El cardenal Silvestrini analiza las lecciones de los últimos escándalos financieros

«La ética y la religión no deben quedarse en casa cuando vamos al trabajo»

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ROMA, miércoles, 26 mayo 2004 (ZENIT.org).- Ante los escándalos financieros y fracasos de grandes empresas que han caracterizado el mercado mundial, hay que replantear la ética de las empresas, ha pedido un cardenal de la Curia romana.



El cardenal Achille Silvestrini, prefecto emérito de la Congregación para las Iglesias Orientales, hizo esta constatación al intervención ante un congreso de la Unión de Industriales de Roma organizado el 20 de mayo con el lema «Empresa, ética y legalidad».

«Las últimas dos décadas han sido ciertamente de gran desarrollo económico, pero también de grandes fracasos morales para la comunidad económica», comenzó constatando el purpurado italiano.

«La legalidad es ciertamente una guía fundamental para la actividad económica y debería ser algo obvio para los hombres de empresa», explicó.

«De hecho, la empresa no podría sobrevivir sin el orden legal, pues los contratos --sobre los que se rige todo el sistema-- no tienen vigencia sin el respeto de todos por la ley».

«Por este motivo, cuando se da un delito en el mundo de la empresa el escándalo es doble: escándalo por el fracaso moral y escándalo porque es un atentado suicida contra el mismo sistema», explicó Silvestrini.

«Más libertad presupone mayor responsabilidad», afirmó el cardenal, aclarando que «las reglas no tienen que ser vistas como un límite a la libertad, sino desde una perspectiva auténticamente social, como garantía para el derecho de todos».

Silvestrini subrayó la importancia de la dimensión social del trabajo, citando la encíclica «Centesimus annus» de Juan Pablo II (1 de mayo de 1991), en la que habla de la empresa como «una comunidad de trabajo».

«La Iglesia no deja de proclamar los principios del bien común y de la solidaridad como brújula de toda actividad social», subrayó el purpurado.

«Como seres humanos --subrayó--, estamos llamados a hacer de nuestro trabajo un medio para alcanzar una vida armoniosa, en la que crezcamos en una humanidad plena. Sería una contradicción terrible y algo absurdo si nuestro trabajo acabara haciéndonos menos humanos».

Por eso, concluyó, «la ética y la religión no deben quedarse en casa cuando vamos al trabajo».