''Ecclesia in America'': profecía, enseñanzas y compromisos

Intervención del secretario de la Comisión Pontificia para América Latina, Guzmán Carriquiry

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CIUDAD DEL VATICANO, martes 11 diciembre 2012 (ZENIT.org).- Ofrecemos a los lectores la intervención de Guzmán Carriquiry, secretario de la Comisión Pontificia para América Latina, sobre“La Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in America: profecía, enseñanzas y compromisos”.

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La cuestión prioritaria y fundamental es suscitar y renovar un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, tal como lo propone la Exhortación apostólica Ecclesia in America y lo destaca luego la Encíclica Dives caritas est de S.S. Benedicto XVI, cuando afirma que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o por una gran idea, sino por el encuentro con un Acontecimiento, con una Persona, que da nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (n. 1). Este encuentro no puede nunca darse por descontado, sino experimentado siempre de nuevo. Todos estamos llamados a vivir la fe como nuevo inicio, como esa novedad sorprendente, esplendor de verdad y promesa de felicidad, che reenvía al acontecimiento que la hace posible y que continuamente la regenera. No es accidental que el pontificado de Juan Pablo II se haya inaugurado con la invitación a “abrir las puertas a Cristo” y se haya concluyido con la invitación a “recomenzar desde Cristo”, a fijar la mirada sobre su rostro, descubriendo toda la densidad y belleza de su misterio presente, confiados mendicantes en su gracia. En efecto, no hay otra vía que la de “recomenzar desde Cristo”, para que su Presencia sea percibida y encontrada, amada y seguida con la misma realidad, novidad y actualidad, con el mismo poder de persuasión y afecto, experimentados por sus primeros discípulos 2000 años ha o por los “juandiego” del “Nuevo Mundo” hace 500 años. Sólo en el estupor y fascinación de este encuentro, superior a todas las expectativas pero percibido y vivido como plena respuesta a los anhelos de verdad y felicidad del “corazón” de toda persona, el cristianismo ne se reduce a una lógica abstracta, sino que hace carne en propia existencia. Por ello, la primera y más sincera actitud humana y cristiana es pedir, invocar, como pobres pecadores suplicantes, que el misterio de Dios se manifiesta en la propia vida, que nos haga reconocer la presencia de Cristo, che mueva nuestra prontitud para acoger su designio de salvación para nuestra vida con un obediente fiat, como el de la Santísima Virgen María. Este encuentro, que adviene por medio de aquellos que hacen transparente su Presencia, con toda su fuerza suave de atracción, se realiza en toda su verdad en la participación a los sacramentos, que son los gestos con los cuales Jesucristo abraza y transforma la vida de los fieles; encuentro que se gusta, se profundiza y que permea toda la vida en la oración perseverante, en una disciplina de vida espiritual. Tal es la suprema prioridad para las Iglesias del continente americano, para toda la Iglesia católica.

La Exhortación apostólica Ecclesia in America dedica, pues, algunas páginas a los santos, como los mejores frutos de la evangelización americana, como testigos irradiantes de su identidad cristiana, modelos heroicos de vida cristiana, compañía intercesora de quienes aún peregrinan por tierras del continente. ¡Cómo no recordar a lo largo de nuestra geografía americana a santas místicas como Rosa de Lima y Mariana de Quito, ¡Que sean todos ellos, y entre ellos a muchos mártires, patrimonio común para la comunión, la edificación y la devoción en las Iglesias de todo el continente americano. ¡Y cómo no invocar, con afecto filial, sobre todo, a la Santísima Virgen María, la primera y más perfecta discípula, la que se hizo reconocer en toda América como Nuestra Señora de Guadalupe, pedagoga de la fe y estrella de la evangelización! La emulación entre las Iglesias del continente tiene que estar dada por los testimonios de santidad, de ayer pero también de la santidad de hoy a la que están llamados todos católicos americanos.

Ese encuentro con Jesucristo vivo es “camino de conversión”, nos señala la Exhortación apostólica Ecclesia in America (nn. 26 y ss.) ¡Qué resonancia, responsabilidad y desafío tienen para las multitudes de bautizados en el continente aquélla invitación urgida del Evangelio: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca: convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc. 1,15); o aquéllas palabras de la Epístola a los Romanos (3,11): “Es ya hora de levantaros del sueño, que la salvación está más cerca de nosotros de cuando abrazamos la fe”. ¡Cuántos son los cristianos que han sepultado su bautismo bajo una capa de indiferencia y olvido, cuánta confesión cristiana sin ninguna influencia en el entramado de la propia vida, cuántas devociones sin encuentro con Cristo en los sacramentos, con què frecuencia predominan los “mix” arbitrarios de creencias sin referencia fiel al Credo, al Catecismo, a las enseñanzas soctrinales y morales de la Iglesia, cuánto abandono del sacramento de la reconciliación y superficialidad en la participación eucarística! La “conversión permamente” que la Ecclesia in America urge a todos los americano conduce a la vida nueva “en Cristo”, por gracia de su Espíritu, confiados en el amor misericordioso del Padre, para llegar a ser discípulos y testigos, reflejos de su Presencia, no obstante todos nuestros límites, opacidades y miserias. Incluso hasta llegar a exclamar, como el Apóstol: “Mi vida es Cristo”.

Ese encuentro con Cristo ha de ser acompañado y proseguido con una catequesis “que debe ser presentada explícitamente en toda su amplitud y riqueza “Cfr. E. in A. n. 69). Hay mucha ignorancia religiosa, sobre todo entre las nuevas generaciones, y deficiencias de formación cristiana adecuada entre muchos fieles de nuestras Iglesias. No es exagerado desdtacar que hermos vivido situaciones muy frecuentes de crisis de una auténtica educación católica, de una catequesis superficial, de dificultades notorias en la formación de personalidades sólidas y maduras en la fe, de adhesión más integral a las verdades propuestas por la Iglesia. Ademas, el bombardeo de los medios de comunicación social incrementa la dificultad de darse referencias y juicios para una formación cristiana que sea unitaria, sistemática y fiel. Por ello, resulta fundamental repensar a fondo la formación cristiana de los fieles, sea la de la iniciación o reiniciación cristiana que la que conduce a la formación de personas Sin fundamental del “Catecismo de la Iglesia católica”, cuyo vigésimo aniversario de promulgación estamos ahora celebrando en el cuadro del “Año de la fe”. Ésta es tarea fundamental para las parroquias y para las familias cristianas, que tienen que ser más alentadas y ayudadas en este propósito. La Exhortación appstólica pos-sinodal recuerda también que existe una vasta red de escuelas y Universidades católicas por todo el continente, cuyos frutos parecen en general exiguos en proporción a los recursos espirituales, humanos y materiales “invertidos”. Hay una “emergencia educativa”, también en la Iglesia, a la que no se responde suficientemente. Quince años después de la Asamblea del Sínodo para América urge repensar a fondo la pastoral educativa, alentar y sostener con los medios adecuados la identidad católica como hilo conductor de vida y estudios en los institutos de enseñanza, “invertir” a sunuevas fuerzas vivas en esa tarea y relanzar una evangelización de las propias Universidades católicas. Y ello teniendo en cuenta que la presencia evangelizadora en las instituciones escolásticas no confesionales, sobre todo universitarias, forma parte más de la “missio ad gentes” en tierras de frontera que de la “nueva evangelización”.

El encuentro con Jesucristo vivo es “camino de comunión”, se lee también la Exhortación apostólica pos-sinodal Ecclesia in America (nn. 33 y siguientes). Es camino de comunión trinitaria, eclesial y social. En la Iglesia, sacramento de unidad de nuestros pueblos dentro de la circulación católica de la comunión, ha de ser mucho más fuerte lo que nos une en la fe, esperanza y caridad de lo que nos separa en las diversidades, contradicciones y desgarramientos que se viven a nivel del continente. Cumple, por eso, una preciosa tarea reconciliadora. Sin embargo, para ello es necesario reconstuir y educar siempre el sensus ecclesiae, a la luz de la comunión vertical y horizontal que está en su propio ser. Gracias a Dios, las Iglesias en el continente americano han ido dejando atrás la frecuencia de contestaciones, manipulaciones, crisis de comunión, que se arremolinaron en los tiempos huracanados de la primera fase del pos-concilio, en la que críticas, experimentaciones y novedades se vieron sobre-determinadas por corrientes de hiper-politización e ideologización. No faltan aún, ni faltarán, tales crisis, porque el Principe de este mundo, el diablo, siembra la división. Es necesario, pues, que nuestreas Iglesias sigan educando a un profundo y fiel sentido de pertenencia a su misterio de comunión, a su sacramentalidad, a la fuente y vértice de esa comunión que es la Eucaristía. Y que ayuden a los fieles a experimentarlo en comunidades cristianas conformes al ser de la Iglesia, signos y reflejos de su misterio, casas y escuelas de comunión que abracen y sostengan la vida cristiana de todos los bautizados. También gracias a Dios, no falta, en general, la comunión con los Obispos, ministros de la unidad, y de éstos, junto a la devoción de los fieles, con el Sucesor de Pedro, testigo y garante de la unidad de toda la Iglesia católica. Este Congreso es ocasión providencial para proclamar una vez más la inquebrantable y firme comunión afectiva y efectiva de las Iglesias del continente americano con el Sucesor de Pedro. Desde tales premisas, la Exhortación apostólica pos-sinodal Ecclesia in America alienta signos concretos de esa comunión a nivel continental, como “la oración en común de unos por otros, el impulso a las relaciones entre las Conferencias Episcopales, los vínculos entre Obispo y Obispo, las relaciones de hermandad entre las diócesis y las parroquias, y la mutua comunicación de agentes pastorales para acciones misionales específicas” (n. 33). En ese orden de sugerencias, la exhortación indica aún “fortalecer las reuniones interamericanas” promovidas par las Conferencias episcopales de diversas naciones, “crear comisiones específicas para temas comunes”, etc. Más importante aún es enriquecer la recíproca comunión edificándose con los mutuos dones y experiencias. Por ejemplo, los católicos latinoamericanos tienen mucho que aprender del profundo y concreto sentido de pertenencia de los católicos de los Estados Unidos a su comunidad parroquial y diocesana, desde la alta participación litúrgica dominical hasta el sostén material de sus comunidades. Los católicos de Estados Unidos y Canadá, por su parte, pueden enriquecerse mucho con el profundo sentido de trascendencia, de presencia del Misterio en la propia vida, que expresa la religiosidad popular de los latinoamericanos. Ante el incremento impresionante de los hispanos en los Estados Unidos y Canadá, la gran mayoría de ellos católicos, se puede dar allí un laboratorio de encuentros e intercambios entre diversas formas de incilturación de la fe, incluso para dar lugar a una más completa síntesis católica.

Cuando entra en crisis la comunión, la Iglesia tiende a replegarse sobre sí, a ocuparse más de asuntos eclesiásticos que del testimonio al que está llamada a dar, a alimentar problematizaciones inhibitorias de energías evangelizadoras y solidarias en la vida de los pueblos. En cambio, si el encuentro con Jesucristo vivo ha llenado de gratitud y alegría la propria vida, y la caridad rebosa en la comunión de sus discípulos y testigos, entonces el “corazón” urge por comunicar este don a todos por amor a su vidadestino.

El encuentro con Jesucristo vivo, en la comunión de la Iglesia, su cuerpo presente, desata energías de solidaridad entre los pueblos. Esta es la perspectiva desde la que la Iglesia presta un servicio invalorable a la vida pública de las naciones. Hay todavía mucha ignorancia y prejucios que obstaculizan el incremento de sentimientos de fraternidad entre latinoamericanos y estadounidenses. La Iglesia cumple una función de verdad cuando educa la opinión pública norteamericana a superar una actiud de indiferencia, a veces mezclada de temores y rechazos, respecto a los latinoamericanos. Hay que dejar atrás una “leyenda negra” anti-latinoamericana, que lo es también anti-católica, que presenta a los latinoamericanos como afectos de pereza, violencia e ignorancia congénitas, que amenazan la convivencia en los Estados Unidos a través de la “invasión” –como se dice – de los hispanos. Los latinoamericanos tienen que conocer más y mejor al pueblo norteamericano, más allá de eslóganes superficiales o lentejuelas ideológicas que impiden comprender cabalmente su compleja realidad. Es mejor que ambos, hermanos católicos del Norte y del Sur tengan mayor conciencia de saberse sometidos a ese prejuicio, que es el último a morir en lo “politically correct”, que es disparar contra la Iglesia por parte de elites dirigentes y mediáticas. Un cambio profundo de actitudes favorece, sin duda, la solidaridad para frontar cuestiones comunes.

Hay cuestiones comunes que hoy plantean problemas y desafíos mucho más graves que los de hace quince años. Paso revista sintética de algunos de ellos.

El problema de la inmigración hispana, sobre todo a Estados Unidos, desata prejuicios, injusticias y violencias cuando no estábien afrontado. Es impresionante tener en cuenta los millares de centroamericanos que recorren toda la geografía mexicana, de sur a norte, sufriendo toda clase de vejaciones y soprusos. La ausencia de una reforma de la política inmigratoria en Estados Unidos alimenta actitudes xenófobas, incluso de discriminación racial, no sólo levantando muros físicos y militares en la frontera con México – país con el que tiene pactado el “libre comercio” – sino también separando familias de los hispanos inmigrados y deportando a muchos hispanos “indocumentados” que viven desde hace mucho tiempo en el país, incluso nacidos en el mismo. Honra a la Conferencia Episcopal de Estados Unidos haber siempre considerado a los hispanos, no como problema, sino como aporte “providencial” para la vida nacional. Y son muy importantes las periódicas reuniones que sobre la inmigración reunen a Obispos de las Conferencias de Estados Unidos y Canadá junto con las de México, Centroamérica y el Caribe, así como declaraciones bilaterales de las Conferencias de Estados Unidos y México. La Iglesia católica no puede desentenderse de la tarea de “humanizar” la cuestión migratoria, respetando la legítima lalegislación de los Estados pero considerando a los migrantes con espíritu de caridad y servicio, atendiéndolos desde un punto de vista pastoral y evangelizador.