Educación católica y diálogo interreligioso

Perspectivas de monseñor Michael Miller sobre «Nostra Aetate»

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ROMA, sábado, 4 diciembre 2004 (ZENIT.org).- Publicamos la conferencia dictada por el arzobispo Michael Miller, secretario de la Congregación para la Educación Católica, pronunciada en el «Lay Center» del «Foyer Unitas» de Roma al celebrar los 40 años de la declaración del Concilio Vaticano II «Nostra Aetate» (27 de octubre de 2004).



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Primeramente quisiera agradecer a la doctora Donna Orsuto por su muy amable invitación que nos da la oportunidad de compartir y discutir con ustedes un tema de interés vital no sólo para la Iglesia sino también para la política contemporánea: el diálogo interreligioso y la aceptación de «Nostra Aetate» en el mundo de la educación católica, especialmente en las instituciones de educación superior.

Identidad de instituciones
Quisiera tratar más explícitamente una cuestión que está en el fondo de muchas mentes, incluso si no se expresa; es decir, ¿cómo contribuye el diálogo interreligioso a consolidar la identidad católica de una institución académica? Esta cuestión se suscita porque «ex Corde Ecclesiae» da gran preeminencia a afirmar la identidad católica de la universidad, insistiendo que «cada uno en la comunidad ayude... a mantener y consolidar el carácter católico distintivo de la institución» (No. 21; Cf. Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos, No. 135). Queda sentado, por ello, que el fomento del diálogo interreligioso debe surgir de «la común dedicación a la verdad, la común visión de la dignidad de la persona humana y, en última instancia, de la persona y mensaje de Cristo que da a la Institución su carácter distintivo («Ex Corde Ecclesiae», 21).

En otras palabras, el diálogo interreligioso auténtico debe fomentar, no diluir, la identidad católica específica de una institución de enseñanza superior. Algunos académicos, creo que una minoría, no se sienten cómodos con la dualidad de «identidad católica» y «diálogo interreligioso» y hacen poco por implementar las enseñanzas de «Nostra Aetate». Para ellos, esta empresa se considera como «un signo de debilidad o incluso de traición de la fe» (1).

Sin embargo, a pesar de esta objeción, el verdadero argumento que puede darse es mostrar que, de hecho, la identidad católica de una universidad se fortalece cuando fomenta el diálogo interreligioso, especialmente al introducir a los estudiantes en el conocimiento de otras religiones y animar a los profesores a sumarse a ello a través de su investigación. De hecho, hoy es más necesario que nunca que la comunidad universitaria promueva la firme convicción católica de la vocación común de la humanidad y el único plan divino de salvación en Cristo que «se une de alguna manera con cada persona» («Gaudium et Spes», 22).

Cuatro cuestiones
Les sugeriría que incluso un juicio intermedio, sobre el grado en que el mundo de la educación católica ha «recibido» Nostra Aetate, podría basarse en las respuestas dadas a cómo se han puesto en ejecución las cuatro formas de diálogo mencionadas con frecuencia en varios documentos del magisterio: el diálogo de la vida, de la acción, del intercambio teológico y de la experiencia religiosa (2).
Diálogo de la vida y testimonio

El «diálogo de la vida» es una actitud y una forma de actuar, un espíritu que guía la conducta. Exige lo que «Nostra Aetate» recomendaba como condición previa a todo diálogo; los cristianos deben llevarlo a cabo «mientras atestiguan sobre su propia fe y su forma de vida» (No. 2). Dentro de la universidad, como en cualquier otro lugar, implica «atención, respeto y hospitalidad» hacia las demás religiones. Una universidad o escuela católica, que recibe estudiantes de todos los credos, debería dejar lugar a la «identidad de la otra persona, sus modos de expresión y valores («Diálogo y Misión» No. 29). ¿Hasta qué punto se vive esto en nuestras instituciones católicas? ¿Están verdaderamente abiertas a los demás, prestas a recibir al «otro» como un don?

Este diálogo de la vida también exige que los católicos de nuestras instituciones educativas den testimonio a los demás en su vida diaria de sus valores humanos y espirituales y ayuden así a los no cristianos a vivir en fidelidad a los auténticos valores que abrazan.

Diálogo de la acción
Un segundo elemento de medición que puede usarse es el «diálogo de la acción» o «diálogo de las obras», al que Nostra Aetate se refiere como la necesidad de «preservar y promover la paz, la libertad, la justicia social y los valores morales» (No. 3). Esta forma de diálogo viene de una actitud de cooperación, especialmente en áreas que promueven el bien común: temas de desarrollo humano integral, justicia, paz, derechos humanos, etc. «Diálogo y Misión» dice que este «nivel de diálogo es el de los hechos y colaboración con otros para fines de naturaleza humanitaria, social, económica o política, que van dirigidos a la liberación y progreso de la humanidad» (No. 31).

En sus numerosos encuentros con líderes y representantes de otras religiones y estados con importantes mayorías no cristianas, el Santo Padre ha puesto de relieve en repetidas ocasiones la importancia de este diálogo de los hechos, convencido como lo está de que «las diversas religiones, ahora y en el futuro, tendrán un papel preeminente en preservar la paz». Una y otra vez el Santo Padre ha puesto de relieve que «cuando se emprende con un espíritu de confianza, y con respeto y sinceridad, la cooperación interreligiosa y el diálogo hacen una verdadera contribución a la paz» (3).

Es también responsabilidad de una institución católica de enseñanza superior aprender a implicarse en la búsqueda de la paz: Debería incluirse, por tanto, entre sus actividades investigadoras, el estudio de los graves problemas contemporáneos en áreas como la dignidad de la vida humana, la promoción de la justicia para todos, la calidad de la vida personal y familiar, la protección de la naturaleza, la búsqueda de la paz y la estabilidad política, una más justa distribución de los recursos del mundo, y un nuevo orden económico y político que sirva mejor a la comunidad humana a nivel nacional e internacional. La investigación universitaria buscará descubrir las raíces y las causas de los graves problemas de nuestro tiempo, prestando especial atención a sus dimensiones éticas y religiosas («Ex Corde Ecclesiae», No. 32).

Incluso aunque no entren directamente en el ámbito del diálogo interreligioso, las principales iniciativas, publicaciones, conferencias e institutos patrocinados por instituciones católicas por todo el mundo –escuelas y universidades- son una encarnación significativa de las esperanzas expresadas en «Nostra Aetate». Me parece, sin embargo, que estos nobles esfuerzos deben ligarse de un modo más explícito al diálogo interreligioso, puesto que un fundamento seguro para establecer la justicia, la paz y la dignidad humana debe basarse en un sincero intercambio entre creyentes.

Diálogo entre expertos
Una tercera forma de diálogo es la de los expertos – cuando el concilio anima a los católicos «a entrar con prudencia y caridad en el debate y colaboración con miembros de otras religiones» («Nostra Aetate», No. 2). Permite a los especialistas «profundizar su comprensión de sus respectivas herencias, y apreciar los valores espirituales de cada uno» («Diálogo y Proclamación», No. 42-c). Las universidades católicas, en particular, tienen una responsabilidad especial al respecto puesto que están abiertas a toda experiencia humana y preparadas para el diálogo y aprenden de cualquier cultura o religión. Una universidad católica, «consciente de que la cultura humana está abierta a la revelación y a la trascendencia, es también un lugar primario y privilegiados para un diálogo fructífero entre el Evangelio y la cultura» (Ex Corde Ecclesiae», No. 43) y, puedo añadir, entre el cristianismo y otras religiones.

En este punto podemos afirmar que las instituciones educativas católicos han estado en la vanguardia. No sólo ofrecen cursos, incluso a nivel muy avanzado, sobre las diversas tradiciones religiosas sino que animan a sus profesores a tomar parte en innumerables diálogos. Más importante, están formando expertos en filosofía, religiones comparadas, ciencias sociales y, sobre todo, en teología para servir a la Iglesia. Si no fuera por estos expertos, financiados y apoyados por muchas instituciones, la Iglesia católica carecería de la maestría que tiene en estos temas. Además, precisamente porque las universidades católicas están tan comprometidas en el diálogo entre fe y razón, de igual forma están comprometidas en el diálogo interreligioso basado en «la investigación de todos los aspectos de la verdad en su conexión esencial con la suprema Verdad, que es Dios» («Ex Corde Ecclesiae», No. 4). La pregunta a responder: «¿Las escuelas, facultades y seminarios católicos se implican en el diálogo teológico en el grado pedido por el concilio?

Diálogo de la experiencia religiosa
Aunque el «diálogo de la experiencia religiosa» se solapa con el de los expertos dado que tiene un contenido teológico, alcanza de modo más profundo las experiencias personales de compartir la oración, la contemplación, las formas de búsqueda del Absoluto y la fe. Es aquel diálogo que «puede ser un enriquecimiento mutuo y una cooperación fructífera de promoción y salvaguarda de los más altos valores e ideales espirituales» (Diálogo y Misión, No. 35). El diálogo teológico se hace vida por los intercambios en el ámbito de experiencia religiosa, sólo en tales debates «puede iluminarse la experiencia y dar pie a contactos más cercanos» («Diálogo y Proclamación», No. 43).

El fomento del diálogo de la experiencia religiosa puede también ser un camino de consolidación de la identidad de una institución católica. Las universidades y escuelas, en particular, debería dar una muestra práctica de su fe en su actividad diaria, ofreciendo momentos de reflexión y oración. No sólo se deberían ofrecer a los católicos oportunidad de celebrar los sacramentos, sino que «cuando la comunidad académica incluya miembros de otras iglesias, comunidades eclesiales o religiones, se deben respetar las iniciativas de reflexión y oración en consonancia con sus propias creencias» («Ex Corde Ecclesiae», No. 39). ¿Hasta qué punto nuestras instituciones educativas proporcionan tales ocasiones? ¿Sólo respetan o también animan a los demás a ser fieles a sus tradiciones religiosas de manera que tanto cristianos como no cristianos puedan aumentar la estima mutua?

Llamamientos a la paz
Al llevar estos puntos a una conclusión, les diría a ustedes que el mundo de la educación católica ha dado mucho más que unos primeros pasos a la hora de «recibir» la llamada al diálogo y cooperación interreligiosos planteada con tanta pasión por los padres conciliares en «Nostra Aetate».

Ciertamente se necesita hacer más para que las instituciones católicas de educación puedan hacer frente a todos los niveles al desafío que les propone el Papa Juan Pablo II en «Novo Millennio Ineunte», cuando habla sobre «el gran desafío del diálogo interreligioso al cual debemos comprometernos en el nuevo milenio, siendo fieles a las enseñanzas del Concilio Vaticano II». En los años de preparación para el Gran Jubileo, la Iglesia ha visto formarse, no sólo a través de una serie de encuentros simbólicos, una relación de apertura y diálogo con los seguidores de otras religiones. Este diálogo debe continuar.

En el clima de creciente pluralismo cultural y religioso que se espera marque a la sociedad del nuevo milenio, resulta obvio que este diálogo será especialmente importante para establecer una base segura para la paz y para alejar el espectro amenazante de aquellas guerras de religión que con frecuencia han ensangrentado la historia humana. El nombre de un solo Dios debe convertirse cada vez más en los que es: un nombre de paz y una llamada a la paz.


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NOTAS FINALES
(1) Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso y Congregación para la Evangelización de los Pueblos, «Diálogo y Proclamación» (1991), No. 52.

(2) Ver, por ejemplo, Secretariado para los No Cristianos, «Diálogo y Misión» (1984), Nos. 28-35; Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso, «Diálogo y Proclamación» (1991), Nos. 42-46; y Juan Pablo II, «Redemptoris Missio», No. 57.

(3) Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 1991, No. 7.5.