Discurso del Papa a los prefectos italianos

La función civil reviste de un carácter casi sagrado

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CIUDAD DEL VATICANO, viernes 14 de octubre de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso que Benedicto XVI dirigió a los prefectos italianos al recibirles en audiencia, este viernes en la Sala Clementina del Vaticano.

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Señor Ministro, Ilustres Prefectos,

Estoy contento de encontrarme con vosotros, en particular este año en el que -como se ha recordado- celebramos los 150 años de la unidad de Italia, y a todos dirijo mi saludo deferente y cordial, muy consciente de la importancia de la función del prefecto en la normativa del Estado Italiano. Dirijo un particular saludo al Señor Ministro del Interior, el honorable Roberto Maroni, agradeciéndole las corteses expresiones que ha querido dirigirme, interpretando los sentimientos comunes. Ustedes provienen de las provincias de toda la Península, donde son innumerables los testimonios de la presencia del Cristianismo, que en el transcurso de los siglos ha fecundado la cultura italiana, suscitando una civilización rica en valores universales. Por todas partes, de hecho, se pueden observar las huellas que la fe cristiana ha impreso en las costumbres del pueblo italiano, dando vida a nobles y arraigadas tradiciones religiosas y culturales y a un patrimonio artístico único en el mundo.

Portadora de un mensaje de salvación válido para el hombre de todos los tiempos, la Iglesia católica está bien arraigada y es muy activa, en el territorio italiano. Es una realidad viva y vivificante, como la levadura de la que habla el Evangelio (cfr. Mt 13, 33); una presencia significativa, caracterizada por la proximidad a la gente, para acoger las necesidades profundas en la lógica de la disponibilidad al servicio. Muchas son las exigencias y las esperanzas a las que deben corresponder el anuncio del Evangelio y las iniciativas de la solidaridad fraterna. Cuanto más urgen las necesidades, tanto más la presencia de la Iglesia se esfuerza por ser solícita y fructífera. Respetuosa de las legítimas autonomías y competencias, la Comunidad eclesial considera su preciso mandato el dirigirse al hombre en todos los contextos: en la vida cultural, laboral, de los servicios, del tiempo libre. Consciente de que “todos dependemos de todos”, como escribía el beato Juan Pablo II (Sollicitudo rei socialis, 38), esta desea construir, junto a los demás sujetos institucionales y las distintas realidades territoriales, una sólida plataforma de virtudes morales, sobre la que edificar una convivencia a medida del hombre. En esta misión suya, la Iglesia sabe que puede contar con la colaboración amable y eficiente de los Prefectos, que desarrollan funciones de impulso y de cohesión social y de garantía de los derechos civiles, constituyendo un importante punto de referencia para los distintos componentes territoriales. A tal respecto, tengo gran placer en destacar las relaciones de estrecha cercanía y de provechosa cooperación que las prefecturas mantienen con las diócesis y las parroquias, deseo animar a cada uno a proseguir en la estela del entendimiento mutuo en el interés de los ciudadanos y del bien común.

Ilustres Prefectos, sé que ustedes se esfuerzan por adecuar su alto y calificado servicio a la nación con sincera dedicación a las Instituciones y, a la vez, con atención a las exigencias de los organismos locales y a las diversas problemáticas empresariales, familiares y personales. De hecho, la figura del Prefecto es percibida cada vez más por la opinión pública como punto de referencia territorial para la solución de los problemas sociales y como instancia de mediación y de garantía de los servicios públicos esenciales. En vuestra responsabilidad, a nivel provincial, respecto al orden y a la seguridad pública, vosotros sois referentes unitarios y principales promotores y garantes del criterio de leal colaboración en un sistema plural. En este sentido, no olviden que “la administración pública, a cualquier nivel, como instrumento del estado, tiene como finalidad servir a los ciudadanos... El papel de quien trabaja en la administración pública no se concibe como algo impersonal o burocrático, sino como una ayuda al ciudadano, ejercitada con espíritu de servicio” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 412).

Vuestro delicado papel institucional constituye, además, una protección para las categorías más débiles, y se ha convertido ahora en algo más complejo y grave dadas las actuales circunstancias de inseguridad social y económica. No os desaniméis frente a las dificultades y a las incomprensiones, sino estad siempre preparados para tratar las cuestiones que se os confían, con gran sentido del deber y con prudencia, sin despreciar el obsequio de la verdad y la valentía de la defensa de los bienes supremos. Con este propósito, me viene espontáneamente a la mente la figura luminosa de San Ambrosio, vuestro celestial patrono, que improvisadamente -como sabéis- fue llamado al episcopado, debiendo abandonar una brillante carrera de alto funcionario público, y ¡no estaba ni bautizado! Este santo obispo admiraba y amaba al Imperio romano al que había servido leal y generosamente hasta los 35 años de edad, antes de ser elegido como Pastor de la Iglesia Ambrosiana. Tal consideración por legítima Autoridad, cultivada desde la juventud, salió reforzada por la gracia del Bautismo, hasta el punto de que amaba apasionadamente a la Iglesia no sólo en la riqueza espiritual de verdad y vida, sino también en lo concreto de sus organismos y de los hombres que la componían, sobre todo a los pobres y a los últimos. Supo, de alguna manera, transferir en el ejercicio del ministerio pastoral los rasgos esenciales de aquel habitus que lo distinguió y causó la admiración de muchos como incorruptible funcionario civil. Por otro lado, ya convertido en obispo, supo indicar a los responsables de las Instituciones civiles los valores cristianos que dan nuevo vigor y nuevo esplendor a la obra de los que están comprometidos en la vida pública.

San Ambrosio, en su comentario al Evangelio de San Lucas, afirma: “La institución del poder civil deriva tanto de Dios, que el que lo ejercita es también ministro de Dios” In Lc. 4, 29). De aquí que la función civil es tan eminente e insigne como para revestir de un carácter casi “sagrado”; por tanto esta exige ser ejercitada con gran dignidad y con una gran sentido de la responsabilidad. Este santo obispo y Doctor de la Iglesia, animado por gran amor y respeto tanto por las Instituciones estatales como por las eclesiásticas, constituyendo un extraordinario ejemplo de rectitud, especialmente por su lealtad a la ley y por la firmeza contra las injusticias y las opresiones, así como por su parresia, con la que llamaba la atención también a los poderosos y a todos enseñaba los principios de auténtica libertad y de servicio. Escribió: “El apóstol [Pablo] me ha enseñado lo que va más allá de la misma libertad, es decir la libertad también en el servir, 'Siendo libre me he hecho siervo de todos' [1 Cor 9, 19]… Para el sabio, por tanto, también servir es libertad” (Ep. 7, 23-24).

También vosotros, como altos representantes del Estado, en el ejercicio de vuestras responsabilidades, estáis llamados a unir la autoridad con la profesionalidad, sobre todo en los momentos de tensión y enfrentamientos. Que el testimonio de San Ambrosio sea para vosotros estímulo y ánimo para que vuestro trabajo pueda estar cada día al servicio de la justicia, de la paz, de la libertad y del bien común. Dios no dejará de secundar vuestros esfuerzos, enriqueciéndolos con frutos abundantes para una civilización del amor cada vez más extendida y amplia. Con estas esperanzas y para confirmarlas invoco sobre todos vosotros la bendición del Todopoderoso. Gracias.

[Traducción del original italiano por Carmen Álvarez
©Libreria Editrice Vaticana]