El cardenal Sodano pide reformas en la ONU

En particular, apoya la creación de una Comisión para la construcción de la paz

| 1084 hits

NUEVA YORK, domingo, 18 septiembre 2005 (ZENIT.org).- La mano derecha de Benedicto XVI en la guía de la Santa Sede tomó el 16 de septiembre la palabra en la cumbre de Cumbre de jefes de estado y de gobierno de 170 países para subrayar la necesidad de las Naciones Unidas y al mismo tiempo exigir una reforma de esta institución.



El cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado, reconoció que esta institución, que celebra sus sesenta años, respaldó en particular la labor para promover la paz, por lo que apoyó la creación de una «Peacebuilding Comission», una Comisión para la construcción de la paz.

La ONU, «como toda realidad humana» --reconoció el purpurado italiano--, «ha sufrido muchos desgastes en el transcurso de estos años. Hay ahora una común convicción de que debe renovarse, afrontando los grandes retos del momento presente».

«La ONU no es ciertamente un supergobierno --advirtió--. Es más bien el resultado de la voluntad política de cada uno de los países miembros».

Por este motivo, haciéndose portavoz de la «gente común», reclamó a los responsables de las naciones: «dadnos una institución moderna, capaz de tomar determinaciones y de hacerlas respetar».

«Este es un llamamiento apremiante que llega hasta nosotros por parte de hombres y mujeres decepcionados por promesas hechas y no cumplidas, por resoluciones adoptadas y no respetadas», afirmó.

«Este grito debe infundirnos la determinación necesaria para emprender una reforma institucional de la ONU, una reforma que esté atenta a las exigencias reales de nuestros pueblos más que a los equilibrios de poder», aclaró.

La intervención del cardenal era esperada entre las cancillerías de varios países para ver si en esta materia se daba un cambio entre la diplomacia seguida por Juan Pablo II y la de Benedicto XVI. El mismo cardenal Sodano, en una entrevista concedida el 15 de septiembre al diario italiano «La Stampa» aclaraba que en estas cuestiones en la Santa Sede se da «la bella tradición de la continuidad».

Entre las ideas de reforma para la ONU, Sodano insistió en ofrecer los «instrumentos jurídicos internacionales necesarios para el desarme y para el control del armamento, para la lucha contra el terrorismo y el crimen transnacional y para la cooperación efectiva entre las Naciones Unidas y los organismos regionales, a fin de resolver las situaciones de conflicto».

En este sentido, aseguró, «la Santa Sede es favorable a la creación de un organismo para llevar de nuevo la paz a los países que sufren enfrentamientos armados. La Santa Sede es favorable a la "Peacebuilding Comission", que podría planificar y poner en práctica una ambiciosa estrategia para superar aquellos factores de rivalidades étnicas que son la causa de los conflictos y que pueden volver a serlo en el futuro».

«Las tragedias acaecidas en los Balcanes, en Medio Oriente y en África nos deben hacer meditar. Ahora es importante el compromiso que asumamos para fomentar una cultura de prevención de los conflictos, pero también será necesario profundizar bien en el problema del uso de la fuerza para desarmar al agresor», aclaró.

«La "Responsabilidad de proteger" tiene su origen en un concepto político y jurídico muy importante, desarrollado progresivamente en los 60 años de existencia de la ONU. Ello nos recuerda, esencialmente, la preeminencia de la dignidad de cada hombre o mujer sobre el Estado y sobre todo sistema ideológico»

Ante esta reforma de la ONU, afirmó el cardenal, la Santa Sede pide a los Estados que «tengan la valentía de continuar los debates sobre los modos de aplicación y las consecuencias prácticas del principio de la "Responsabilidad de proteger"».

Esta obligación, aclaró, debe ejercerse «a través del Consejo de Seguridad y siguiendo las indicaciones del capítulo VII del Estatuto de la ONU», ante aquellas «situaciones en las cuales las autoridades nacionales no quieren o no pueden proteger a sus propias gentes, frente a las amenazas internas y externas».

A esta obligación, Juan Pablo II había dedicado algunos elocuentes discursos, particularmente en los años noventa, y le dio el nombre de «intervención humanitaria».