«¡El cristianismo es la religión de la gracia!», según el predicador del Papa

En su tercera predicación de Adviento ante Benedicto XVI y sus colaboradores

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CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 16 diciembre 2005 (ZENIT.org).- Hay algo que diferencia al cristianismo del resto de las religiones, la salvación no depende ante todo del hombre, sino de Dios que ha salido a su encuentro para salvarle, constata el predicador del Papa.



«¡El cristianismo es la religión de la gracia!», exclamó el padre Raniero Cantalamessa OFMCap prosiguió este viernes al continuar sus reflexiones --ante el Papa y sus colaboradores de la Curia romana-- sobre la «La fe en Cristo hoy» como preparación a la Navidad.

En esta ocasión, propuso tomar contacto con la fe del apóstol Pablo para descubrir en toda su extensión «la justicia que deriva de la fe en Cristo».

Esta es «la novedad que distingue a la religión cristiana» de cualquier otra, aclaró: «el Cristianismo no comienza por lo que el hombre debe hacer para salvarse, sino con lo que Dios ha hecho para salvarle».

Para el predicador del Papa, la justificación gratuita mediante la fe en Cristo «debe transformarse en experiencia vivida por el creyente».

Y lo hizo lamentando ante todo que «la justificación gratuita mediante la fe en Cristo» esté «prácticamente ausente de la predicación ordinaria de la Iglesia».

El punto de partida de su meditación fue la Epístola paulina a los Romanos (3, 23-26): «Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, pero son justificados gratuitamente por su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús».

El tema es corazón en los textos de san Pablo, y el propio san agustín ya decía --antes que Lutero-- que «la “justicia de Dios” es aquella gracias a la cual, por su gracia, él hace de nosotros justos (...), exactamente como la “salvación del Señor” (...) es aquella por la cual Dios hace de nosotros salvados», explicó.

El concepto de «justicia de Dios» lo aclara el propio Pablo en su Carta a Tito (3, 4-5) --subrayó--: «Cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres, él nos salvó, no por obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia».

Por ello «decir: “se ha manifestado la justicia de Dios” equivale a decir: se ha manifestado la bondad de Dios, su amor, su misericordia», apuntó el predicador del Papa.

«No son los hombres quienes, de improviso, han cambiado vida y costumbres y se han puesto a hacer el bien --subrayó--; la novedad es que Dios ha actuado, ha tendido el primero su mano al hombre pecador».

«La doctrina de la justificación gratuita por fe no es una invención de Pablo –puntualizó el padre Cantalamessa--, sino la pura enseñanza de Jesús», quien «al inicio de su ministerio» proclamaba: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el Evangelio».

«Lo que Cristo encierra en la expresión \"Reino de Dios\" --esto es, la iniciativa salvífica de Dios, su ofrecimiento de salvación a la humanidad--, San Pablo lo llama \"justicia de Dios\", pero se trata de la misma realidad fundamental», aclaró.

De forma que, «cuando Jesús decía: “Convertíos y creed en el Evangelio”, ya enseñaba por lo tanto la justificación mediante la fe», puntualizó

A partir de ahí «convertirse ya no significa volver atrás, a la antigua alianza y a la observancia de la ley; significa más bien dar un salto adelante, entrar en la nueva alianza, aferrar este Reino que ha aparecido, entrar en él. Y entrar en él mediante la fe», advirtió.

Y es que «Convertíos y creed» «no significa dos cosas distintas y sucesivas, sino la misma acción: convertíos, esto es, creed; ¡convertíos creyendo!», «pasad de la antigua alianza, basada en la ley, a la nueva alianza, basada en la fe», señaló el predicador de la Casa Pontificia.

E indicó que «la justificación gratuita mediante la fe debe transformarse en experiencia vivida por el creyente». «Los católicos tenemos en eso una ventaja enorme» por «los sacramentos y, en particular, el sacramento de la reconciliación», reconoció.

«Éste nos ofrece un medio excelente e infalible para experimentar de nuevo cada vez la justificación mediante la fe», constató.