«El encuentro decisivo con Cristo, Palabra hecha carne»

Intervención de Juan Pablo II en la audiencia general de este miércoles

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CIUDAD DEL VATICANO, 9 agosto (ZENIT.org).- Juan Pablo II dedicó su catequesis de este miércoles al encuentro con Jesucristo, una experiencia personal, única e irrepetible que puede hacer cada persona y que constituye la esencia misma del acontecimiento cristiano. Ofrecemos a continuación el texto íntegro pronunciado por el Santo Padre.



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1. En nuestras precedentes reflexiones, hemos seguido a la humanidad en su encuentro con Dios quien la ha creado y se ha echado a sus caminos para buscarla. Hoy meditaremos en el encuentro supremo entre Dios y el hombre, que tiene lugar en Jesucristo, la Palabra divina, que se hace carne y pone su morada entre nosotros (cf. Juan 1, 14). La revelación definitiva de Dios --como observaba en el siglo II san Ireneo, obispo de Lyón--, se cumplió «cuando el verbo se hizo hombre, haciéndose semejante al hombre y al hombre semejante a él, para que, a través de la semejanza con el Hijo, el hombre llegara a ser precioso ante los ojos del Padre» («Adversus Haereses» V, 16, 2). Este abrazo íntimo entre la divinidad y la humanidad, que san Bernardo compara con el «beso» del que habla el Cantar de los Cantares (cf. «Sermones super Cantica canticorum» II), se extiende de la persona de Cristo a quienes entran en contacto con él. Este encuentro de amor manifiesta varias dimensiones que ahora trataremos de ilustrar.

2. Es un encuentro que tiene lugar en la vida cotidiana, en el tiempo y en el espacio. Es sugerente, en este sentido, el pasaje del Evangelio de Juan que acabamos de leer (cf. Juan 1, 35-42). En él encontramos una indicación cronológica precisa de un día y de una hora, de una localidad y de una casa, en la que residía Jesús. Hombres de vida sencilla que son transformados, incluso en su mismo nombre, por aquel encuentro. Una vida atravesada por Cristo significa, de hecho, un profundo cambio en la propia historia y en los propios proyectos. Cuando aquellos pescadores de Galilea se encuentran con Jesús en la playa del lago y escuchan su llamada, «llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron» (Lucas 5, 11). Es un cambio radical que no admite titubeos y encamina por una senda llena de dificultades, pero es sumamente liberador: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mateo 16, 24).

3. Cuando se cruza con la vida de una persona, Cristo provoca inquietud en su conciencia, lee en su corazón, como sucede con la Samaritana, a quien le dice «todo lo que ha hecho» (cf. Juan 4, 29). En especial, hace brotar el arrepentimiento y el amor, como le sucede a Zaqueo, quien da la mitad de sus bienes a los pobres y restituye cuatro veces más de lo que ha defraudado (cf. Lucas 19, 8). Esto mismo le sucede a la pecadora arrepentida a la que se le perdonan los pecados «porque mucho ha amado» (Lucas 7, 47) y a la adúltera a quien, en lugar de juzgarla, le exhorta a llevar una nueva existencia lejos del pecado (cf. Juan 8, 11). El encuentro con Jesús es semejante a una regeneración: da origen a la nueva criatura, capaz de un verdadero culto, que consiste en la adoración del Padre «en espíritu y en verdad» (Juan 4, 23-24).

Encontrar a Cristo en la senda de la propia vida significa con frecuencia encontrar la curación física. A sus mismos discípulos Jesús les confiará la misión de anunciar el reino de Dios, la conversión y el perdón de los pecados (cf. Lucas 24, 47), pero también la de curar a los enfermos, liberar de todo mal, consolar y apoyar. De hecho, los discípulos «predicaban la conversión;
expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban» (Marcos 6, 12-13). Cristo ha venido para buscar, encontrar y salvar al hombre entero. Como condición para la salvación, Jesús exige la fe, con la que uno se abandona plenamente en Dios, que actúa en él. De hecho, a la mujer que padecía flujo de sangre y, que como última esperanza había tocado la orla de su manto, le dice «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad» (Marcos, 5, 34).

4. La venida de Cristo entre nosotros tiene el objetivo de llevarnos al Padre. De hecho, «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha revelado» (Juan 1, 18). Esta revelación histórica, cumplida por Jesús con gestos y palabras, nos alcanza profundamente a través de la acción interior del Padre (cf. Mateo 16, 17; Juan 6, 44-45) y la iluminación del Espíritu Santo (cf. Juan 14, 26; 16,13). Por eso, Jesús resucitado la difunde como principio de remisión de los pecados (cf. Juan 20, 22-23) y manantial del amor divino en nosotros (cf. Romanos 5, 5). De este modo, se da una comunión trinitaria que comienza ya durante la existencia terrena y que tiene como meta la plenitud de la visión, cuando «seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es» (1 Juan 3, 2).

5. Ahora, Cristo sigue caminando junto a nosotros a través de los senderos de la historia, en virtud de su promesa: «he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mateo 28, 20). Está presente a través de su Palabra, «Palabra que llama, que invita, que interpela personalmente, como sucedió en el caso de los apóstoles. Cuando la Palabra toca a una persona, nace la obediencia, es decir la escucha que cambia la vida. Cada día (el fiel) se alimenta del pan de la Palabra. Privado de él, está como muerto, y ya no tiene nada que comunicar a sus hermanos, porque la Palabra es Cristo» («Orientale lumen», n. 10).

Cristo está presente, además, en la Eucaristía, fuente de amor, de unidad y de salvación. Resuenan constantemente en nuestras iglesias las palabras que él pronunció un día en la sinagoga de la ciudad de Cafarnaúm, en el lago Tiberíades. Son palabras de esperanza y de vida: «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día [...] El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él» (Juan 6, 54.56).