Discurso del Papa durante la comida de despedida del Sínodo

Con los participantes en la Asamblea

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CIUDAD DEL VATICANO, domingo 24 de octubre de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso que el Papa Benedicto XVI pronunció ayer, tras la comida fraterna con los participantes en la Asamblea Especial del Sínodo para Oriente Medio, en el Atrio del Aula Pablo VI.

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Queridos amigos,

según una bella tradición creada por el papa Juan Pablo II, los Sínodos se concluyen con una comida, un acto de convivencia que se inscribe bien también en el clima de este Sínodo, que habla de la comunión: no sólo ha hablado de ella, sino que nos ha hecho realizar la comunión.

Este es para mi el momento de decir gracias. Gracias al secretario general del Sínodo y a su staff, que han preparado y están preparando también el seguimiento de los trabajos. Gracias a los presidentes delegados, gracias sobre todo al relator y al secretario adjunto, que han hecho un trabajo increíble. ¡Gracias! También yo una vez fui relator en el sínodo sobre la familia y puedo imaginarme un poco cuánto trabajo habéis hecho. Gracias también a todos los Padres que han presentado la voz de la Iglesia en Oriente, a los auditores, a los delegados fraternos, a todos.

Comunión y testimonio. En este momento damos gracias al Señor por la comunión que nos ha dado y nos da. Hemos visto a riqueza, la diversidad de esta comunión. Siete Iglesias de ritos distintos que forman, sin embargo, junto con todos los demás ritos, la única Iglesia católica. Es hermoso ver esta verdadera catolicidad, que es tan rica en diversidad, tan rica en posibilidades, en culturas distintas; y, con todo, precisamente así crece la polifonía de una única fe, de una verdadera comunión de los corazones, que sólo el Señor puede dar. Por esta experiencia de la comunión damos las gracias al Señor, os doy las gracias a todos vosotros. Me parece quizás este el don más importante del Sínodo que hemos realizado: la comunión que nos une a todos y que es también en sí misma testimonio.

Comunión. La comunión católica, cristiana, es una comunión abierta, dialogal. Así estábamos también en permanente dialogo, interior y exteriormente, con los hermanos ortodoxos, con las demás comunidades eclesiales. Y hemos sentido que precisamente en esto estamos unidos – aunque haya divisiones exteriores: hemos sentido la profunda comunión en el Señor, en el don de su Palabra, de su vida, y esperamos que el Señor nos guíe para avanzar en esta comunión profunda.

Nosotros estamos unidos con el Señor y así – podemos decir – somos “encontrados” por la verdad. Y esta no cierra, no pone límites, sino que abre. Por ello estábamos también en diálogo franco y abierto con los hermanos musulmanes, con los hermanos judíos, todos juntos responsables del don de la paz, de la paz precisamente en esta parte de la tierra bendecida por el Señor, cuna del cristianismo y también de las otras dos religiones. Queremos continuar en este camino con fuerza, ternura y humildad, y con el valor de la verdad que es amor y que se abre en el amor.

He dicho que concluimos este Sínodo con la comida. Pero la verdadera conclusión mañana es la vivencia con el Señor, la celebración de la Eucaristía. La Eucaristía, en realidad, no es una conclusión sino una apertura. El Señor camina con nosotros, está con nosotros, el Señor nos pone en movimiento. Y así, en este sentido, estamos en Sínodo, es decir, en un camino que continua también cuando estamos dispersos: estamos en Sínodo, en un camino común. Pidamos al Señor que nos ayude. ¡Y gracias a todos vosotros!

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez

©Libreria Editrice Vaticana]