El amor de Dios y la ética del trabajo

Por el profesor Alfonso Carrasco Rouco

| 2092 hits

MADRID, sábado, 11 noviembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención del profesor Alfonso Carrasco Rouco, de la Facultad de Teología «San Dámaso» de Madrid en la videoconferencia mundial de teología que organizó el 31 de octubre la Congregación vaticana para el Clero sobre «Economía: amor de Dios, producción y mercado libre».






* * *



La reflexión ética sobre «el trabajo» es exigida por el significado constitutivo de esta «dimensión fundamental de la existencia humana, de la que la vida del hombre está hecha cada día» ( JUAN PABLO II, Laborem exercens 1b)

A pesar de las muchas circunstancias que lo condicionan, la comprensión del trabajo es siempre expresión de los planteamientos que determinan la realización de la propia existencia por el hombre y, de hecho, ha compartido el destino de las diferentes ideologías que pretendían guiar la historia. El descrédito en que han caído estas ideologías, en particular del marxismo, no significa, sin embargo, que haya desaparecido con ellas la urgencia de una comprensión verdaderamente humana, y por tanto ética, del trabajo. Del mismo modo que no era aceptable comprenderlo sólo a partir de la contraposición capital/trabajo, como pudo pretender el primer liberalismo (Cf. LEON XIII, Rerum novarum), tampoco es posible diluir hoy esta cuestión ética apelando a la mera ciencia económica, interpretando el trabajo como factor interno de un proceso puramente mercantilista de optimización del sistema económico, como si éste fuese autónomo o cuasi independiente del ser humano concreto.

El punto de partida adecuado para acercarse a esta dimensión fundamental de la vida es la afirmación de «la dignidad del trabajador en cuanto tal y, por esto mismo, la dignidad del trabajo», como una actividad perteneciente a la vocación de toda persona, ya que el hombre «se expresa y se realiza mediante su actividad laboral» (JUAN PABLO II, Centesimus annus, 6).

Como persona, el hombre es sujeto del trabajo e, independientemente de cuál sea el objeto de su actividad, ésta ha de servir a la realización de su humanidad. Existe una preeminencia de este significado subjetivo del trabajo sobre su significado objetivo, de modo que el trabajo se mide en primer lugar con el metro de la dignidad del hombre que lo realiza y tiene asimismo por finalidad el bien del hombre. Esta dimensión personal, subjetiva, «condiciona la ética del trabajo» (Juan Pablo II, Laborem exercens, 6).

La primera condición de una ética del trabajo será, pues, enraizarla en la comprensión misma del hombre, de su dignidad y de su libertad. De ello da testimonio la experiencia general de la humanidad, para la cual la violación de la justicia y del derecho en el ámbito del trabajo tiene tal relevancia ética que, en palabras de la Escritura, «llega a los oídos del Señor» (St 54; cf. Dt 24,14-15).

La actitud ética del hombre depende ante todo de su relación con Dios, también por lo que respecta a la actividad laboral. En efecto, si por un amor desordenado a sí mismo y por afirmar la propia libertad el hombre se desentiende de la verdad y rechaza a Dios, perseguirá sin límites el propio interés, no respetando los derechos de los demás, buscando en el trabajo «maximalizar solamente sus frutos y ganancias» (Centesimus annus, 41). En general, la aceptación del ateísmo, en sus diferentes versiones, conducirá a negar el interés último acerca de la verdadera grandeza del hombre, su trascendencia con respecto al mundo material, y a considerarlo como parte de un mecanismo socio-económico o de un sujeto colectivo. Se tiende entonces a organizar la vida social prescindiendo de la dignidad y la responsabilidad de la persona, y a hacer prevalecer el principio de la fuerza y del poder sobre el de la razón y el derecho (Ib., 13,14). De hecho, también en la actualidad existe el riesgo de caer de nuevo en el error del primitivo capitalismo salvaje, considerando el trabajo una mercancía «sui generis», una fuerza anónima del proceso de producción, y tratando al hombre «como un instrumento y no según la verdadera dignidad de su trabajo, o sea, como sujeto y autor, y, por consiguiente, como verdadero fin de todo el proceso productivo» (Laborem exercens, 7).

El primer y más importante desafío de una «ética del trabajo» se juega, pues, en el corazón del hombre. El reconocimiento agradecido del Dios creador, el amor a Dios y la obediencia a sus designios, implica afirmar radicalmente la dignidad del trabajo, por el que el hombre, a imagen del mismo Dios, es llamado a «cultivar» y a «dominar» la tierra, descubriendo y usando razonablemente los recursos que la creación le ofrece (Gn 1,28).

Es posible comprender así, al mismo tiempo, la dimensión de fatiga y sufrimiento que acompaña al trabajo, afectando su naturaleza con las consecuencias del mal y del pecado (Gn 3,17-19), pero sin lograr destruir la bondad del plan original divino, por el que el hombre es llamado a crecer en la semejanza de Dios también en su permanente acción creadora y providente (Gn 1,26; cf. Jn 5,17). El anuncio de la redención será un verdadero «evangelio del trabajo», que confirmará la dignidad de esta estructura humana fundamental y, al mismo tiempo, hará posible vivir todo el sacrificio que implica con la esperanza de un fruto de vida y de resurrección.

Así pues, orientando la vida a través del mandamiento del amor a Dios y al prójimo, se enriquece la dignidad del trabajo humano, se valoran sus dimensiones fundamentales, personales y sociales, y se hace posible afrontarlo también en su dimensión ardua y fatigosa. Al mismo tiempo, la persona es ayudada a tomar conciencia de la injusticia presente en los fenómenos de explotación de los trabajadores, que viven en condiciones de miseria material y moral, o en los de la alienación humana existente en los países más avanzados.

El amor de Dios es verdaderamente el factor decisivo de una ética del trabajo; olvidarlo o negarlo es olvidar o negar la prioridad del hombre, la dignidad y la finalidad humana del trabajo. Este factor decisivo está siempre presente, aunque sea como sacrificado en los altares de una dinámica del mercado o de la producción que se pretende independiente del sujeto concreto.

La Iglesia, en cambio, en cumplimiento de su misión a favor del hombre, anunciará siempre de nuevo el amor de Dios, despertando a la persona a la conciencia de su dignidad y destino, acompañándola y sosteniendo sus fuerzas morales en la fatiga del camino (Cf. BENEDICTO XVI, Deus caritas est, 28a, 29ª). De esta manera, el hombre es ayudado a vivir con dignidad e inteligencia el propio trabajo, de modo que pueda hacerlo responsablemente, en primera persona, sin separarlo del fruto de la propia realización personal; y es conducido, al mismo tiempo, a percibir las exigencias del amor al prójimo, exigencias de justicia y caridad siempre presentes en las diferentes circunstancias de la historia.

El amor de Dios se revela así, en conclusión, baluarte de la prioridad de la persona humana, de la propia libertad del trabajador, y principio de fraternidad y solidaridad verdadera.