El amor puede vencer sufrimientos y dificultades

Lizomar Dos Santos cuenta como gracias a la experiencia de Dios ha sido posible responder con el bien a tantas dificultades de la vida

Ciudad del Vaticano, (Zenit.org) Antonio Gaspari | 815 hits

Durante la Vigilia de Pentecostés el 18 de mayo, antes del encuentro del papa Francisco con los movimientos, las nuevas comunidades, las asociaciones y las agregaciones laicales en peregrinación a la tumba del apóstol Pedro, hubo diversos testimonios.

Publicamos el de Lizomar Dos Santos, brasileño que vive su espiritualidad en los Focolares.

Lizomar viene del noreste de Brasil y está actualmente en Italia para algunos años de formación en el movimiento de los Focolares.

Soy el quinto de una familia de seis hijos. Mi padre es viudo y se casó con mi madre y trajo consigo a dos hijos de los que mi madre también se hizo cargo.

Cuando tenía un año, mi padre se fue de casa dejando a mi madre embarazada del sexto hijo y con los otros hijos pequeños. Nuestra situación se convirtió en crítica: no teníamos nada para comer y nos quedamos solo con lo esencial.

No teníamos dinero para la factura y nos cortaron la luz y después el gas.

Durante años hemos vivimos usando lámparas de aceite y cocinando con leña.

Mientras tanto mi padre se fue con otra mujer y tuvo otros hijos, pero mi madre nos enseñó siempre a reconocerle como padre.

Cuando le veíamos, ella nos decía: ese es vuestro padre, id y pedirle la bendición.

Hasta los dieciocho años fui vendedor ambulante. A menudo me escondía cuando veía a un amigo porque me avergonzaba.

También fui agricultor y albañil. Después me convocaron para trabajar como voluntario en el ministerio de Justicia, donde a base de mi esfuerzo, me dieron un buen puesto de trabajo.

Un día un amigo me invitó a un encuentro con un movimiento del que él formaba parte. Fui y allí descubrí a Jesús, que había sufrido y vivido el abandono en la Cruz. Podía dar significado a mi sufrimiento personal y al de mi familia.  

Creí que todo podía tener un sentido y que mi dolor me hacía más sensible al sufrimiento de los otros: este descubrimiento me acercó a Dios.

Después conseguí licenciarme en Letras. Tenía todo: estudios, un puesto seguro y fijo pero -creciendo en la relación con Dios- he sentido muy fuerte su llamada a donarme a Él, a dejarlo todo para seguirlo.

Puedo testimoniar que la experiencia más fuerte de mi vida, que hoy es una certeza, es la experiencia que el dolor me ha conducido y conduce a un encuentro personal con Dios y a un amor nuevo hacia el prójimo.