El Camino Neocatecumenal recibirá la aprobación definitiva de sus Estatutos

El cardenal Stanislaw Rylko entregará mañana el Decreto a los iniciadores

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CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 12 junio 2008 (ZENIT.org).- El cardenal Stanislaw Rylko, presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, entregará este viernes a los Iniciadores del Camino Neocatecumenal, Kiko Argüello y Carmen Hernández, el decreto de aprobación definitiva de los estatutos de esta realidad eclesial.

 

El acto tendrá lugar a las 11 del la mañana en el Aula magna del Consejo Pontificio para los Laicos, y en él, el cardenal Rylko encontrará a Kiko Argüello y Carmen Hernández, que junto con el sacerdote italiano Mario Pezzi forman el Equipo internacional responsable del Camino.

El cardenal Rylko les entregará el decreto de aprobación, junto con el texto final de los Estatutos. Después, los miembros del equipo presentarán públicamente el texto, en una rueda de prensa que se celebrará a las 16 horas en la sede del Camino Neocatecumenal en Roma (via del Mascherino, 52).

Cuarenta años de historia

Desde las miserables chabolas de Palomeras Altas (Madrid) a mediados de los años 60, hasta la aprobación oficial de sus estatutos por parte de la Santa Sede, el Camino Neocatecumenal iniciado por los españoles Kiko Argüello y Carmen Hernández ha recorrido un largo camino no desprovisto de vicisitudes.

Este proceso de iniciación cristiana inspirado en el catecumenado bautismal de adultos es jurídicamente distinto de las asociaciones de fieles, pues se ofrece a los obispos y se desarrolla en las parroquias en pequeñas comunidades integradas por personas de toda edad y condición. Su finalidad es la maduración en la fe y la integración plena en la parroquia de sus miembros.

El Camino fue iniciado por el pintor Kiko Argüello, converso desde el existencialismo ateo, y la misionera Carmen Hernández, y se gestó entre prostitutas, gitanos y expresidiarios, como una forma novedosa de evangelización de los "alejados".

El arzobispo de Madrid, monseñor Casimiro Morcillo, fue el primer prelado en apoyar esta experiencia, a su vuelta del Concilio Vaticano II. Las primeras comunidades nacieron en parroquias de Zamora, Madrid y Roma, hoy están presentes en cerca de 5.000 parroquias de los cinco continentes.

La originalidad de este Camino es haber encontrado una síntesis catequética al estilo de los evangelizadores de los primeros siglos del cristianismo, válida tanto para los bautizados, practicantes o no, como a los no cristianos: la centralidad del "kerigma", del anuncio de Cristo muerto y resucitado, y la vivencia de la fe en pequeñas comunidades.

El proceso se inicia con una catequización kerigmática por la que se constituye una comunidad, y concluye, después de varios años y varias etapas, con la renovación solemne de las promesas bautismales ante el obispo diocesano, a quien la comunidad se ofrece para ayudar en las necesidades pastorales de las parroquias.

Según sus explican sus iniciadores, el Camino responde concretamente a muchas de las intuiciones pastorales del Concilio Vaticano II, como el redescubrimiento de la Vigilia Pascual, la participación evangelizadora de los laicos o la potenciación de los seminarios diocesanos misioneros, entre otras. Quizá la más novedosa sea el envío de "familias en misión", a petición de los obispos locales, para promover, junto con un sacerdote, la "implantatio ecclesiae" en aquellos lugares en los que no existe la Iglesia católica.

Desde sus inicios, la actitud de los distintos Papas, desde Pablo VI hasta Benedicto XVI ha sido favorable hacia el Camino Neocatecumenal; especialmente, fue Juan Pablo II bajo cuyo largo pontificado este Camino tuvo sus primeros reconocimientos oficiales.

El primero fue en 1990, en forma de carta de reconocimiento al Pontificio Consejo para los Laicos, en el que se le definía como "un itinerario de formación católica válida para nuestra sociedad y para el hombre actual".

Después, el 29 de junio de 2002, se aprobaban por decreto de este mismo Consejo los Estatutos del Camino "ad experimentum" durante un periodo de cinco años, que concluye con la presente aprobación definitiva.

Por Inmaculada Álvarez