El desafío de la mujer occidental: encontrar las condiciones para ser madre

El secreto según Janne Haaland Matlary para la realización de una mujer

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ROMA, 23 mayo 2001 (ZENIT.org).- «¿En qué consiste una vida feliz y realizada?», preguntó la profesora Janne Haaland Matlary, madre de cuatro hijos y ministro de Asuntos Exteriores de Noruega entre 1997 y 2000 al intervenir en el Congreso «Mujeres y culturas desde la perspectiva de un nuevo feminismo» organizado por el Ateneo Pontificio «Regina Apostolorum» de Roma entre el 22 y el 23 de mayo.



«Una vida feliz para una mujer en la sociedad occidental --respondió--afecta a tres esferas: la familia, el trabajo y la sociedad».

«Según mi opinión --añadió Matlary, catedrática de Ciencias Políticas en la Universidad de Oslo--, una vida feliz y realizada para una mujer consiste en tener la posibilidad de compartir su tiempo en estas tres esferas y en poder tomar parte en las tres, pero tenemos que considerar que las tres no tienen la misma importancia».

«Es natural que las mujeres dediquen más tiempo a criar a los hijos cuando son pequeños, al igual que es natural que decidan entregarse a un trabajo fuera de cada cuando los hijos ya han crecido. Esto puede ser válido también para los hombres».

Matlary, explicó que «ser padre o madre es una experiencia muy profunda desde el punto de vista existencial. No es simplemente un papel. Las mujeres son privilegiadas por ser quienes transmiten la vida, que es la manera en la que los seres humanos se acercan más a la creación».

«Esta participación en la creación --"durante nueve meses dentro de ti" y después, durante el resto de la vida, "fuera de ti"--, hace que nunca dejes de ser una madre, de modo que tiene una importancia fundamental para la mujer».

«El deseo de tener hijos es psicológico y biológico --aclaró--, pero desempeña un papel fundamental a la hora de transformarnos en mujeres maduras. Si atrasamos durante mucho tiempo la maternidad o tenemos sólo un hijo, nos negamos ante algo que es nuestro deber y que es natural».

«Como hija única --confesó Matlary-- conozco la soledad y el carácter poco natural de esta condición. Uno se convierte en pequeño adulto demasiado pronto. Es bueno tanto para el niño tener hermanos como para la madre el tener más hijos. Esto ha sido obvio para las generaciones pasadas, pero no lo ha sido para la nuestra».

Para la profesora noruega «tenemos que poder realizarnos como madres para poder participar en las otras dos esferas», el trabajo y la vida social. «Por ello --concluyó--, es necesario tener una buena vida familiar en la que se garanticen las condiciones para la maternidad. Esto depende tanto del marido como de las políticas sociales, y es hoy un desafío de primer orden para las mujeres occidentales».