Discurso del Papa en la Universidad Lateranense: La ciencia al servicio del ser humano

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CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 2 noviembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el discurso que pronunció Benedicto XVI al visitar la Universidad Pontificia Lateranense el sábado 21 de octubre de 2006.




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Palabras del Papa Benedicto XVI en la plaza frente a la Universidad

Me alegra estar aquí, en "mi" Universidad, porque esta es la universidad del Obispo de Roma. Sé que aquí se busca la verdad y de este modo, en última instancia, se busca a Cristo, porque él es la Verdad en persona.

En realidad, este camino hacia la verdad ―tratar de conocer mejor la verdad en todas sus expresiones― es un servicio eclesial fundamental.

Un gran teólogo belga ha escrito un libro titulado: "El amor a las letras y el deseo de Dios", y ha mostrado que en la tradición del monacato las dos cosas van juntas, porque Dios es Palabra y nos habla a través de la Escritura. Por consiguiente, supone que nosotros comenzamos a leer, a estudiar, a profundizar en el conocimiento de la Palabra.

En este sentido, la apertura de la biblioteca es un acontecimiento tanto universitario, académico, como espiritual y teológico, pues precisamente leyendo, en camino hacia la verdad, estudiando las palabras para encontrar la Palabra, estamos al servicio del Señor. Un servicio del Evangelio para el mundo, porque el mundo necesita la verdad. Sin verdad no hay libertad, no estamos plenamente en la idea originaria del Creador. Os agradezco vuestro trabajo. El Señor os bendiga en todo este año académico.



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Señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
ilustres señores y amables señoras; queridos estudiantes:


Me alegra mucho poder compartir con vosotros el inicio del Año académico, que coincide con la solemne inauguración de la nueva biblioteca y de esta aula magna. Agradezco al gran canciller, señor cardenal Camillo Ruini, las palabras de bienvenida que tan cordialmente me ha dirigido en nombre de toda la comunidad académica. Saludo al rector magnífico, monseñor Rino Fisichella, y le agradezco lo que ha dicho dando inicio a este solemne acto académico. Saludo a los cardenales, a los arzobispos y obispos, a las autoridades académicas y a todos los profesores, así como al personal que trabaja en la Universidad. Saludo asimismo con especial afecto a todos los estudiantes, porque la Universidad fue creada para ellos.

Recuerdo con agrado mi última visita a esta Universidad Lateranense y, como si no hubiera pasado el tiempo, quisiera referirme al tema que se trató entonces, como si lo hubiéramos interrumpido sólo por algunos momentos. Un contexto como el académico invita de un modo muy peculiar a entrar de nuevo en el tema de la crisis de cultura y de identidad, que en estos decenios se presenta no sin dramatismo ante nuestros ojos.

La Universidad es uno de los lugares más cualificados para tratar de encontrar los caminos oportunos para salir de esta situación, pues en ella se conserva la riqueza de la tradición que permanece viva a lo largo de los siglos ―y precisamente la biblioteca es un medio esencial para conservar la riqueza de la tradición―; en ella se puede ilustrar la fecundidad de la verdad cuando es acogida en su autenticidad con espíritu sencillo y abierto.

En la Universidad se forman las nuevas generaciones, que esperan una propuesta seria, comprometedora y capaz de responder en nuevos contextos al interrogante perenne sobre el sentido de la propia existencia. Esta expectativa no debe quedar defraudada. El contexto contemporáneo parece conceder primacía a una inteligencia artificial cada vez más subyugada por la técnica experimental, olvidando de este modo que toda ciencia debe defender siempre al hombre y promover su búsqueda del bien auténtico. Conceder más valor al "hacer" que al "ser" no ayuda a restablecer el equilibrio fundamental que toda persona necesita para dar a su existencia un sólido fundamento y una finalidad válida.

En efecto, todo hombre está llamado a dar sentido a su obrar sobre todo cuando se sitúa en el horizonte de un descubrimiento científico que va contra la esencia misma de la vida personal. Dejarse llevar por el gusto del descubrimiento sin salvaguardar los criterios que derivan de una visión más profunda haría caer fácilmente en el drama del que se hablaba en el mito antiguo: el joven Ícaro, arrastrado por el gusto del vuelo hacia la libertad absoluta, desoyendo las advertencias de su anciano padre Dédalo, se acerca cada vez más al sol, olvidando que las alas con las que se ha elevado hacia el cielo son de cera. La caída desastrosa y la muerte son el precio que paga por esa engañosa ilusión. El mito antiguo encierra una lección de valor perenne. En la vida existen otras ilusiones engañosas, en las que no podemos poner nuestra confianza, si no queremos correr el riesgo de consecuencias desastrosas para nuestra vida y para la de los demás.

El profesor universitario no sólo tiene como misión investigar la verdad y suscitar perenne asombro ante ella, sino también promover su conocimiento en todos los aspectos y defenderla de interpretaciones reductivas y desviadas. Poner en el centro el tema de la verdad no es un acto meramente especulativo, restringido a un pequeño círculo de pensadores; al contrario, es una cuestión vital para dar profunda identidad a la vida personal y suscitar la responsabilidad en las relaciones sociales (cf. Ef 4, 25). De hecho, si no se plantea el interrogante sobre la verdad y no se admite que cada persona tiene la posibilidad concreta de alcanzarla, la vida acaba por reducirse a un abanico de hipótesis sin referencias ciertas.

Como decía el famoso humanista Erasmo: "Las opiniones son fuente de felicidad barata. Aprender la verdadera esencia de las cosas, aunque se trate de cosas de mínima importancia, cuesta gran esfuerzo" (Elogio de la locura XL, VII). Este es el esfuerzo que la Universidad debe tratar de realizar; se lleva a cabo mediante el estudio y la investigación, con espíritu de paciente perseverancia. En cualquier caso, este esfuerzo permite entrar progresivamente en el núcleo de las cuestiones y suscita la pasión por la verdad y la alegría por haberla encontrado.

Siguen siendo muy actuales las palabras del santo obispo Anselmo de Aosta: "Que yo te busque deseando; que te desee buscando; que te encuentre amando; y que te ame encontrándote" (Proslogion, 1). Ojalá que el espacio del silencio y de la contemplación, que son el escenario indispensable donde se sitúan los interrogantes que la mente suscita, encuentre entre estas paredes personas atentas que sepan valorar su importancia, su eficacia y sus consecuencias tanto para la vida personal como para la social.

Dios es la verdad última a la que toda razón tiende naturalmente, impulsada por el deseo de recorrer a fondo el camino que se le ha asignado. Dios no es una palabra vacía ni una hipótesis abstracta; al contrario, es el fundamento sobre el que se ha de construir la propia vida. Vivir en el mundo "veluti si Deus daretur" conlleva la aceptación de la responsabilidad que impulsa a investigar todos los caminos con tal de acercarse lo más posible a él, que es el fin hacia el cual tiende todo (cf. 1 Co 15, 24).

El creyente sabe que este Dios tiene un rostro y que, una vez para siempre, en Jesucristo se hizo cercano a cada hombre. Lo recordó con agudeza el concilio Vaticano II: "El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado" (Gaudium et spes, 22). Conocerlo a él es conocer la verdad plena, gracias a la cual se encuentra la libertad: "Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres" (Jn 8, 32).

Antes de concluir, deseo expresar vivo aprecio por la realización de las nuevas instalaciones, que completan el complejo de edificios de la Universidad, haciéndola cada vez más adecuada para el estudio, la investigación y la animación de la vida de toda la comunidad. Habéis querido dedicar a mi pobre persona esta aula magna. Os agradezco el gesto. Espero que sea un centro fecundo de actividad científica a través del cual la Universidad Lateranense se transforme en instrumento de un fecundo diálogo entre las diversas realidades religiosas y culturales, en la búsqueda común de caminos que favorezcan el bien y el respeto de todos.

Con estos sentimientos, a la vez que pido al Señor que derrame sobre este lugar la abundancia de sus luces, encomiendo el camino de este año académico a la protección de la Virgen santísima, e imparto a todos la propiciadora bendición apostólica.

[Traducción del original italiano distribuida por la Santa Sede
© Copyright 2006 - Libreria Editrice Vaticana]