El amor y la fe derrotan la separación

Alfonso y Betti cuentan la historia de una separación que se ha resuelto con una renovación de las promesas matrimoniales y de un amor todavía más grande

Ciudad del Vaticano, (Zenit.org) Antonio Gaspari | 1113 hits

Durante la Vigilia de Pentecostés el 18 de mayo, antes del encuentro del papa Francisco con los movimientos, las nuevas comunidades, las asociaciones y las agregaciones laicales en peregrinación a la tumba del apóstol Pedro, hubo diversos testimonios.

Publicamos el de Alfonso y Betti Riccucci, una pareja que vive su espiritualidad en la Renovación Carismática Católica.

Betti: Alfonso y yo nos conocimos en 1983 y después de tres años de noviazgo decidimos casarnos. Único motivo: estábamos enamorados. La boda la celebramos en la iglesia, exclusivamente por el "lugar" y a ninguno de los dos se le ocurrió invitar a Jesús y a su Madre.

Ni siquiera el curso prematrimonial desarraigó nuestra convicción de que la elección de un matrimonio por la iglesia no tenía nada que ver con la fe.

Pronto llegó el feliz nacimiento de dos espléndidos hijos, un niño y una niña. Mientras tanto comenzaron los primeros síntomas de un gran inconveniente que estaba a punto de caer sobre nosotros, al que no sabíamos dar un nombre.

Eran agujeros en el alma que pueden ser rellenados sólo con el amor de Dios pero que cada uno de nosotros intenta llenar con otras cosas: el trabajo, el deporte, los encuentros con los amigos, el cuidado excesivo del cuerpo para combatir los signos del tiempo.

Yo me convencí de que la única solución a nuestro mal era tener más niños, pero con tan solo treinta años me encontré con un diagnóstico médico irreversible, no podía tener más hijos. Esto acentuó crisis posteriores. En enero del 2009 mi marido se fue de casa, después de haber escuchado una frase terrible por mi parte "ya no te quiero".

En los meses de separación vivimos en ciudades diferentes y nos hicimos mucho daño en "palabras y obras": ninguno podía perdonar al otro por todo el no amor recibido en 23 años.

Alfonso: Recuerdo la desilusión, el sufrimiento de esos días. El deseo de que mi vida acabase cuanto antes. Había perdido todo lo que más quería y no tenía ninguna esperanza de encontrar la paz.

Tuve la gracia de encontrarme con algunos amigos que habían decidido poner sus vidas en las manos de Jesús. Me acompañaron al encuentro con ese Dios que yo creía lejano, pero que sin embargo se estaba haciendo cercano.

Aprendí a perdonar y a rezar por mi familia perdida. Confié a la Virgen a Betti y a los niños y encontré la paz en la amistad con Jesús. Descubrí, aún en el sufrimiento, la fuerza y la belleza de la vida.

Betti: En octubre de ese mismo año nos encontramos en los tribunales para la sentencia definitiva. Mi marido, discutiendo con su abogado, dijo que no quería quedarse con nada, que me daría cada mes lo que yo pidiera, ofreciéndose a ayudarme en cualquier otra necesitad.

Pensé que era una estrategia para reconquistarme. Salí del tribunal, él me saludó y se fue sin pedir nada a cambio.

"Entonces es amor" pensé, "porque el amor es así, gratis".

Lo paré y le invité a tomar un café para conocer a ese hombre que me parecía ver por primera vez. Entendí que estaba enamorado de Jesús y que Jesús le había dado la vida de nuevo.

Yo estaba sin palabras. Mientras tanto, yo también había comenzado un camino de fe. Después de haber hablado y habernos descubierto como personas nuevas decidimos recurrir a la atención de una sabia persona del movimiento al que hoy pertenecemos. Él nos ayudó a hacer luz sobre nosotros mismos y nos recordó que el matrimonio no es sólo una promesa que se hacen los novios delante de Dios, sino es Dios mismo que promete conceder la gracia de amar como Él.

Volvimos a casa juntos y desde esa misma noche nuestro matrimonio volvió a vivir: hoy no dejamos de dar gracias a Jesús. Al que le debemos toda nuestra gratitud, nuestro amor, nuestra vida.

El 14 de septiembre del 2011 presentación de la Santa Cruz, celebramos lo 25 años de matrimonio con una ceremonia litúrgica en la que los invitados de honor eran precisamente Jesús y María.

Traducido del italiano por Rocío Lancho García