Discurso del Papa a la European Broadcasting Union

A quienes recibió en audiencia el pasado sábado 30 de abril

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CASTEL GANDOLFO, martes 3 de mayo de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió a los miembros de la Asamblea de Emisoras de Radio de la European Broadcasting Union, a quienes recibió en audiencia el sábado 30 de abril, horas antes de la beatificación de Juan Pablo II.

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Queridos amigos,

estoy muy contento de daros la bienvenida a todos vosotros, miembros y participantes en la 17° Radio Assembly de la European Broadcasting Union, que este año hospeda Radio Vaticano, con ocasión del 80 aniversario de su fundación. Saludo al arzobispo Claudio Maria Celli, presidente del Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales. Doy las gracias al presidente de la European Broadcasting Union, Jean Paul Philippot, y al padre Federico Lombardi, director general de Radio Vaticano, por las corteses palabras con las que han ilustrado la naturaleza de vuestro encuentro y los problemas que tenéis que afrontar.

Cuando mi predecesor Pío XI se dirigió a Guglielmo Marconi para que dotase al Estado de la Ciudad del Vaticano de una emisora de radio a la altura de la mejor tecnología disponible en aquel tiempo, demostró haber intuido con agudeza en qué dirección se estaba desarrollando el mundo de las comunicaciones, y qué potencialidades podía ofrecer la radio para el servicio de la misión de la Iglesia. Efectivamente, a través de la radio, los Papas pudieron transmitir más allá de las fronteras mensajes de gran importancia para la humanidad, como los justamente famosos de Pío Xii durante la segunda guerra mundial, que dieron voz a las aspiraciones más profundas hacia la justicia y la paz, o como el de Juan XXIII en el momento culminante de la crisis entre Estados Unidos y la Unión Soviética en 1962. También a través de la radio, Pío XII pudo hacer difundir centenares de miles de mensajes de las familias para los prisioneros y desplazados durante la guerra, llevando a cabo una obra humanitaria que le ganó gratitud imperecedera. A través de la radio, además, se apoyaron durante mucho tiempo las esperanzas de creyentes y pueblos sometidos a regímenes opresores de los derechos humanos y de la libertad religiosa. La Santa Sede es consciente de las extraordinarias potencialidades que tiene el mundo de la comunicación para el progreso y el crecimiento de las personas y de la sociedad. Se puede decir que toda la enseñanza de la Iglesia sobre este sectos, a partir de los discursos de Pío XII, pasando a través de los documentos del Concilio Vaticano II, hasta mis más recientes mensajes sobre las nuevas tecnologías digitales, está atravesado por una vena de optimismo, de esperanza y de simpatía sincera verso hacia aquellos que trabajan en este campo para favorecer el encuentro y el diálogo, servir a la comunidad humana, contribuir al crecimiento pacífico de la sociedad.

Naturalmente, cada uno de vosotros sabe que también en el desarrollo de las comunicaciones sociales se esconden dificultades y riesgos. Permitidme por ello que os manifieste a todos mi interés y mi solidaridad en la importante obra que lleváis a cabo. En las sociedades actuales están en juevo valores básicos para el bien de la humanidad, y la opinión pública, en cuya formación vuestro trabajo tiene tanta importancia, se encuentra a menudo desorientada y dividida. Vosotros sabéis bién qué preocupaciones nutre la Iglesia católica a propósito del respeto de la vida humana, de la defensa de la familia, del reconocimiento de los auténticos derechos y de las justas aspiraciones de los pueblos, de los desequilibrios que causan subdesarrollo y hambre en muchas partes del mundo, de la acogida de inmigrantes, del paro y de la seguridad social, de las nuevas pobrezas y marginaciones sociales, de las discriminaciones y de las violaciones de la libertad religiosa, del desarme y de la búsqueda de solución pacífica de los conflictos. A muchas de estas cuestiones hice referencia en la Encíclica Caritas in veritate. Alimentar cada día una información correcta y equilibrada y un debate profundo para encontrar las mejores soluciones compartidas sobre estas cuestiones en una sociedad pluralista, es tarea tanto de las radios como de las televisiones. Es un deber que requiere alta honradez profesional, corrección y respeto, apertura a las perspectivas distintas, claridad al afrontar los problemas, libertad ante las barreras ideológicas, conciencia de la complejidad de los problemas. Se trata de una búsqueda paciente de esa “verdad cotidiana” que mejor traduce los valores en la vida y mejor orienta el camino de la sociedad, que debe buscarse al mismo tiempo con humildad.

En esta búsqueda, la Iglesia católica tiene una contribución específica que dar, y quiere darla dando testimonio de su adhesión a la verdad que es Cristo, pero al mismo tiempo con apertura y espíritu de diálogo. Como afirmé en el encuentro con los cualificados representantes del mundo político y cultural británico en la Westminster Hall de Londres el pasado septiembre, la religión no quiere actuar con prepotencia hacia los no creyentes, sino ayudar a la razón al descubrimiento de los principios morales objetivos. La religión contribuye a “purificar” la razón, ayudándola a no caer en distorsiones, como la manipulación por parte de la ideología, o la aplicación parcial que no tenga plenamente en cuenta la dignidad de la persona humana. Al mismo tiempo, también la religión reconoce tener necesidad del correctivo de la razón para evitar los excesos, como el integrismo o el sectarismo. "La religión no es un problema, sino un factor que contribuye de modo vital al debate público en la nación". Os invito por ello también a vosotros, “en el ámbito de vuestras esferas de influencia, a intentar promover y alentar el diálogo entre fe y razón” en la perspectiva del servicio al bien común nacional.

El vuestro es un “servicio público”, servicio a la gente, para ayudarla cada día a conocer y comprender mejor lo que sucede y por qué sucede, y a comunicar activamente para participar en el camino común de la sociedad. Sé bien que este servicio encuentra dificultades, con diferentes aspectos y proporciones en los diversos países. Pueden ser el desafío de la competencia por parte de las emisoras comerciales; el condicionamiento de una política vivida como reparto del poder en lugar de como servicio al bien común; la escasez de recursos económicos acentuada por situaciones de crisis; el impacto de los desarrollos de las nuevas tecnologías de comunicación; la búsqueda afanosa de la audiencia. Pero son demasiado grandes y urgentes los desafíos del mundo actual de los que debéis ocuparos, como para dejaros desanimar y rendiros ante estas dificultades.

Hace veinte años, en 1991, cuando el Venerable Juan Pablo II, a quien mañana tendré la alegría de proclamar Beato, recibía a vuestra Asamblea general en el Vaticano, os animaba a desarrollar vuestra mutua colaboración, para favorecer el crecimiento de la comunidad de los pueblos del mundo. Hoy, pienso en los procesos en curso en países del Mediterráneo y en el Oriente Próximo, varios de los cuales son también miembros de vuestra Asociación. Sabemos que las nuevas formas de comunicación han tenido y tienen un papel no secundario en estos procesos. Os auguro que sepáis poner vuestros contactos internacionales y vuestras actividades al servicio de una reflexión y de un compromiso para que los instrumentos de las comunicaciones sociales sirvan al diálogo, a la paz y al desarrollo solidario de los pueblos, superando las distancias culturales, las desconfianzas o los miedos.

Finalmente, queridos amigos, mientras os deseo a todos vosotros y a vuestra Asociación un fecundo trabajo, deseo expresar de nuevo mi gratitud por la colaboración concreta que en muchas ocasiones habéis dado y dais a mi ministerio, como en las grandes celebraciones de Navidad y de la Pascua, o con ocasión de mis viajes. También para mí y para la Iglesia católica sois por tanto aliados y amigos importantes en nuestra misión. En este espíritu me alegro de invocar sobre todos vosotros, sobre vuestros seres queridos y sobre vuestro trabajo la Bendición del Señor.

[Traducción de la versión italiana por Inma Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]