El amor y la paz de Jesús

Comentario al evangelio del Domingo 6° de Pascua/C

Santiago, (Zenit.org) Jesús Álvarez SSP | 1189 hits

«Jesús dijo: Si alguien me ama, guardará mis palabras, y mi Padre lo amará. Entonces vendremos a él para poner nuestra morada en él. El que no me ama, no guarda mis pala-bras; pero el mensaje que escuchan no es mío, sino del Padre que me ha enviado. Les he dicho todo esto mientras estaba con ustedes. En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho. Les dejo la paz, les doy mi paz. La paz que yo les doy no es como la que da el mundo. Que no haya en ustedes angustia ni miedo». (Jn. 14, 23-29) 

¿Quién no desearía estar de continuo con la persona a la que más se ama y que más le ama? Y esa persona que más nos ama es el mismo Jesús resucitado, presente en nuestra persona, según su promesa infalible: “Estoy con ustedes todos los días” (Mt. 16, 20).

Pero ¿es de verdad que Jesús es la persona a quien más amamos, en cuyo amor creemos y deseamos estar con Él, como Él desea estar con nosotros…?

Jesús hace una promesa inaudita a quienes lo aman de verdad: “Quien me ame, guardará mis palabras, lo amará mi Padre, vendremos a él y fijaremos nuestra morada en él” (Jn. 14, 23). ¡Inaudita e increíble promesa para la mente humana! Pero nos asegura la misma palabra de Jesús: “Para Dios no hay nada imposible” (Mt. 18, 27).

¡Somos templo de la Santísima Trinidad! No hay dignidad tan grande como ésa. “Te buscaba por fuera y tú estabas dentro de mí” (San Agustín).

Ese gran misterio de vida, amor, luz y vida divina debe llenarnos de júbilo, paz, gratitud y esperanza invencibles. Mas es indispensable pedir la luz del Espíritu Santo para creerlo y vivirlo. Es el cielo ya en la tierra.

Y no se trata de un privilegio exclusivo de místicos y santos que, por lo demás, son los que mejor han vivido esa sublime realidad; sino que se trata de una experiencia puesta por el mismo Dios al alcance de todo creyente. Y más aún: es necesario creer en la Trinidad --nuestra eterna Familia de origen y de destino--, y amarla para ser creyentes de verdad.

Ante tan “divina” oferta del amor de Dios, solo nos queda abrirnos humildemente agradecidos, pidiendo al Espíritu Santo que nos capacite para ser templo donde la Trinidad se encuentra de veras a gusto, y nosotros a gusto con Ella, en una relación sencilla, humilde, amorosa, íntima y permanente con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, que se abajan a vivir en nosotros.

Es necesario meditar y vivir esta inaudita promesa de nuestro Salvador. Por su parte Dios no falla; pidámosle en nombre de Jesús no fallar nosotros por indiferencia o incredulidad ante esa infinita condescendencia divina.

Nuestros pecados, pasados y presentes, no pueden impedir este milagro divino, sino que son eliminados por ese amor mutuo con la Trinidad: “Se le perdonó mucho, porque amó mucho” (Lc. 7, 47), dijo Jesús saliendo en defensa de una gran pecadora.

Jesús nos libra de la angustia con la oferta de su paz: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten por nada ni teman!” (Jn. 14, 27). ¿Cómo inquietarse y temer, sabiendo que la Trinidad, tierno poder infinito, habita en nosotros y está totalmente a nuestro favor? Por más que nos pareciera lo contrario...

La Eucaristía (que significa acción de gracias) es el gesto máximo de la presencia trinitaria y de nuestra gratitud y amor a Dios por ese misterio entrañable: “Quien me come, vivirá por mí” (Jn. 6, 57).

Y su último gesto de amor será el llamarnos por la resurrección a compartir su vida trinitaria. No podemos desperdiciar tan grande privilegio y milagro permanente.