'Discursos sobre el Arte Sacro'

Un libro del pintor e historiador del arte Rodolfo Papa

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ROMA, miércoles 2 mayo 2012 (ZENIT.org).- Ofrecemos un artículo de monseñor Daniel Estivill sobre el reciente libro “Discursos sobre el Arte Sacro”, del Rodolfo Papa, editado por Cantagalli, Siena.

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Por monseñor Daniel Estivill

“Pintor, teórico e historiador del arte”, así es debidamente presentado el autor de este libro. Apelativos que denotan la personalidad poliédrica de Rodolfo Papa, mientras lo vinculan a las grandes figuras del mundo del arte del pasado, cuando el pintor unía a su capacidad técnica una notable cultura clásica junto con el conocimiento de los principios teóricos del arte. Pero esta presentación no sería completa si no se agrega que él es un hombre de fe, activamente vivida en la Iglesia católica. Sólo de este modo se hace plenamente comprensible el alcance de sus discursos sobre el arte, que –sin violar la legítima autonomía de la actividad artística– abren amplios horizontes en el mundo del espíritu a la luz de la fe en Jesucristo.

El discurso, como género literario, ha sido expresamente elegido por el autor para afrontar el complejo tema del arte, a través de una estructura de pensamiento circular a distintos niveles, pero sin embargo orientada hacia un objetivo final: el arte sacro. En efecto, come se afirma explícitamente en la introducción, la idea de fondo que emerge con claridad en una lectura de conjunto «es que sólo analizando en modo completo la identidad del arte se puede afrontar en manera correcta la delicada cuestión del arte sacro». No es casual, por lo tanto, que el séptimo capítulo, dedicado al arte sacro, es precedido por otros seis capítulos sobre el tema del arte en general, aunque no faltan en éstos, cuando se hace necesario, específicas referencias al arte cristiano.

Así, en medio a la variada y caótica diversidad de opiniones que caracterizan hoy los estudios sobre el arte, el autor abre un prolífico discurso, en el primer capítulo, afrontando el delicado problema de definir el arte. Con esta finalidad entra en un denso diálogo con los más conocidos representantes del pensamiento contemporáneo sobre la materia para desenmascarar sus miedos y sus reticencias a dar una definición del arte. Convencido, sin embargo, aunque en contracorriente, de la «necesidad de definir los términos sobre los cuales apoyar las opciones individuales, y en consecuencia el sentido del obrar y del hacer, también del quehacer artístico», el autor encuentra una solución al problema proponiendo la definición “real” y “clásica” del arte –ars est recta ratio factibilium– pero dejando también flexiblemente abierta la cuestión de la definición de un estatuto epistemológico para cada especie de arte.

Después de este primer paso, el discurso prosigue sobre el tema del estilo, término frecuentemente equívoco en el lenguaje corriente en referencia a las artes visuales. Con este propósito, tomando como referencia el desarrollo histórico del concepto de estilo y concretizándolo en la producción artística de Caravaggio, la cuestión “estilística” es presentada en relación a la maniera y a la schola, que serían declinaciones particulares de un sistema más amplio y sobrentendido, que es precisamente el sistema del arte, argumento del tercer capítulo. Al definir el sistema artístico como «un conjunto de principios y reglas que subyacen a un sistema de signos», en estrecha relación con una específica visión del mundo (Weltanschauung), el autor establece el fundamento teórico para definir la identidad y la esencia del sistema del arte cristiano. De este modo, pone en evidencia non sólo, la diversidad entre el sistema figurativo y el no figurativo o anicónico, sino también y sobre todo la relación íntima entre religión y sistema artístico.

Altamente significativo es el discurso sobre la luz, desarrollado en el cuarto capítulo, en el cual se demuestra cómo al «cambiar la luz por el color» el arte contemporáneo no ha hecho otra cosa que pasar «de  una visión metafísica a una materialista». La luz, metáfora de la verdad y símbolo de la belleza, se transforma en este discurso en principio hermenéutico para comprender la dimensión de la corporeidad en sentido cristiano. En esta visión, el abstractismo y el hiperrealismo no pueden ser sino los frutos de una concepción desacertada y reduccionista de la corporeidad y, en última instancia, de la luz.

Muy pertinente, además, es el discurso acerca de las imágenes y el cuerpo, orientado a demostrar, por un lado, cómo la llamada “sociedad de las imágenes” en la cual vivimos, es, en realidad, una sociedad «intrínsecamente iconófoba», y por otro lado, cómo la relación entre la imagen y la corporalidad es decisiva en la visión occidental del cristianismo. Según esta impostación del discurso es posible, entre otras cosas, relevar el aspecto más revolucionario de la perspectiva en su capacidad de “hacer presente” la realidad in imagine picta al servicio de las exigencias contemplativas de la espiritualidad franciscana y de la fe en la encarnación.

No podía faltar un discurso sobre la belleza, aspecto ineludible en cualquier reflexión sobre el arte. Este discurso revela en modo particular la sólida formación del autor en la doctrina escolástico-tomista. En efecto, él evoca varias veces la concepción de la belleza en términos ontológicos de “trascendental”, en estrecha relación con el verum y el bonum. No carece de interés apuntar que tal prospectiva, como es puntualmente subrayado, se encuentra en una línea de continuidad con las enseñanzas del Concilio Vaticano II (cf. Sacrosanctum Concilium, 122), así como también con el Magisterio post conciliar (cf. Juan Pablo II, Veritatis splendor, 51; Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, 31 e 41).

El discurso sobre el arte sacro, último de la serie, merece la máxima atención en cuanto constituye la coronación de todos los discursos precedentes, así como para el autor – pintor, teórico e histórico del arte – todo está orientado al arte sacro, leitmotiv de su vida de “artista y hombre de fe”. Al subrayar lo específico del arte sacro en el hecho de su referencia a la liturgia, se hace posible abrir un discurso de fundamental importancia para comprender el arte sacro en relación a la fe y para poder definirlo – asumiendo el modelo de la definición tomista – como «fides et recta ratio factibilium». Siempre en analogía a la relación entre fides et ratio, el autor reconoce en la historia de la relación entre arte y fe «tres estados: un arte autónoma respecto a la fe, un arte cristiano iluminado por la fe y un arte interpelado por la fe», es decir un arte llamado por la fe a una función más específica. Éste último es precisamente el arte sacro. Esta distinción puede ser una guía segura tanto para el conocimiento adecuado de la tradición en el arte de la Iglesia, como para delinear el perfil del artista cristiano, e incluso para reconocer el arte sacro auténtico. Respecto a este último aspecto resulta iluminante el comentario a los cinco puntos ya señalados por el Card. Joseph Ratzinger en su Opera Omnia sobre la Teología de la liturgia: la imposibilidad de conciliar la iconoclastía con la fe en la encarnación del Verbo, la historia de la salvación como fuente del arte sacro, el lugar central que ocupa la imagen de Cristo en el arte sacro figurativo, la imagen sacra como instrumento de contemplación, la ausencia de espacio para la arbitrariedad y para el subjetivismo en el arte sacro. Finalmente, en su discurso conclusivo, el autor llega a sintetizar con gran lucidez mental cuatro características fundamentales que se relacionan con la identidad del arte sacro: la universalidad, la belleza, la figuratividad y la narratividad.

El libro, fruto de la madurez del pensamiento del autor, nace en un momento histórico particularmente significativo para la vida de la Iglesia y para el arte sacro. En efecto, mientras es publicada la obra de R. Papa se acercan dos celebraciones importantes, la del 50º aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II y la del Año de la Fe convocado por Benedicto XVI con la Carta apostólica Porta Fidei. Para ambos eventos, el libro aquí presentado puede ser considerado como una contribución válida y digna de consideración. En referencia al Concilio Vaticano II, los discursos desarrollados en el libro no sólo se alinean en aquella hermenéutica de los textos conciliares auspiciada por Benedicto XVI (cf. Discurso a la Curia Romana, 22 de diciembre de 2005), sino que también constituyen una aplicación práctica y concreta de la orientación conciliar sobre la formación de los artistas y del clero (cf. Sacrosanctum Concilium 127 y 129). En este sentido sería conveniente una amplia difusión de la obra en vista de la formación en los ambientes universitarios eclesiásticos y en aquel vasto “areópago” del mundo del arte, que hoy es presentado como un nuevo escenario de evangelización. También en relación al Año de la Fe este libro puede ofrecer una valiosa contribución. En efecto, si hoy una «profunda crisis de fe ... afecta a muchas personas» (Porta fidei, 2), no parece que existan válidos motivos para poder excluir a los artistas de entre aquellos que son tocados por esa crisis de fe. Por lo tanto, estos discursos sobre el arte sacro son una alentadora invitación para que, hoy más que nunca, el arte sacro sea contemplado con los ojos de la fe y, sobre todo, para que los artistas comprendan cuán noble puede ser el propio arte si éste es concebido según la fe y asume como finalidad última el servicio a la gloria de Dios en la Iglesia.