afirmaba entonces que ofrece a todos la contribución de una institución que pone, en primer nivel, los valores más altos del hombre y que no es ajena a ningún problema propio del hombre contemporáneo, deseando ofrecer su contribución a la resolución de las cuestiones que afronta la humanidad. Ciertamente con el pasar del tiempo la diplomacia ha evolucionado en sus formas exteriores, pero «la presencia en el extranjero de hombres experimentados, conocedores de la vida internacional, con sentido de responsabilidad y una gran rectitud, sigue siendo indispensable» (Juan Pablo II, encuentro con el cuerpo diplomático, Friburgo, Suiza, 13 de junio de 1984).

Vuestro papel diplomático en este sentido es particularmente importante. Deseo, por tanto, expresar toda mi estima por vuestra noble tarea y siempre estaré dispuesto, en la medida de mis posibilidades, a recibiros para avanzar juntos por el camino de la concertación, para contribuir a la edificación de una sociedad en la que cada uno, cada familia, tiene su lugar y puede vivir con serenidad, aportando su contribución al bien común. Vuestra misión os hace prestar atención al servicio realizado por la Iglesia en los cuatro rincones del mundo. Sobre las cuestiones políticas, hace de los que estáis aquí, representantes de vuestros países ante la Sede Apostólica, interlocutores privilegiados de la Secretaría de Estado, cuyos miembros estarán siempre dispuestos a ayudaros en vuestro encargo.

Nuestros contemporáneos esperan que los diplomáticos contribuyan, en el campo que les corresponde, a fundar y mantener «un orden internacional, el arte de instaurar relaciones humanas razonables entre los pueblos» (Pablo VI, discurso al cuerpo diplomático, 8 de enero de 1968). Desean también que los diplomáticos sean artesanos de paz, «servidores de los intereses de los pueblos» (Cf. Juan Pablo II, discurso al Cuerpo Diplomático en Suiza, 1984), hombres de derecho, de razón, de diálogo sincero, y que se comprometan a favor de un nuevo empuje de solidaridad entre todos los pueblos, en particular para reconsiderar la cuestión de la deuda de los países más pobres para que no haya nunca más personas, en particular niños, que mueran de hambre o de enfermedades endémicas, para que no haya nunca más personas que sean víctimas inocentes de guerras o de conflictos locales, para que no haya nunca más personas que sean maltratadas por motivo de sus convicciones o creencias.

Necesitamos un compromiso universal a favor de los más desheredados del planeta, de los más pobres, de las personas que buscan con frecuencia en vano algo para vivir y para que pueda vivir su familia. La dignidad, la libertad y el respeto incondicional de todo ser humano en sus derechos fundamentales, en particular, su libertad de conciencia y de religión, tienen que formar parte de nuestras preocupaciones primordiales, pues no podemos dejar de solidarizarnos con la suerte ni el futuro de nuestros hermanos y hermanas en humanidad, ni quedarnos verdaderamente tranquilos ante los sufrimientos que desfiguran al hombre y que se encuentran todos los días ante nuestros ojos.

En cuanto diplomáticos, sé que prestáis particular atención a estas cuestiones sensibles por doquier. Pienso especialmente en la violencia bajo todas sus formas infligida a las mujeres, a los niños que ya han nacido o que están por nacer. La defensa de la vida, desde su concepción hasta su ocaso natural, así como la defensa de la familia fundada sobre el matrimonio, son también temas esenciales en la vida social. Pablo VI subrayaba, además, que la diplomacia «se orienta más directamente sobre los problemas reales y concretos de la vida en sociedad, ante todo, sobre el que podríamos decir que los supera a todos, el problema de la paz» (Discurso al cuerpo diplomático, 8 de enero de 1968).

Como decía en un discurso, el 6 de diciembre de 1986, «la contribución de la Santa Sede en la cuestión de la paz es particularmente rica y comprometedora, pues los puntos clave del Magisterio superan ampliamente la profundización sistemática y orgánica de los teólogos. Se dan lazos profundos, subrayados por los papas, entre la paz y el desarrollo de los pueblos, entre la paz y la liberación, entre la paz y los derechos humanos, entre la paz y la solidaridad internacional. Estos lazos han dado nuevos nombres a la paz y han ofrecido caminos para llegar a una auténtica paz. Caminos que no se excluyen sino que se integran los unos con los otros: caminos políticos y diplomáticos, que se concretan con acuerdos que previenen y bloquean los conflictos; caminos jurídicos e institucionales, que hacen surgir nuevas instituciones para garantizar la seguridad y la paz; camino psicológico y pedagógico, que a través de múltiples obras educativas busca formar una cultura de paz; camino del testimonio de grandes profetas de la paz; camino de la objeción del conciencia y del servicio social alternativo; camino de la no violencia.

Los campos cruciales en los que se da, cada vez con más fuerza, la dificultad del vínculo entre el aspecto profético y las necesidades concretas de la vida, que una ética humana también tiene que tener en cuenta, en particular en un contexto de violencia, privado y organizado, caracterizado también por la pluralidad de opiniones que se afrontan, son los siguientes:

--La defensa social para garantizar el orden objetivo y la defensa de los derechos del hombre;

--La condena de la guerra, a nivel ético, y su exclusión como medio para resolver eventuales diferencias entre los Estados;

--La seguridad, que privilegia los elementos no militares y refuerza, por el contrario, las estructuras políticas, económicas y sociales;

--El desarme, que tiene que implicar a todos los tipos de armas y que tiene que hacerse general, incluyendo el objetivo del «desarme unilateral», que reviste un gran valor ético y positivo.

En estos temas, la investigación de intelectuales y la reflexión de organismos de Iglesia y de comunidades cristianas no se detendrán.

En todo caso, los documentos de la Santa Sede, y sobre todo los textos del Magisterio iluminado de los papas desde la segunda guerra mundial, no son textos que podemos hojear rápidamente, o peor aún, que podemos ignorar. Son textos que hay que leer con atención y meditar para que las ideas puedan traducirse en acciones prácticas y para que el mundo pueda reconocer la fuerza y la actualidad del mensaje cristiano en la entrega de uno mismo y en la valentía con la que los cristianos actúan a favor de la paz, hoy, por todos los hombres».

Me congratulo con las relaciones mutuas de confianza que se dan entre vosotros y la Secretaría de Estado, con la preocupación primordial de servir a la paz y a la concordia entre los pueblos, así como de promover al hombre en todas sus dimensiones. Vosotros sabéis que, en vuestra misión, podéis contar siempre con la acogida y la colaboración de los miembros de la Secretaría de Estado.

Al final de nuestro encuentro, permitidme desearos, a vosotros y a vuestros colaboradores, una feliz misión ante la Santa Sede, asegurándoos también mi oración por vosotros y vuestros seres queridos.

[Traducción del original francés realizada por Zenit]