El arte sacro y la belleza (II)

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ROMA, martes 15 de febrero de 2011 (ZENIT.org).- En la Constitución de la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II, Sacrosantum Concilium, está escrito que las obras de arte sacro “Por su naturaleza, están relacionadas con la infinita belleza de Dios, que intentan expresar de alguna manera por medio de obras humanas. Y tanto más pueden dedicarse a Dios y contribuir a su alabanza y a su gloria cuanto más lejos están de todo propósito que no sea colaborar lo más posible con sus obras para orientar santamente los hombres hacia Dios” (n.122).

Las obras de arte religiosa y sacra, deben, por tanto y “de cualquier forma” expresar la belleza divina, la infinita belleza divina, con la que mantienen una relación natural, que es propia de su naturaleza. A través de la expresión de la belleza, y en la manera en que se orientan hacia la Belleza infinita, pueden explicar su “único”fin de dirigir “religiosamente” las almas a Dios.

Pero, ¿qué es la belleza?

La tradición -pero incluso antes que esta hay en su base una auténtica reflexión sobre cuanto consta en la experiencia común- vincula la belleza a una experiencia de los sentidos que excede a los mismos. Ya en la especulación platónica, la belleza está descrita en su complejidad de realidad ideal visible a través de los ojos. En el Fedro leemos: “En cuanto a la belleza, ella brilla, como ya he dicho, entre todas las demás esencias, y en nuestra estancia terrestre, donde lo eclipsa todo con su brillantez, la reconocemos por el más luminoso de nuestros sentidos. La vista es, en efecto, el más sutil de todos los órganos del cuerpo. No puede, sin embargo, percibir la sabiduría, porque sería increíble nuestro amor por ella, si su imagen y las imágenes de las otras esencias, dignas de nuestro amor, se ofreciesen a nuestra vista, tan distintas y tan vivas como son. Pero al presente sólo la belleza tiene el privilegio de ser a la vez un objeto tan sorprendente como amable” (1).

También la tradición escolástica, analiza la belleza como un disfrute que parte del conocimiento sensorial superándolo después, como en el pensamiento de santo Tomás, la famosa afirmación “Pulchrum est quod visum placet (Summa Theologiae, I, q. 5, a. 4, ad 1um), indica que de lo bello importa la aprehensión y en modo especial el disfrute: lo bello es “agradable al conocimiento”(2), porque lo bello exige ser “conocido” por un ser que tenga alma racional.

La belleza se caracteriza, para santo Tomás como “integritas sive proportio”, es decir la certeza, en la “debita proportio sive consonantia”,o la armonía proporcional, y como la “claritas”, o en el esplendor corpóreo o espiritual. Todo esto se traduce en un estrecho vínculo entre belleza y orden; ya san Agustín afirmaba que: “No hay nada ordenado que no sea bello: como dice el Apóstol, todo orden viene de Dios”. (3)

El placer causado por la belleza reúne no sólo a los sentidos, sino a toda la persona: emociones y pasiones; razón e intelecto; y se trata de un placer no destinado a lo útil, por tanto es un placer desinteresado, un placer por placer: es decir un probar placer frente a cualquier cosa que se conoce, sin quererla comprar, poseer, modificar, firmar.

El placer que se disfruta en el conocimiento de lo bello, encuentra razón en el hecho de que las cosas bellas son además verdaderas y buenas. De hecho, nos gustan los originales, no las imitaciones, nos gustan las cosas buenas, no las malas.

También para los griegos, el tema de la belleza, investigado principalmente desde la visión ontológica se encuentra indisolublemente unido al bien.

Según santo Tomás, lo bello y lo bueno “se identifican en el sujeto, porque se basan en la misma realidad, es decir en la forma, y por esto lo que es bueno es alabado como bello” (4). Lo bello implica una forma que despierta admiración y se refiere al intelecto, mientras que el bien implica una forma que atrae y se refiere a la voluntad. Podemos decir que el disfrute de la belleza es alegría en el conocimiento del bien: une conocimiento y alegría, participando toda la persona.

La belleza de la realidad es un signo de la belleza del Creador. Las perfecciones de Dios son conocidas por nosotros a partir del conocimiento de la realidad creada. Toda belleza es participación de la belleza divina.

Juan Pablo II en la Carta a los Artistas, escribió: “Por eso la belleza de las cosas creadas no puede saciar del todo y suscita esa arcana nostalgia de Dios que un enamorado de la belleza como san Agustín ha sabido interpretar de manera inigualable: ¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé!” (n.16).

Las artes de la pintura, escultura y de la arquitectura colocadas en el pensamiento cristiano, tienen también el deber de escrutar y describir tal belleza, traduciéndola, a través de los medios propios de cada disciplina, en un canto de alegría, que expresando el amor de Dios hacia el hombre, sea capaz de ser el canto, hecho con arte, que toda la Iglesia levanta al cielo, como agradecimiento.

Por tanto, el artista no sólo debe conocer la belleza, sino que debe contemplarla; por este motivo el artista es el primer testigo de la verdad de la belleza. Además el artista de obras de arte sacro, por su particular condición, no puede ser otra cosa que un verdadero cristiano, que vive su propia vocación artística en constante oración.

Por Rodolfo Papa*

Platón, Fedro, 250 D-E

Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, II-II, 27, 1, ad 3u

« Nihil enim est ordinatum, quod non sit pulchrum. Et sicut ait apostolus: Omnìs ordo a deo est» Agostino, De vera Religione, cap. XLI (trad. it. a cura di O. Grassi, Milano 1997, pag. 136).

Santo Tomás de Aquino, Summa theol., I, 5, 4, ad 1um.

[Traducido del italiano por Carmen Álvarez]

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* Rodolfo Papa es historiador de arte, profesor de historia de las teorías estéticas en la Facultad de Filosofía de la Pontificia Universidad Urbaniana de Roma; presidente de la Accademia Urbana delle Arti. Pintor, miembro ordinario de laPontificia Insigne Accademia di Belle Arti e Lettere dei Virtuosi al Pantheon. Autor de ciclos pictóricos de arte sacro en diversas basílicas y catedrales. Se interesa en cuestiones iconológicas relativas al arte del Renacimiento y el Barroco, sobre el que ha escrito monografías y ensayos; especialista en Leonardo y Caravaggio, colabora con numerosas revistas; tiene desde el año 2000 un espacio semanal de historia del arte cristiano en Radio Vaticano.