El campo en agonía

Monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas

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SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS, sábado, 7 de noviembre de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos el artículo que ha escrito monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas, con el título "El campo en agonía".



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VER

Es doloroso ver abandonados tantos campos de cultivo. Hace años, cientos de hectáreas de bosques fueron taladas, para sembrar maíz y frijol, y para programas ganaderos. Hoy están abandonadas o erosionadas. Los campesinos nos dicen que no les es costeable producir lo que siempre habían sembrado, ni engordar ganado, pues les sale muy caro. Es más barato comprar alimentos en el extranjero, aunque sean transgénicos, que producirlos aquí. Algunos siguen trabajando sus tierras sólo para subsistir, para asegurar la comida, y por la fuerza de la tradición, que los hace apegados a la tierra, a la que consideran una madre que les da vida, de parte de Dios. Es poco lo que les queda para comercializar y la mayoría carece de recursos tecnológicos. No son flojos, aunque algunos dejan de trabajar por la dependencia que generan ciertos programas de gobierno, y por el alcoholismo que les engaña con un consuelo pasajero.

 

Es innegable que los gobiernos han hecho esfuerzos por salvar al campo; han generado programas y apoyado iniciativas; han estimulado productos alternos; sin embargo, ante los enormes subsidios que otros países dan a sus agricultores, es imposible competir, y casi subsistir. Por ello, la migración no se detiene y algunos llegan al suicidio, al no poder cubrir sus necesidades básicas, ni pagar sus deudas.

 

JUZGAR

Al respecto, el Papa Benedicto XVI dice en su Encíclica Caritas in veritate: "En muchos países pobres persiste, y amenaza con acentuarse, la extrema inseguridad de vida a causa de la falta de alimentación: el hambre causa todavía muchas víctimas. El hambre no depende tanto de la escasez material, cuanto de la insuficiencia de recursos sociales, el más importante de los cuales es de tipo institucional. El problema de la inseguridad alimentaria debe ser planteado en una perspectiva de largo plazo, eliminando las causas estructurales que lo provocan y promoviendo el desarrollo agrícola de los países más pobres mediante inversiones en infraestructuras rurales, sistemas de riego, transportes, organización de los mercados, formación y difusión de técnicas agrícolas apropiadas, capaces de utilizar del mejor modo los recursos humanos, naturales y socio-económicos, que se puedan obtener preferiblemente en el propio lugar, para asegurar así también su sostenibilidad a largo plazo. Todo eso ha de llevarse a cabo implicando a las comunidades locales en las opciones y decisiones referentes a la tierra de cultivo. En esta perspectiva, podría ser útil tener en cuenta las nuevas fronteras que se han abierto en el empleo correcto de las técnicas de producción agrícola tradicional, así como las más innovadoras, en el caso de que éstas hayan sido, tras una adecuada verificación, reconocidas convenientes, respetuosas del ambiente y atentas a las poblaciones más desfavorecidas. Al mismo tiempo, no se debería descuidar la cuestión de una reforma agraria ecuánime en los países en desarrollo" (27).

 

ACTUAR

Legisladores, gobernantes, economistas e inversionistas deben atacar el problema estructural, a nivel nacional e internacional; mientras tanto, sugerimos a los campesinos:

 

Amar la tierra y cuidarla. No quemar bosques, ni tirar árboles irracionalmente. Hacer terrazas en las parcelas en declive, para que no se vaya al río la tierra buena y se queden sólo las piedras, que con el tiempo generan desiertos. Evitar los insumos químicos y probar la eficacia y rentabilidad de los abonos orgánicos. Discernir qué programas de gobierno les pueden en verdad beneficiar, sin hacerse dependientes y esclavos. Estar abiertos para probar otras siembras y nuevos métodos, combinando la sabiduría de los mayores con los avances de la ciencia. Organizarse en cooperativas de productores y comerciantes, para unir fuerzas y enfrentarse al mercado globalizado, en el que los pequeños no caben. No dejarse atrapar por el consumismo al que induce la publicidad, y no querer presumir con las últimas modas en celulares, videos, ropa y diversiones. Amar y gozar la digna y noble austeridad, por decisión propia y convencida, sostenida por la Palabra de Dios.