«El drama de Europa sin Cristo»

Entrevista con Massimo Introvigne, director del Centro sobre Nuevas Religiones

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TURÍN, viernes, 18 agosto 2006 (ZENIT.org).- Europa tiene miedo de Cristo, y el invierno demográfico es un indicador típico «de las civilizaciones que están acabando». Parte con estas dos afirmaciones el nuevo libro del profesor Massimo Introvigne, director del Centro de Estudios sobre Nuevas Religiones (CESNUR), uno de los centros de investigación sobre nuevas religiones más importante de Italia.



Introvigne, autor de unos treinta libros sobre minorías religiosas, profundiza en esta entrevista concedida a Zenit en ese «temor a Cristo» que afronta en su libro publicado en italiano con el título «El drama de Europa sin Cristo - El relativismo europeo en el choque de civilizaciones» («Il drama dell’Europa senza Cristo - Il relativismo europeo nello scontro delle civiltà», editorial Sugarco).

--El drama de Europa es un título un poco pesimista. ¿Está tan mal?

--Introvigne: Pienso que no es un título demasiado fuerte. Juan Pablo II y Benedicto XVI han usado expresiones incluso más dramáticas.

Juan Pablo II usó la expresión «suicidio demográfico de Europa» y mi libro parte justo de este tema: en Europa el número de hijos por pareja (si se excluyen las parejas de inmigrantes, incluidos los inmigrantes que han adquirido la ciudadanía, que en algunos países como Francia alteran las estadísticas) está por debajo del nivel de sustitución natural de la población y es típico de las civilizaciones que se están acabando.

El hecho de que no nazcan hijos no es sólo un problema económico sino moral y religioso, y es el signo de una terrible crisis de esperanza. Sin esperanza una civilización se acaba.

La crisis moral se confirma también con la práctica y la legislación sobre temas como el matrimonio y la adopción por parte de parejas homosexuales, la eutanasia en Holanda, la experimentación con embriones.

Por último, hay una crisis de las instituciones europeas que no logran ponerse de acuerdo casi sobre nada ni hablar con una voz común. Cuando lo hacen, es sobre temas de escaso relieve o, peor aún, para tratar de imponer también a los países reluctantes una visión relativista de la moral sobre temas como el aborto, la bioética o las uniones homosexuales.

--El temor a Cristo hace daño a Europa, afirma usted. Pero hay muchos europeos que no pueden tener miedo, pues ni siquiera conocen a Cristo. ¿Es peor la ignorancia que el temor o el desdén?

--Introvigne: En realidad todos los europeos conocen a Cristo. Es suficiente salir de casa para ver que por todas partes hay signos del cristianismo --capillas, monumentos, iglesias…-- o consultar la literatura nacional.

La que alguno llama «cristofobia» es un rechazo consciente de esta herencia cristiana, un temor de las obligaciones sobre todo morales que comporta abrazar el cristianismo. Es verdad, fenómenos como el éxito de «El Código Da Vinci» demuestran que hay también mucha ignorancia religiosa. Pero eso no significa que no se conozca a Jesucristo.

Se sabe quién es, pero no se conocen las verdades de fe (e incluso de investigación histórica académica, laica) que se refieren a Él, porque se ha perdido el contacto con las instituciones religiosas y también porque se ha instaurado un clima relativista en el que un Dan Brown cualquiera es considerado con tanta autoridad como un obispo o incluso un profesor universitario, quizá no creyente, pero que conoce las fuentes históricas y no avalaría nunca las barbaridades de «El Código Da Vinci».

--¿Qué es el «capital religioso» al que usted se refiere en su libro?

--Introvigne: Según una escuela de sociología nacida en Estados Unidos, la de la economía religiosa, cada uno de nosotros tiene un «capital religioso» que está constituido por las creencias que ha adquirido en su juventud y de las que, incluso después de un rechazo o un alejamiento, queda algo de lo que no se separa fácilmente.

Por este motivo, cuando un europeo no practicante vuelve a la religión --cosa que hoy sucede cada vez más a menudo desde hace diez años-- es más fácil que vuelva al cristianismo, o a formas quizá lejanísimas de la ortodoxia pero que conservan símbolos y reminiscencias del cristianismo (como los testigos de Jehová), en lugar de convertirse al Islam o al budismo. La teoría de la economía religiosa sostiene que esto sucede porque se tiende a conservar el propio capital religioso. Quien en Europa vuelve a la religión católica desde el estatus de no practicante o agnóstico, o se hace pentecostal, o incluso testigo de Jehová, conserva en los tres ejemplos que acabo de poner una parte de ese «capital religioso» que le viene de la educación religiosa juvenil.

Quien en cambio se hace budista o musulmán debe renunciar a (casi) todo su capital religioso y construirse uno nuevo (casi) desde cero.

Por este motivo, aunque las conversiones al Islam o incluso al budismo sean más noticia en los periódicos, la mayor parte de los europeos --en particular tras el 11 de septiembre, que indujo a muchos a interrogarse sobre su identidad-- que vuelven a tener interés por la religión, vuelven más fácilmente y de manera más relevante desde el punto de vista de las estadísticas a formas cristianas o al menos conservan elementos y símbolos cristianos.

--Usted explica que desde hace 35 años forma parte del grupo católico laico «Alianza Católica». Alianza no se define como movimiento. ¿Qué es? ¿Una especie de grupo de pensamiento o grupo de presión?

--Introvigne: Preferimos el término «agencia», según la expresión de la exhortación apostólica «Ecclesia in Europa», es decir un grupo de laicos católicos comprometidos en un apostolado especializado, que para la Alianza Católica consiste en el estudio y en la difusión del magisterio pontificio, en particular social, y en la difusión de los elementos de juicio sobre los acontecimientos culturales, sociales y políticos contemporáneos a la luz de tal magisterio.

Naturalmente no confundimos los principios enunciados por el magisterio con la aplicación a los acontecimientos contemporáneos que hacemos nosotros, según la responsabilidad que el mismo magisterio nos confía a los laicos católicos. En el primer caso, difundimos directamente, dentro de nuestra capacidad, la enseñanza de la Iglesia.

En el segundo, difundimos nuestros juicios sobre acontecimientos y tendencias contemporáneas que deseamos estén en armonía con la enseñanza de la Iglesia, pero que estrictamente no forman parte de ella y de los que asumimos la plena responsabilidad.

Una responsabilidad, por otra parte, que --como decía-- el mismo magisterio incita a que asuman los fieles laicos. Para poner un ejemplo, forma parte de la actividad de Alianza Católica organizar conferencias en las que difundimos y presentamos la última encíclica del Santo Padre sobre el amor, y también organizar conferencias sobre los errores de «El Código Da Vinci».

En el primer caso, exponemos directamente la voz del Magisterio, claro está, con todos los límites de nuestras capacidades; en el segundo, exponemos nuestras opiniones, que aplicamos a una polémica cultural contemporánea, muy sentida por el público, elementos que en último término obtenemos siempre del Magisterio... el cual sin embargo no es ciertamente responsable de las conclusiones que, en el ámbito de la misión que confía a los laicos católicos comprometidos en el «mundo» y en la vida social, según su vocación y competencias propias, consideramos que tenemos que alcanzar y proponer.