"El amor de Cristo nos apremia..." (Tiempo ordinario 12º, ciclo B)

Comentarios a la segunda lectura dominical

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ROMA, viernes 22 junio 2012 (ZENIT.org).- Nuestra columna "En la escuela de san Pablo..." ofrece el comentario y la aplicación correspondiente para el 12º domingo del Tiempo ordinario.

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Pedro Mendoza LC

"Porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron. Y murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. Así que, en adelante, ya no conocemos a nadie según la carne. Y si conocimos a Cristo según la carne, ya no le conocemos así. Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo". 2Cor 5,14-17

Comentario

Inicio con una breve síntesis del contenido de la 2ª lectura de este domingo. En ella san Pablo explica por qué se comporta del modo como lo hace: el amor de Cristo lo "atormenta" (esta sería una traducción más precisa de la palabra griega). En esta expresión, "el amor de Cristo" no es tanto el amor del Apóstol por Cristo, sino sobre todo el amor de Cristo para con él. La convicción de que Cristo ha muerto por todos ha transformado la vida del Apóstol: ahora él se da cuenta de que ya no debería vivir para sí sino para Cristo que ha muerto y resucitado en favor de todos. El amor de Cristo por todos, manifestado en su muerte en la cruz, ha transformado radicalmente la comprensión que san Paolo tenía de Cristo. Mientras antes lo veía desde un punto de vista meramente humano ("según la carne", persiguiendo a sus seguidores como fanáticos y apóstatas), ahora él entiende que el Mesías crucificado no era sino el Hijo de Dios que ha dado su vida por todos. Esto lleva al Apóstol a una conclusión importante: los que están en Cristo son "una nueva creación". Ellos son la nueva humanidad inaugurada por el nuevo Adán.

A continuación, una explicación más detallada del texto. Si san Pablo se nos muestra incansable, es porque está poseído por una fuerza extraña, que lo "atormenta". En efecto, el amor de Cristo, es decir, Cristo, lo ha captado con su amor, le sostiene y le impulsa. Y así dice: "Vivo, pero no yo; es Cristo quien vive en mí... que me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gal 2,20). La revelación del amor de Cristo y la experiencia del mismo tienen un punto de referencia fundamental: Cristo, el "uno", murió por (en favor de) todos (v.14). Este "por" puede significar una sustitución, en el sentido de que murió "en lugar de" aquellos que eran reos de muerte. Pero puede significar también que Él entregó su vida "en favor de" los hombres y para la salvación de ellos: su sangre "es derramada por muchos" (Mc 14,24). Ahora bien, en la perspectiva de la muerte vicaria o sustitutiva nuestra condición humana no está destinada a cambiar, si bien estaremos siempre agradecidos hacia quien ha sacrificado su propia existencia en lugar nuestro. Por el contrario, en la interpretación de favor o de ventaja cambia totalmente nuestra vida porque nos convertimos en destinatarios de los dones que pertenecen sólo a Cristo: su amor, el Espíritu, la bendición divina, su filiación divina y la participación en la heredad prometida por Dio (cf. Gal 2,20; 3,13-14; 4,4-7; Rom 5,6.8; 8,32; 14,15). Ya que Cristo ha muerto en favor de todos y en lugar de todos, todos han muerto. Cristo, en la cruz, los encerró a todos en sí mismo y representó a todo el género humano. La muerte de Cristo es, pues, al mismo tiempo, la muerte de toda la humanidad. En Cristo ha recaído sobre todos, como pecadores perdidos, el juicio condenatorio de Dios. Y en la muerte de Cristo se cumplió la sentencia sobre todos.

Inmediatamente después de afirmar la muerte de Cristo, san Pablo corrobora su resurrección de la muerte (v.15). De donde deduce que esa comunión de muerte con Él crea también la comunión de vida. Al ser resucitado Cristo de entre los muertos, vivimos también nosotros. "Si hemos muerto con Cristo, tenemos fe de que también viviremos con Él" (Rom 6,8). Pero aquellos que ahora tienen una nueva vida, no pueden ya vivir para sí mismos, sino que deben ponerse, con toda su vida, al servicio de aquel que murió y resucitó por ellos. Así como Cristo vivió por otros, eso mismo deben hacer también los cristianos: "En efecto, ninguno de nosotros vive para sí mismo, y ninguno muere para sí mismo... Tanto, pues, si vivimos como si morimos, pertenecemos al Señor" (Rom 14,7-8).

A renglón seguido, san Pablo saca nuevas conclusiones del principio fundamental de que todos han muerto. La vida anterior ya ha muerto y pasado para todos. Por lo mismo, el Apóstol ya no puede juzgar a nadie por su pasado. Y por eso, tampoco conoce ya a nadie por su condición humana (v.16). La condición humana no se refiere aquí a los pecados, sino a la transitoriedad del mundo terreno, con todas sus relaciones y circunstancias, tales como el origen racial, la posición, el prestigio ante los hombres, la historia, las riquezas. Todo esto no significa ya nada. Y esto vale también respecto de Cristo. San Pablo se dirige contra sus adversarios, que afirmaban que el ministerio apostólico del Apóstol era inferior al de los doce, elegidos personalmente por Jesús mientras vivía aún en la tierra, mientras que el Apóstol  había sido llamado en Damasco, después de la resurrección y ascensión del Señor. También en la carta a los Gálatas (1,11-17) tuvo que defenderse contra un parecido intento de rebajarle. Y en este sentido dice ahora: todas las relaciones con el Jesús terreno son ya accidentales. No encierran privilegios ni ventajas de ninguna clase. No tiene ningún valor invocar estas relaciones frente al hecho de pertenecer a Cristo resucitado, que opera como el Espíritu en la Iglesia (3,17).

San Pablo concluye este razonamiento en el v.17, que tiene como punto de partida el hecho de que en la muerte de Cristo han muerto todos. Ahora afirma que de la muerte de Cristo surge la nueva vida, de la que participan todos aquellos que han muerto con Cristo, es decir, los cristianos. La Iglesia es una nueva creación. El cristiano es el hombre nuevo. El viejo mundo, el tiempo del mundo con sus miserias, sus pecados y su enemistad con Dios han desaparecido. La renovación del mundo prometida por Dios y tan deseada por todos, es ya una realidad. Pero se trata de una realidad en sus inicios, no completada. Por eso afirma el Apóstol que en este mundo presente domina la muerte y en él siguen existiendo faltas, defectos y pecados. Por eso es preciso exhortar sin descanso y amonestar recordando el juicio.

Aplicación

"El amor de Cristo nos apremia..."

La liturgia de la Palabra de este 12º domingo del Tiempo ordinario toca, en la 2ª lectura, un tema fundamental de nuestra vida cristiana: el amor de Cristo que ha muerto por todos los hombres. El Evangelio y la 1ª lectura del libro de Job, en cambio, nos ayudan a descubrir la potencia divina: mientras a Job Dios recuerda su poder sobre el mar, Cristo ejercita su poder aplacando una tempestad. Llama la atención cómo este poder que tiene Cristo no lo utiliza para salvarse de la muerte, sino que, movido por amor a nosotros, ofrece su vida por nuestra salvación.

La primera lectura recoge una parte del bellísimo diálogo de Dios con Job (38,1.8-11), quien viéndose probado duramente titubea en su fe y se pone a pedir cuentas a Dios. En una abrumadora serie de preguntas Dios le revela a Job todo su poder sobre cuanto existe. Concretamente, en este pasaje, le revela su poder sobre el mar. Así quiere ayudarle a reconocer que Dios está por encima de todas las potencias y todas las situaciones en que podemos encontrarnos, particularmente ante las adversidades. Él tiene el poder sobre todo lo creado, pues es el Señor de todo cuanto existe.

El pasaje del Evangelio de este domingo (Mc 5,35-41) nos muestra a Jesús mientras se encuentra con sus discípulos en medio del lago. Al desatarse una fuerte tempestad de viento, los discípulos desesperados por el peligro de hundirse se dirigen a Jesús que duerme y le piden ayuda. Jesús, con su poder divino, increpa los vientos y el mar y de nuevo reina la calma. Entonces reprende a sus discípulos por su falta de fe. Todavía no han comprendido quién es Jesús realmente. Este milagro viene, pues, a reforzar su fe en Él, como hombre-Dios, de modo que reconozcan que Él es verdaderamente Dios, y por lo mismo tiene todo poder en el cielo y en la tierra; tiene el poder divino, porque sólo Dios puede mandar al mar.

En la 2ª lectura el Apóstol nos muestra otra perspectiva de Dios: su amor por nosotros que conduce a Cristo a abrazar la muerte para alcanzarnos la salvación (2Cor 5,14-17). Cristo no quiso utilizar su poder milagroso para huir de la muerte; sobre la cruz no hizo ningún milagro en favor de sí mismo, aunque sus enemigos lo desafiaban a hacerlo: "Si tú eres el Rey de los judíos, ¡sálvate!" (Lc 23,37). En realidad Él tenía la capacidad de liberarse de la cruz, pero no quiso hacerlo. ¿Por qué? Por amor a nosotros. Como san Pablo, también nosotros estamos llamados a dejarnos penetrar por su amor de tal modo que podamos exclamar: "el amor de Cristo nos apremia...",  y nos lancemos a una entrega sin límites a Él y a los demás.