Discurso del Papa a los pobres de las misioneras de la Caridad

Durante el almuerzo que les ofreció en el Aula Pablo VI

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CIUDAD DEL VATICANO, sábado 1 de enero de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso pronunciado por el Papa Benedicto XVI durante el almuerzo ofrecido por él, en el Aula Pablo VI a las personas asistidas por las diversas comunidades romanas de las Misioneras de la Caridad, con ocasión del centenario del nacimiento de la beata Teresa de Calcuta, el pasado 27 de diciembre.

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Queridos amigos,

estoy muy contento de estar hoy aquí con vosotros y dirijo mi más cordial saludo a la reverenda madre general de las Misioneras de la Caridad, a los sacerdotes, a las hermanas, a los hermanos contemplativos y a todos los que estamos aquí presentes para vivir juntos este momento fraterno.

La luz de la Natividad del Señor colma nuestros corazones de la alegría y de la paz anunciada por los ángeles a los pastores de Belén: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él” (Lc 2,14). El niño que vemos en la cueva es Dios mismo que se ha hecho hombre, para mostrarnos cuánto nos quiere, cuánto nos ama: Dios se ha convertido en uno de nosotros, para acercarse a cada uno, para vencer el mal, para liberarnos del pecado, para darnos esperanza, para decirnos que no estamos solos nunca. Nosotros podemos dirigirnos siempre a Él, sin miedo, llamándolo Padre, seguros de que en todo momento, en cada una de las situaciones de la vida, incluso en las más difíciles, Él no nos olvida. Debemos decirnos más a menudo: Sí, Dios me cuida, me quiere, Jesús ha nacido también por mí; debo tener siempre fe en Él.

Queridos hermanos y hermanas, dejemos que la luz del Niño Jesús, del Hijo de Dios hecho hombre, ilumine nuestra vida para transformarla en luz, como vemos de modo especial en la vida de los santos. Recuerdo el testimonio de la beata Teresa de Calcuta, un reflejo de la luz del amor de Dios. Celebrar que hace 100 años que nació es un motivo de agradecimiento y de reflexión hacia un renovado y gozoso empeño al servicio del Señor y de los hermanos, especialmente de los más necesitados. El Señor mismo quería ser necesitado, como sabemos. Queridas hermanas, queridos sacerdotes y hermanos, queridos amigos del personal, la caridad es la fuerza que cambia el mundo, porque Dios es amor (cfr 1Jn 4,7-9). La beata Teresa de Calcuta ha vivido la caridad hacia los demás sin distinciones, pero prefiriendo a los más pobres y abandonados: signo luminoso de la paternidad y de la bondad de Dios. Ha sabido reconocer en cada uno el rostro de Cristo, amado por ella con todo su ser: al Cristo que ella adoraba y recibía en la Eucaristía, lo encontraba por las calles de la ciudad, convirtiéndose en una imagen viva de Jesús que vierte sobre las heridas del hombre la gracia del amor misericordioso. A quien se pregunta por qué la madre Teresa se convirtió en alguien tan famoso, la respuesta es simple: porque ha vivido de manera humilde y oculta, por amor y en el amor de Dios. Ella misma afirmaba que su gran premio era amar a Jesús y servirlo en los pobres. Su figura pequeña, con las manos unidas o mientras acariciaba a un enfermo, un leproso, un moribundo, un niño, es el signo visible de un existencia transformada por Dios. En la noche del dolor humano ha hecho resplandecer la luz del Amor divino y ha ayudado a muchos corazones a encontrar la paz que sólo Dios puede dar.

Demos gracias a Dios, porque en la beata Teresa de Calcuta todos hemos visto como nuestra existencia puede cambiar cuando se encuentra con Jesús; Puede convertirse, para los demás, en reflejo de la luz de Dios.

A muchos hombres y mujeres en situación de miseria y sufrimiento, ella ha dado consuelo y la certeza de que ¡Dios no abandona a nadie, nunca!. Su misión continúa a través de aquellos, que como en otras partes del mundo, viven el carisma de ser misioneros y misioneras de la Caridad.

Nuestra gratitud es grande, queridos hermanas y hermanos, por vuestra presencia humilde, discreta, oculta a los ojos de los hombres, pero extraordinaria y preciosa para el corazón de Dios. Al hombre, a menudo en busca de una felicidad aparente, vuestro testimonio de vida le dice dónde se encuentra la verdadera felicidad: en el compartir, en el donarse, en el amar con la misma gratuidad de Dios que rompe la lógica del egoísmo humano.

¡Queridos amigos! Sabed que el Papa os quiere mucho, os lleva en el corazón, os acoge a todos en un abrazo paterno y reza por vosotros. ¡Muchas felicidades! Gracias por haber querido compartir la alegría de estos días de fiesta. Invoco la protección materna de la Sagrada Familia de Nazaret que celebramos hoy -Jesús, María y José- y os bendigo a vosotros y a vuestros seres queridos.

[Traducción del original italiano por Carmen Álvarez

©Copyright 2010 Libreria Editrice Vaticana]