El cáliz de la gloria

Comentario al evangelio del Domingo 29º T.O./B

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ROMA, jueves 18 octubre 2012 (ZENIT.org).-Ofrecemos el comentario al evangelio del próximo domingo de nuestro colaborador padre Jesús Álvarez, paulino.

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Por Jesús Álvarez SSP

Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: - Maestro, concédenos que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda cuando estés en tu reino. Jesús les dijo: --Ustedes no saben lo que piden. ¿Pueden beber la copa que yo estoy bebiendo o ser bautizados como yo soy bautizado? Ellos contestaron: -- Sí, podemos. Jesús les dijo: -- Pues bien, la copa que yo bebo, la beberán también ustedes, y serán bautizados con el mismo bautismo que yo estoy recibiendo; pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me corresponde a mí concederlo; eso ha sido preparado para otros. Los otros diez se enojaron con Santiago y Juan. Jesús los llamó y les dijo: --El que quiera ser el más importante entre ustedes, debe hacerse el servidor de todos, y el que quiera ser el primero, se hará esclavo de todos. Sepan que el Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida como rescate por todos”. (Mc. 10,32-45)

Ante un padre que agoniza entre indecibles dolores, sus cinco hijos e hijas se pelean por la herencia. Algo así sucede con los discípulos de Jesús: se disputan los primeros puestos del ansiado reino temporal de Jesús, mientras el Maestro está viviendo en la angustia de la muerte inminente. No pueden ni sospechar que la victoria triunfal del Maestro será el resultado de su fracaso temporal en la cruz.

También hoy, mientras Cristo sufre y muere en millones de seres humanos, hijos del mismo Padre, incluso una buena parte de los mismos cristianos, viven indiferentes ante el sufrimiento y muerte de sus hermanos, y se enredan en una lucha vergonzosa por el poder, el dinero y los privilegios.

Jesús pregunta a Santiago y a Juan si están dispuestos a pagar el precio de lo que piden: "beber el cáliz” de su pasión y muerte. Responden que sí, pero no saben lo que dicen. Con todo, beberán el cáliz del martirio, a imitación de Cristo crucificado, que les dará infinitamente más de lo que pedían: la resurrección, la vida eterna e insospechados puestos de gloria en su Reino eterno.

También en nuestra Iglesia hay quienes se disputan mezquinamente puestos, poder y privilegios. Pero la autoridad en la Iglesia no puede ser sino un servicio salvífico, ejercido a imitación de Cristo muerto y resucitado, y en su nombre: “En esto hemos conocido lo que es amor: en que Él dio la vida por nosotros. Así también nosotros hemos de dar la vida por los hermanos” (1Jn. 3, 16). “Nadie tiene un amor tan grande como quien da la vida por los que ama”(Jn. 15, 13).

El servicio de la autoridad en la Iglesia, solo se puede vivir en la perspectiva de la cruz, de la resurrección y del amor; de lo contrario se pervierte en despotismo indigno. El máximo honor en la Iglesia no debe ser para quienes más poder tienen, sino para quienes más aman. La autoridad se hace cruz de servicio por el amor, hasta imitar a Jesús en el máximo servicio: dar la vida por los que ama.

Pero dar la vida no significa solo morir, sino proyectar la vida entera como donación por el bien y la salvación de los hombres, para así recuperarla en total plenitud en la resurrección.

Jesús, pagando por nuestra vida el precio de su muerte, adquirió para sí y para nosotros, la victoria total y definitiva sobre su muerte y sobre la nuestra, mediante su muerte y su resurrección.

Jesús nos exige vivir en el amor sin dominio posesivo sobre los demás. Y si tenemos alguna autoridad, usémosla como servicio de amor salvífico, imitándolo a Él, sin evadir responsabilidades y exigiendo el cumplimiento de responsabilidades por parte de aquellos a cuyo pastoreo Él nos ha encomendado