Discurso del Papa en el «Concierto de la reconciliación»

Entre judíos, católicos y musulmanes

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CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 18 enero 2004 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que Juan Pablo II pronunció en la noche de este sábado al final del «Concierto de la reconciliación» entre judíos, cristianos y musulmanes que tuvo lugar en la Sala Pablo VI del Vaticano.



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1. Con profunda conmoción he participado en el concierto de esta noche dedicado al tema de la reconciliación entre judíos, cristianos y musulmanes. He escuchado con participación interior en la espléndida interpretación musical, que ha sido para todos nosotros motivo de reflexión y de oración. Saludo y doy las gracias de todo corazón a los promotores de la iniciativa y a cuantos han contribuido a su concreta realización.

Saludos a los presidentes y miembros de los Consejo Pontificios que han patrocinado este acontecimiento sumamente significativo. Saludo a las personalidades y representantes de las diferentes organizaciones judías internacionales, de las iglesias y comunidades eclesiales, y del islam, que con su participación hacen todavía más sugerente nuestro encuentro. Mi agradecimiento particular se dirige a los Caballeros de Colón, que han ofrecido su apoyo concreto al concierto, y a la RAI, representada aquí por sus directivos, que han permitido una difusión adecuada.

Dirijo, después, mi saludo al ilustre maestro Gilbert Levine y a los miembros de la «Pittsburgh Symphony Orchestra», así como a los coros de Ankara, Cracovia, Londres y Pittsburgh. La selección de los pasajes de esta noche ha querido llamar nuestra atención sobre dos puntos importantes que, en cierto sentido, unen a cuantos se identifican en el judaísmo, el islam y el cristianismo, si bien sus respectivos textos sagrados los afrontan de diferentes maneras. Los dos puntos son: la veneración por el patriarca Abraham y la resurrección de los muertos. Hemos escuchado el magistral comentario en el motete sagrado «Abraham» de John Harbison, y en la sinfonía número 2 de de Gustav Malher, inspirada en el poema «Dziady» del ilustre dramaturgo polaco Adam Mickiewicz.

2. La historia de las relaciones entre judíos, cristianos y musulmanes está marcada por luces y sombras y, por desgracia, ha experimentado momentos dolorosos. Hoy se siente la apremiante necesidad de una reconciliación sincera entre los creyentes en el único Dios.

Esta noche nos encontramos aquí reunidos para expresar de manera concreta este compromiso de reconciliación a través del mensaje universal de la música. Se nos ha recordado la advertencia: «Yo soy Dios omnipotente, camina en mi presencia y sé perfecto» (Génesis 17, 1). En todo ser humano resuenan en su interior estas palabras: sabe que un día tendrá que rendir cuentas a ese Dios que, desde lo alto, observa el caminar en la tierra.

Juntos expresamos el deseo de que los hombres se purifiquen del odio y del mal que continuamente amenazan a la paz, y sepan tenderse recíprocamente manos desnudas de violencia y dispuestas a ofrecer ayuda y consuelo a quien se encuentra en la necesidad.

3. El judío honra al Omnipotente como «protector de la persona humana» y Dios de las «promesas de vida». El cristiano sabe que el amor es el motivo por el que Dios entra en relación con el hombre y que el amor es la respuesta que se espera del hombre. Para el musulmán, Dios es bueno y sabe llenar al creyente de sus misericordias. Apoyados en estas convicciones, judíos, cristianos y musulmanes no pueden aceptar que la tierra esté afligida por el odio, que la humanidad quede trastornada por guerras sin fin.

¡Sí! Tenemos que encontrar en nosotros la valentía de la paz. Tenemos que implorar de lo Alto el don de la paz. Y esta paz se extenderá como el aceite, si recorremos sin descanso el camino de la reconciliación. Entonces el desierto se convertirá en un jardín en el que reinará la justicia, y el efecto de la justicia será la paz (Cf. Isaías 32, 15-16).

«Omnia vincit amor!».

[Traducción del original italiano realizada por Zenit]