Discurso del Papa al nuevo embajador de Portugal ante la Santa Sede

Al presentarle este sus Cartas Credenciales

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CIUDAD DE VATICANO, viernes 22 de octubre de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso que el Papa Benedicto XVI dirigió hoy al nuevo embajador de Portugal ante la Santa Sede, Manuel Tomás Fernandes Pereira, al presentarle éste sus Cartas Credenciales.

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Señor Embajador,

Aprovecho de buen grado este momento de presentación de las Cartas Credenciales, con que hoy es designado oficialmente Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Portugal ante la Santa Sede, para darle la bienvenida y, congratulándome por su nombramiento, formular felices votos para su nueva misión que se propone como nueva contribución en el edificio de las relaciones de amistad existentes entre su país y esta Sede Apostólica. Como recordaba en sus palabras de saludo, la fe y la historia se unen para forjar un vínculo especial entre el pueblo portugués y el Sucesor de Pedro, un vínculo que está confiado a la responsabilidad de cada una de las sucesivas generaciones, por lo cual jamás debemos dejar de dar gracias a Cristo, Buen Pastor de su Iglesia y Señor de la historia, de los individuos y de las naciones.

La noble expresión de los sentimientos que le animan en este día, ciertamente muy significativo, merece toda mi atención. Quiero antes de nada manifestarle mi reconocimiento por las palabras que me ha dirigido, y después, responder a los sentimientos de estima que el Señor Presidente de la República, Aníbal Cavaco Silva, me hace llegar a través de Vuestra Excelencia, pidiéndole a mi vez la amabilidad de expresar al Señor Presidente mi gratitud por los mismos, juntamente con votos alentadores en su alta misión, y la certeza de mi oración al Altísimo por la prosperidad y el bien espiritual de todos los portugueses.

Cuando me preparaba para este encuentro con el Señor Embajador, acudían a mi mente las edificantes y felices imágenes, que guardo en la memoria y en el corazón, de mi visita a Portugal en el pasado mes de mayo, deseando aquí agradecer una vez más a todos la contribución dada para una serena y fructífera realización de la misma; efecto este ampliamente conseguido como atestiguan los innumerables mensajes que me llegaron alusivos a aquellos días memorables. Jamás olvidaré la calurosa acogida que se me reservó, así como la manera amable y respetuosa con que se acogieron mis palabras. Considero que todo esto tiene también una importancia social: donde la sociedad y las personas se fortalecen en el bien gracias al mensaje de la fe, sale beneficiada también la convivencia social y los ciudadanos se sienten más disponibles para servir al bien común.

Con su presencia en el foro internacional, la Santa Sede pone todo su empeño en servir a la causa de la promoción integral del hombre y de los pueblos. Debería ser convicción de todos que los obstáculos a esta promoción no son solo de orden económico, sino que dependen de actitudes y valores más profundos: los valores morales y espirituales que determinan el comportamiento de cada ser humano para consigo mismo, los demás y la creación entera. La presencia del Señor Embajador en este lugar testimonia la voluntad que Portugal tiene de dar un lugar importante a estos valores, sin los cuales una sociedad no se puede establecer de modo duradero.

Cuando la Iglesia, en su país, promueve la conciencia de que estos mismos valores deben inspirar la vida pública y particular, habla no por ambiciones políticas, sino para ser fiel a la misión que su divino Fundador le ha confiado. “Dado que la Iglesia – son palabras del Concilio Vaticano II – no está ligada, por fuerza de su misión y naturaleza, a ninguna forma particular de cultura o sistema político, económico o social, puede gracias a esta universalidad suya, constituir un lazo muy estrecho entre las diversas comunidades y naciones, siempre que confíen en ella y le reconozcan la verdadera libertad para cumplir esta misión suya (Const. Gaudium et spes, 42). Ella no representa modelos parciales y pasajeros de sociedad, sino que tiende a la transformación de los corazones y de las mentes, para que el hombre pueda descubrirse y reconocerse a sí mismo en la verdad plena de su humanidad. Y dado que su misión es de carácter moral y religioso, la Iglesia respeta el área específica de responsabilidad del Estado. Al mismo tiempo anima a los cristianos a asumir plenamente sus responsabilidades como ciudadanos para, juntamente con los demás, contribuir eficazmente al bien común y a las grandes causas del hombre.

De una colaboración respetuosa y de un leal entendimiento entre la Iglesia y el poder civil, se podrían derivar beneficios para la sociedad portuguesa. Animada por esta esperanza, hace seis años nacía el nuevo Concordato entre la Santa Sede y Portugal, al que aludía el Señor Embajador. En esa ocasión, el Papa Juan Pablo II vio en ese instrumento jurídico la confirmación de los “sentimientos de mutua estima que animan las relaciones mutuas”, he hizo votos de que “el nuevo Concordato pudiese favorecer un entendimiento cada vez mayor entre las Autoridades del Estado y los Pastores de la Iglesia para el bien común de la Nación” (L’Osservatore Romano, ed. portuguesa de 22/V/2004, 253). Con alegría, oí referir al Señor Embajador, y deseo desde aquí animar, los esfuerzos que se están haciendo para una aplicación del mismo completa y fiel en los diversos campos de la Iglesia católica y de la sociedad portuguesa.

Antes de terminar este encuentro, quiero asegurarle, Señor Embajador, la plena colaboración y apoyo de la Santa Sede en el desempeño de la alta misión que le ha sido confiada. Por la intercesión de Nuestra Señora de Fátima, pido al buen Dios del Cielo que asista, con la abundancia de sus dones, a Su Excelencia y a su distinguida familia, a cuantos sirven al bien común de la Nación portuguesa y a todo su pueblo, sobre el cual extiendo mi Bendición.

[Traducción del original portugués por Inma Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]