Discurso del Papa al nuevo embajador de Siria

Al aceptar sus Cartas Credenciales

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CIUDAD DEL VATICANO, jueves 9 de junio de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso que el Papa dirigió hoy al nuevo embajador de Siria, Hussan Edin Aala, al aceptar sus cartas credenciales como representante de este país ante la Santa Sede.

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Señor Embajador

Me es grato acogerle esta mañana en el momento de su presentación de las Cartas que le acreditan como Embajador extraordinario y plenipotenciario de la República Árabe de Siria ante la Santa Sede. Usted me ha querido transmitir los saludos de Su Excelencia el señor Presidente de la República, y yo le agradecería que le diera las gracias. A través de usted, quisiera saludar igualmente a todo el pueblo sirio, deseando que pueda vivir en paz y fraternidad.

Como usted ha subrayado, señor Embajador, Siria es un lugar muy significativo para los cristianos, desde los orígenes de la Iglesia. Tras el encuentro de Cristo resucitado, en el camino de Damasco, con Pablo, que se convertiría en el Apóstol de las naciones, son numerosos los grandes santos que han jalonado la historia religiosa de su país. Son numerosos los testimonios arqueológicos de iglesias, de monasterios, de mosaicos de los primeros siglos de la era cristiana, que nos remiten a los orígenes de la Iglesia. Siria ha sido tradicionalmente un ejemplo de tolerancia, de convivencia y de relaciones armoniosas entre cristianos y musulmanes, y a día de hoy las relaciones ecuménicas e interreligiosas son buenas. Deseo vivamente que esta convivencia entre todos los componentes culturales y religiosos de la nación continúe y se desarrolle para el mayor bien de todos, reforzando así una unidad fundada en la justicia y la solidaridad.

Sin embargo, semejante unidad sólo puede edificarse de forma duradera mediante el reconocimiento de la centralidad y de la dignidad de la persona humana. En efecto, “Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien, capaz de conocerse, de poseerse, de entregarse libremente y de entrar en comunión con otras personas” (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 2007, n. 2). El camino de la unidad y de la estabilidad de cada nación pasa por tanto por el reconocimiento de la dignidad inalienable de cada persona humana. Ésta debe estar por tanto en el centro de las instituciones, de las leyes y de la acción de las sociedades. En consecuencia, es también de una importancia esencial privilegiar el bien común, dejando de lado los intereses personales o de partido. Por otro lado, el camino de la escucha, del diálogo y de la colaboración debe ser reconocido como medio por el que los diferentes componentes de la sociedad pueden confrontar sus puntos de vista y realizar un consenso sobre la verdad relativa a los valores o los fines particulares. Esto proporcionará grandes beneficios para los individuos y las comunidades (cf. Discurso a la ONU, 18 de abril de 2008).

En esta perspectiva, los acontecimientos que han tenido lugar durante los últimos meses en ciertos países alrededor del Mediterráneo, entre ellos Siria, manifiestan el deseo de un futuro mejor en los ámbitos de la economía, de la justicia, de la libertad y de la participación en la vida pública. Estos acontecimientos muestran también la urgente necesidad de verdaderas reformas en la vida política, económica y social. Sin embargo, es altamente deseable que estas evoluciones no se realicen ya en términos de intolerancia, de discriminación o de conflicto, y aún menos de violencia, sino en términos de respeto absoluto de la verdad, de la coexistencia, de los derechos legítimos de las personas y de las colectividades, así como de la reconciliación. De tales principios deben guiarse las Autoridades, teniendo en cuenta las aspiraciones de la sociedad civil así como las insistencias internacionales.

Señor Embajador, quiero subrayar aquí el papel positivo de los cristianos en su país, que como ciudadanos están comprometidos en la construcción de una sociedad donde todos encuentren su lugar. No puedo dejar de mencionar el servicio llevado a cabo por la Iglesia católica en el ámbito social y educativo, que es apreciado por todos. Permítame saludar muy particularmente a los fieles de las comunidades católicos, con sus obispos, y animarles a desarrollar lazos de fraternidad con todos. Las relaciones vividas cotidianamente con sus compatriotas musulmanes, ponen en luz la importancia del diálogo interreligioso y la posibilidad de trabajar juntos, de muchas maneras, de cara al bien común. ¡Que el impulso dado por la reciente Asamblea especial para Oriente Medio del Sínodo de los Obispos traiga un fruto abundante a su país, en beneficio de toda la población y de una auténtica reconciliación entre los pueblos!

Para hacer progresar la paz en la región, debe encontrarse una solución global. Ésta no debe lesionar los intereses de las partes en causa, y debe ser fruto de un compromiso y no de una decisión unilateral impuesta por la fuerza. Ésta no resuelve nada, y tampoco las soluciones parciales o unilaterales, que son insuficientes. Conscientes de los sufrimientos de todas las poblaciones, hay que proceder desde una aproximación deliberadamente global que no excluya a nadie de la búsqueda de una solución negociada, y que tenga en cuenta las aspiraciones y los intereses legítimos de los diversos pueblos implicados. Además, la situación que atraviesa Oriente Medio después de tantos años os ha llevado a acoger un gran número de refugiados, procedentes sobre todo de Iraq, y entre ellos a muchos cristianos. Doy vivamente las gracias al pueblo sirio por su generosidad.

En el momento en que usted inaugura su noble misión de representación ante la Santa Sede, le dirijo, señor Embajador, mis mejores votos por el éxito de su misión. Esté seguro de que encontrará siempre entre mis colaboradores la acogida y la comprensión que pueda necesitar. Sobre Su Excelencia, sobre su familia y sobre sus colaboradores, así como sobre todos los habitantes de Siria, invoco de corazón la abundancia de las Bendiciones divinas.

[Traducción del original francés por Inma Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]