Discurso del Papa a los obispos indios de rito latino

Con motivo de su visita “ad Limina Apostolorum”

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CASTEL GANDOLFO, jueves 8 de septiembre de 2011 (ZENIT.org).- A continuación ofrecemos el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió hoy a los obispos hindúes de rito latino, a quienes recibió en Castel Gandolfo con ocasión de la Visita ad Limina Apostolorum.

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Queridos hermanos obispos,

os ofrezco una cálida bienvenida con ocasión de vuestra visita ad Limina Apostolorum, una ocasión para profundizar la comunión que existe entre a Iglesia en la India y la Sede de Pedro, y una oportunidad para regocijarnos en la universalidad de la Iglesia. Deseo agradecer al cardenal Oswald Gracias sus amables palabras ofrecidas en vuestro nombre y en el nombre de todos los que se han encomendado a vuestro cuidado pastoral. Mi cordial saludo también va hacia los sacerdotes, religiosos y religiosas y a los laicos que pertenecen a vuestro rebaño. Por favor aseguradles mis oraciones y mis pensamientos.

La Iglesia en India ha sido bendecida con multitud de instituciones que pretenden ser expresión del amor de Dios por la humanidad, a través de la caridad y del ejemplo de los sacerdotes, religiosos y fieles laicos que forman parte de estas. A través de las parroquias, escuelas y orfanatos, así como de los hospitales, clínicas y ambulatorios, la Iglesia realiza una contribución inestimable al bienestar no sólo de los católicos sino también de toda la sociedad. Entre estas instituciones de vuestra región destacan las escuelas que constituyen un importante testimonio de su compromiso con la educación y formación de vuestros queridos jóvenes. Los esfuerzos realizados por toda la comunidad cristiana para preparar a los jóvenes ciudadanos de su noble país y así construir una sociedad más justa y próspera son un sello distintivo de la Iglesia en sus diócesis y en toda la India.

Para ayudar a las facultades espirituales, intelectuales y morales de sus estudiantes a madurar, las escuelas católicas deberían continuar desarrollando su capacidad de juicio y presentándoles la herencia legada de las antiguas generaciones y, por tanto, fomentar un sentido de valores y preparar a sus alumnos para una vida feliz y productiva (cf. Gravissimum Educationis, 5). Os animo a continuar prestando una especial atención a la cualidad de la enseñanza de las escuelas presentes en vuestras diócesis, para aseguraros de que son realmente católicas y por tanto capaces de transmitir estas verdades y valores necesarias para la salvación de las almas y la construcción de la sociedad.

Por supuesto, las escuelas católicas no son en único medio a través del cual la Iglesia instruye y edifica a su gente en la verdad moral e intelectual. Como sabéis, todas las actividades de la Iglesia tienen el propósito de glorificar a Dios y llenar a su pueblo con la verdad que nos hace libres (cf. Jn 8,32). Esta verdad salvífica, en el centro del depósito de la fe, debe seguir siendo la base de todos los esfuerzos de la Iglesia, que se ofrece a todos siempre con respeto pero sin concesiones.

La capacidad de presentar la verdad amablemente pero con firmeza es un don que debe ser fomentado sobre todo en los que enseñan en los institutos católicos de educación superior y en aquellos que están a cargo de la tarea eclesial de enseñar a seminaristas, religiosos y fieles laicos, ya sea teología, estudios catequéticos o espiritualidad cristiana. Aquellos que enseñan en nombre de la Iglesia tienen la obligación especial de respetar la riqueza de la tradición, de acuerdo con el Magisterio y en una manera que responda a las necesidades de hoy, mientras que los estudiantes tienen el derecho de recibir la plenitud de la herencia espiritual e intelectual de la Iglesia.

Tras haber recibido los beneficios de una sólida formación y dedicados a la caridad en la verdad, el clero, los religiosos y los líderes laicos son mucho más capaces de contribuir al crecimiento de la Iglesia y al avance de la sociedad hindú. Los distintos miembros de la Iglesia darán testimonio del amor de Dios a la humanidad a medida que entren en contacto con el mundo, dando un sólido testimonio cristiano en la amistad, respeto y amor, y luchando no para condenar al mundo sino para ofrecerle el don de la salvación (cf. Jn 3,17). Alentad a todos los que participan en el ámbito educativo: sacerdotes, religiosos y laicos, a profundizar su fe en Jesucristo, crucificado y resucitado de la muerte. Ayudadles a llegar hasta su prójimo, para que, a través de su palabra y de su ejemplo, puedan proclamar mejor a Cristo como Camino, Verdad y Vida (cf. Jn 14,6).

Un importante testimonio de Jesucristo lo realizan los religiosos y religiosas de vuestro país, que a menudo son héroes desconocidos en la vida de la Iglesia local. Pero más allá de sus trabajos apostólicos, los religiosos, con las vidas que llevan, son una fuente fructífera de espiritualidad para toda la comunidad cristiana. De la misma manera que se abren a la gracia de Dios, los religiosos y las religiosas inspiran a otros a responder con verdad, humildad y alegría a la invitación del Señor a seguirle.

Respecto a esto, mis queridos hermanos obispos, sé que sois conscientes de los muchos factores que inhiben el crecimiento espiritual y vocacional, especialmente entre la gente joven. Sin embargo, sabemos que sólo Jesucristo responde a sus anhelos más profundos y da un verdadero sentido a sus vidas. Sólo en Él nuestros corazones pueden encontrar reposo. Continuad, por tanto, hablando a la gente joven y animadles a considerar seriamente la vida consagrada o sacerdotal; hablad con sus padres sobre su papel indispensable en el fomento y apoyo a vocaciones de este tipo; y pedid a vuestra gente que rece al dueño de la mies a que mande más obreros (cf. Mt 9, 38).

Con estos pensamientos, queridos hermanos en el episcopado, os renuevo mis sentimientos de afecto y de estima. Os encomiendo a todos vosotros a la intercesión de María, Madre de la Iglesia. Asegurando mis oraciones a vosotros y a los que se han encomendado a vuestro cuidado pastoral, estoy contento de impartiros mi Bendición Apostólica como prenda de gracia y de paz en el Señor.

[Traducción del original italiano por Carmen Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]